BAFICI 2011 al día

Una cobertura enérgica pero precisa del festival porteño. Posteo a posteo, la experiencia de nuestros cronistas actualizada.
Tournée

Cuatro al hilo: 1PMTournéeEl fabricante de cepillos y Happiness is a warm gun

 

1PM,

de D. A. Pennebaker-Godard

Tal vez pocas opciones sean más obvias para un festival de cine á la BAFICI que una sección dedicada a Godard. Pero este film tiene sus curiosidades. Por un lado, verlo al franchute recorriendo como un extraterrestre las calles de una Nueva York convulsionada ya vale para excitar al groupie nouvelle vaguero. El combo Nueva York en grano grueso, Black panters, quemada de cabeza marxista, LuSiDez de okupas, performances vanguardistas y cierre rockero con Jefferson Airplane en una terraza en medio de la ciudad, parece doblemente obvio pero termina sorprendiéndonos por la actualidad de los temas que toca.

Este documental “transparente” avant la lettre, permite ver al director francés señalando el tiro de cámara o dando indicaciones a los actores, mientras a su alrededor bulle una ciudad en uno de sus momentos más despiertos, ese instante explosivo previo a los aburguesados ochentas.

Lo más extraño es que por momentos el film parece encajar mejor con nuestro presente que con el de su época.

 

Tournée,

de Mathieu Amalric

“Io voglio una Donna!” gritaba un personaje de Fellini desde la copa de un árbol. Una mujer inmensa, interminable como amaba filmar el maestro italiano, baila frente a cámara en una cadencia tan sensual como generosa.

Parece que el grito de Mathieu Amalric fue escuchado. Ahora, en su premiado debut como realizador, lo vemos rodeado de esa suculenta carne femenina a la americana. “Pussy, Pussy, Pussy!” dice el francés, desde el centro de ese marco soñado, un entorno de bailarinas y performers del striptease de curvas peligrosas.

En Tournée, Amalric filma a estas mujeres en su glamour cotidiano, lejos de la estridencia encorsetada de las 8 mujeres de François Ozon, y más cerca del humo y los vapores alcohólicos de un John Cassavettes a la The Killing of a Chinese Bookie. Pero con algo nuevo, algo fresco que emana, quizás, de esa humanidad opaca que siempre encarna el Amalric creador y que supo desplegar en las soberbias Reyes y reinas, de Arnaud Desplechin y La escafandra y la mariposa, de Julian Schnabel. Esta road-movie deconstruída a la francesa era un must antes del inicio del festival y cumplió ampliamente con las expectativas.

 

El fabricante de cepillos,

de Alberto Yaccelini

El pequeño descubrimiento de un ex suboficial nazi de origen flamenco en Saladillo, le permite al realizador crear en un tono casero un documental que hace foco en la frontera entre una historia particular y la historia de la humanidad.

Intentando descubrir supuestas mentiras primero, pequeñas exageraciones egocéntricas después, el realizador queda atrapado por la imagen de una encarnación que nunca termina de completarse. Resulta casi cándido el escándalo con el que Alberto Yaccelini aborda a su personaje en un inicio: “tal vez esté a punto de desenmascarar a un criminal nazi” se dice a sí mismo a modo de chanza cargada de expectativa. Pero el hombre no se considera un eslabón importante de la Alemania nazi y por lo tanto no tienen problemas en contar su historia.

La justificación que hace de su juventud gira en torno a que hay un terreno en el que la moral se disuelve en directa proporción con el crecimiento de nuestros anhelos. Cuando hay hambre no hay pan duro, básicamente. Y en la cara o cruz del conflicto se puede salir ganando como perdiendo. Pero las gotas ideológicas no tardarán en aparecer entre las grietas del pensamiento.

A partir de unas pocas entrevistas filmadas, Alberto Yaccelini logra reconstruir una individual versión de la Historia. Una en que la dimensión humana comienza a cubrirlo todo.

Uno no puede evitar pensar frente a esta memoria cansada, en el lavado de cerebro que nos auto realizamos a lo largo de la vida, más allá del que nos hacen desde el poder, las instituciones o los medios, ese que nos hacemos a nosotros mismos a medida que vamos tomando las decisiones que dan forma a nuestra vida. La justificación de nuestra existencia.

