Chile al palo

El Santiago Festival Internacional de Cine acompañó el crecimiento del cine chileno a través de una edición con una competencia local e internacional en su más alto nivel histórico.
Abel Ferrara, en su doble faceta de jurado y junkie insoportable. Aquí, jugando al Guitar Hero
Isabel Coixet

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Sexta edición del SANFIC. Seis años ininterrumpidos de un festival solventado sin dinero público. Aunque a muchos les cueste creerlo, el festival de Santiago de Chile es un festival privado. Hay pocos casos en el mundo donde un festival mayor de cine, y que representa a una ciudad capital (que lleva su nombre) no reciba fondos públicos ni nacionales ni (y esto es lo más difícil de entender) municipales.

Hablando con sus dos referentes históricos, el director artístico Carlos Núñez y su productora general Gabriela Sandoval, se los escucha ilusionados acerca de la posibilidad de que esto suceda realmente el año entrante.

No es ningún secreto, tampoco, que el festival está sostenido en gran parte gracias al aporte de la Fundación CORPARTES, brazo filantrópico de uno de los grupos económicos más importantes de la nación y dueños de varios medios, entre periódicos, radio y TV.

Así las cosas, hemos seguido la evolución del SANFIC desde su primer año, cuando el festival comenzaba a soñar y proponía una oferta de largos que fue creciendo exponencialmente de los 45 de aquella primera edición hasta los 120 que presentó ahora.

Pero no fue el único síntoma de crecimiento. Mejoró en otros aspectos como su comunicación, la presencia de gente en las salas o los invitados internacionales. Este año, sin ir más lejos, tuvo a cineastas de peso en el jurado internacional como Isabel Coixet y Abel Ferrara. Por los pasillos se veía a una sonriente Claire Denis, que tuvo su retrospectiva. Diego Luna presentando su ópera prima como director de ficción, Abel. Y así podríamos seguir.

Pero si la cantidad de las películas sí creció, lo que ya no nos sorprende es su calidad. El buen gusto del SANFIC para la tarea de selección está presente desde siempre. En más de un sentido, podría pensarse al SANFIC como una buena alternativa para ver reunido gran parte de lo mejor de la primera parte del año. Un “best of” (que, como sabemos los melómanos, muchas veces no es igual a “greatest hits”) de lo que pasó por Sundance, Rotterdam, Berlín, Cannes o BAFICI. Lo que hay que ver antes de que se venga el tsunami de festivales de la segunda mitad (Toronto, Venecia, San Sebastián, Roma).

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Técnicamente, yo no debería escribir esta crónica, ya que este año no fui como periodista. En realidad fui como parte del jurado de los Work in progress locales, a los que, por motivos obvios, no me referiré. Dicha tarea la compartí con enorme placer con Valerie Cates y Monika Wagenberg. De hecho, estaba yo el día uno sentado en el cuartel general del festival con tan exquisitas damas cuando Abel Ferrara le cayó a los voluntarios del festival con su numerito del “junkie insoportable”. Ya todos nos acostumbraríamos (aunque lo seguiríamos evitando en cuanto acontecimiento social surgiera). Sobre los días de Ferrara en el SANFIC escribí en el número pasado de HC: “Cuando nos enteramos que el SANFIC había tenido la (para nosotros) desafortunada idea de invitar a Abel Ferrara como jurado de la cita cinematográfica anual de Santiago de Chile le enviamos un mail a sus responsables máximos: ’¿Están seguros que van a poder con él?’. Lo que siguió desde el primer día hasta el último fue un festival, sí, pero no de cine, sino de excesos por parte del director de Un Maldito Policía y The Addiction. Aterrorizó a los jóvenes voluntarios con sus gritos e insultos que no conocían horario ni lugar. Cual junkie decadente, arrastraba su encorvada osamenta (jamás –jamás- lo vimos sin una botella de cerveza en su mano izquierda) y en la calle se peleó con taxistas, con botones de hotel (amenazó de muerte a alguno) o con quien fuera tan valiente como para contradecirlo. Cuando nos tocó compartir funciones con él, incomodaba ver cómo, si la película no le gustaba, rompía la calma de la sala para quejarse a los gritos, o largaba no menos audibles y burlonas risotadas. O simplemente dejaba la sala rumbo al lobby del Hoyts La Reina a jugar al Guitar Hero y cumplir, al menos por esos cinco minutos de juguete, su sueño de convertirse en una estrella de rock. Un tierno, en el fondo”.

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Encontré a Chile como siempre: igual de ordenado pero igual de conservador. Igual, el cine chileno se las arregla para seguir creciendo. Aunque necesita urgentemente sus nuevos Tony Manero o La Nana. “El medio chileno es muy chico, por eso nos peleamos tanto entre nosotros” me dice un joven realizador antes de salir disparado hacia una proyección de la competencia nacional. Me quedo con ganas de decirle que en Argentina, una comunidad audiovisual más grande, ocurre lo mismo. Pero algo de razón tiene. Como sea, al igual que aquí, con el nuestro la gente no concurre precisamente en masa a ver cine chileno. Pero sí pasa con las funciones de una interesantísima competencia local. De la que Manuel de Rivera se lleva un premio principal que tranquilamente le podría haber tocado a Velódromo o La Quemadura o Piotr: una mala traducción, dado el alto nivel general mostrado en la competencia chilena de este año.

De las distintas secciones internacionales me llevo muchos trabajos en mis ojos y oídos. La norteamericana Putty Hill, de Matt Potterfield, vuelvo a ver Alamar de Pedro Gonzalez-Rubio o la portuguesa Morrer como um homemde João Pedro Rodrigues. O darme el gusto con un par de documentales pendientes como Do it Again, de Robert Patton-Spruill, sobre un fan de los Kinks dispuesto a la (¿imposible?) tarea de reunir a los hermanos Davies o Two in the Wave, de Antoine de Baecque and Emmanuel Laurent, sobre la profunda aunque compleja amistad entre Jean-Luc Godard y Francois Truffaut.

En el camino a los premios, Matt Potterfield me cuenta cómo consiguió 20 mil dólares con los que filmó la película, gracias al hoy imprescindible sitio kickstarter.com. Al final, le tocó compartir el pastel de los premios con Alamar de Pedro González-Rubio. Compartir, literalmente. Debieron sumar los 5 mil dólares del premio a mejor film y los 4 mil a la mejor dirección y hacer fifty fifty. El jurado decidió que mejor película y mejor director son, en realidad, indivisibles.