Conozco la canción

Con inteligencia, lucidez y, sobre todo, mucha (pero mucha) alegría, el regreso de la tropa de la rana René (como Kermit, en este caso) sortea tanto la explotación de la nostalgia como del cinismo.

Vivimos en una época en la que el reflote y la puesta a punto de productos de otros tiempos son gestos válidos. El cine se queda sin historias y mete mano desesperadamente en el cajón de los relatos que fueron exitosos en otro momento: mitos, superhérores, series, películas, hechos históricos, etc. Dentro de esa tendencia una variante es la del revival, que implica un rescate siempre cargado de nostalgia. Hoy es fácil ser nostálgico, con una buena parte de la cultura mundial de cualquier época disponible apenas a un par de clicks de distancia. La nostalgia y la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor vende, y el cine no es una excepción. Ese era el gran peligro de Los Muppets: el caer en otro homenaje simplón y correcto que acariciara de manera complaciente el recuerdo del público. Pero no, la película de James Bobin es una celebración que utiliza como mero trampolín la cartografía emotiva generada por los personajes de Jim Henson. Nada de memoria pretérita ni elogio porque sí del pasado; justamente, la principal línea argumental de la película es la de la rana René y su estado precario (vive solo en su mansión que es casi un altar levantado a la memoria del show que el personaje comandara en los 50’). Con el foco puesto en la rana más verde y querible del mundo, la película narra la vuelta al espectáculo de la troupe muppet.

 

Pero el hecho de no explotar la vena nostálgica del espectador comporta riesgos. ¿Cómo hacer para que unos personajes cándidos, bonachones y nobles no apelen al sentimentalismo del público sin caer presa de la burla y el humor más cínico de la actualidad? El cinismo era el otro gran peligro en el que podría haber incurrido la película. Pero tampoco, no. Porque si los muppets vuelven lo hacen en calidad de sobrevivientes, como una especie de foco de resistencia desarmada que se le planta a la comedia musical de ahora y la mira directo a los ojos: ellos hacen grandes espectáculos, aparatosos, excesivos, cursis pero sentidos, y no importa si nuestra época los llega a tildar de kitch porque el show carece, justamente, del cálculo frío y la planificación que demanda lo kitch. Lo de los muppets es un acto en caliente, con gente (títeres, es lo mismo) que baila, canta, hace reír, sin conciencia del exceso. Y, sobre todo, hablan de un mundo que puede ser mejor, que no es lo mismo que sermonear sobre la supuesta caída moral de nuestros días (cuando René está a punto de decirle a un ejecutivo de un canal que los programas de ahora son nocivos para la juventud, alguien abre la puerta de golpe y estampa a la rana contra la pared) ni pecar de inocentes (si hay algo que los muppets no son es inocentes, como lo demuestran en cada chiste recubierto de comedia amigable que deja apreciar por debajo el vértigo de un humor filoso y cáustico). No por nada el villano de turno es un magnate petrolero que los enfrenta con una banda de rock pesado (también formada por muppets, aunque malvados) que habla de lo mal que está la sociedad: “ideal para estos tiempos duros y cínicos”, dice el despiadado Tex Richman. Los muppets tienen que desbaratar los planes que pergeña Richman para quedarse con su estudio televisivo de antaño a la vez que deben mirar y comentar el mundo: todo eso pide inteligencia, lucidez y cero dosis de inocencia o cinismo.

 

Estallar la memoria para habitar la actualidad, no quedarse pegado a los recuerdos sino reinventarlos en el presente, hacer nuevas memorias que resistan el paso de los años. Ese es el gran gesto vital que separa a Los Muppets del resto de productos (cinematográficos o no) que intentan volver de manera fácil a las historias del pasado. Eso y que creen en lo que hacen: en el musical, en el show, en el exceso, en que el mundo todavía puede ser un mejor lugar para todos.