“Nos juntábamos a beber, era como retroceder al pasado, disfrutaban de eso, y yo también. No me interesaba como forma de conspiración... De algunos prefería no saber mucho qué habrían hecho durante la guerra, podría desaprobarlo... y para tomar una cerveza, recordar los años mozos y cantar no era necesario...” Cuenta el viejo fabricante de cepillos cuando recuerda viejas reuniones en una cervecería alemana de Belgrano, con emigrados de todo el mundo vinculados de alguna u otra manera con el Tercer Reich.

Lo que resta es un cerebro que se deshilacha delante de la cámara, un viejo que ya no puede arrepentirse de su juventud, pero que a último momento parece intuir que puede hacerlo de algo más grande, algo indefinible, innombrable.

 

Hapiness is a warm gun,

de Thomas Imbach.

Imbach pone sus obsesiones a trabajar en función de un film incómodo. “Bam Bam”, estás muerto y el film comienza. Un film-purgatorio en el que el director parece estar preguntándose a cada paso hacia dónde va. Narrativamente sus personajes están muertos. Caminan, discuten, ayudan a los inmigrantes, se aman, se odian, pero están muertos. O sea, si poner en escena es distribuir destinos a los personajes y filmarlos, aquí la salida, el final, sólo puede ser uno. Y, sin embargo, en cierta medida funciona.

Según el propio director, nunca comienza una película con una idea preconcebida a la cual sublimar al resto del film, pero también declaró haber imaginado este proyecto a partir de una suerte de enamoramiento del aura de Petra. Breve introducción: el 20 de octubre de 1992, Petra Kelly, una activista del Partido Verde de los años ’80 fue asesinada por Bastian, su pareja, de un balazo en la cabeza mientras dormía. Luego el asesino, un exmilitar, se suicidó. Dice Thomas: “Para mí, estaba claro desde el comienzo que el disparo era una consecuencia de la historia de amor entre ellos; que Petra había sido parcialmente responsable de que él apretase el gatillo. Quise resucitarla en una película y, de esa manera, darle una oportunidad para comprender su propia muerte.”

Así es como Petra despierta (resucita) en un aeropuerto que hará las veces de purgatorio. A pesar de su “herida” en la sien, puede interactuar con la gente, con los guardias, llama a Bastian, no puede ser que la haya matado...

A partir de allí el director suizo trabaja con sus materiales predilectos a disposición, un drama real, imágenes de archivo con los personajes reales y un desafío formal para poner a prueba sus recursos cinematográficos. La incomodidad a la que hacía mención antes radica en que por momentos el film queda condenado a una suerte de sucesión de performances cinematográficas. Pequeños conceptos formales que deben ser atravesados por sus personajes. Una estructura que se vuelve exigente a partir de su dinámica de continuo relanzamiento de la narración. Pero de alguna forma el final viene a poner todo en su lugar, sobre todo porque al mismo tiempo que subraya la idea performática (sensorial) de la puesta en escena, nos recuerda el humor agridulce que emana de este curioso abordaje de la tragedia, transformándolo en un profundo gesto amoroso.

 

El fabricante de cepillos todavía se puede ver el 15 abril/20:15 en el Abasto y el 16 abril/19:30 en la Alianza Francesa.

Happiness is a warm gun se proyecta el 15 abril/17:00 en el Cosmos-UBA.

1PM y Tournée  no tienen más funciones.

Esteban Ulrich

 

Ver entradas anteriores:

BAFICI 2011: 1. Una noche de actores

BAFICI 2011: 2. Desde el centro mundial de la tensión religiosa

BAFICI 2011: 3. La desgracia de empezar el BAFICI con una de esas películas que uno no quiere olvidar jamás

BAFICI 2011: 4. Cine del futuro: Canción de amor. El documental que le escapó a la sección musical del BAFICI

BAFICI 2011: 5. Noches de género en el BAFICI (¿Esperando a Carpenter?)

BAFICI 2011: 6. Vale la pena esperar