Carlosmanía

La biopic definitiva sobre Carlos el Chacal (a cargo de Olivier Assayas, nada menos) sigue con nervio y testosterona revolucionaria el itinerario del célebre terrorista. Acá se estrenó en salas en su versión reducida, pero primero pudimos ver por TV5 la maratónica mini serie de 5 horas y media.

(Texto publicado en la edición de julio de 2011)

 

“La televisión une a la gente, mientras que el cine la divide”. Si tomamos al pie de la letra esta frase de Godard, “unir o dividir a la gente” sería una cuestión de montaje. Por lo menos eso es lo que dejaría entrever el monstruo audiovisual de dos cabezas titulado Carlos y creado por Olivier Assayas, que el público local pudo ver durante el mes de junio. Concebido por el director francés, este inicial y titánico largometraje de 333 minutos, es un ejemplo contemporáneo de los condicionamientos y avatares de la financiación-exhibición-distribución, la cual se transmuta en condición estética. Es por esto que tuvo que ser reformulado como una miniserie para la televisión. Pensado originalmente para exhibirse en cines y vuelto a procesar, sufrió otra mutación cuando Assayas trabajó en el montaje. Elaboró una versión de 165 minutos, para ser proyectada en salas de todo el mundo.       
Carlos es la historia de los años de actividad política del venezolano Ilich Ramírez Sánchez (nombre de guerra: Carlos), personaje fundamental de las reivindicaciones de izquierda internacionalista vía acción armada en los años 70 y 80. La serie describe sus comienzos de militancia comprometida y aguerrida y su posterior mutación en una especie de asesino a sueldo que operaba como servicio secreto para la potencia de Medio Oriente que mejor le pagara. La escena en la que Carlos llega como un Jim Morrison de trinchera en limusina a su  asilo argelino es, en este sentido, crucial.
Secuenciada como una miniserie de tres capítulos, la versión íntegra -presentada en Cannes en el año 2010 y emitida por TV5- expone todo el potencial creativo de Assayas en su escenificación de intriga política global, retratada con su pulso más adrenalínico. Lo que sucedía en las cosmopolitas Boarding Gate y Demonlover, desplegando la trama en varias ciudades como Londres y Hong-Kong  a puro salto de montaje, aquí se encuentra expandido en su sentido más extremo y radical. Es evidente que en su formato miniserie, Carlos habla más desaforadamente la gramática de las luchas armadas internacionalistas en todas las lenguas posibles (español, francés,  japonés, árabe, alemán), plantea su accionar guerrillero en todos los escenarios imaginables como una textura audiovisual física y convulsiva, como una corriente narrativa en clave de reivindicación revolucionaria. Si hay algo que le da un condimento especial a la versión episódica es esa sensación monumental y epopéyica, ese insaciable nervio que implica ser atravesada por varios frentes de relato.
Assayas es un gran modelador, un gran estilista de las acentuaciones y los blancos narrativos: no hay en las casi seis horas de la serie ni un momento de desequilibrio rítmico ni un leve desajuste. Además de los detalles obsesivos de cada acción armada, de la profundización de una refinada crudeza, filmada con el tono de las películas de intrincadas conspiraciones geopolíticas, en la versión de mayor metraje se gana a la hora de profundizar la descomposición del personaje en varias fases: el revolutionary star, el militante con sex appeal, e incluso el hombre que experimenta un soporífero tedio ante los tiempos muertos de la acción guerrillera. Basta con ver las derivaciones, la gradación del sistema ideológico que asume nuestro personaje-héroe a través de los 333 minutos, para experimentar el impecable y complejo trabajo de revisión histórica que lleva adelante el director de Las horas del verano.