Contra la pared

Empujado por las ganas de incursionar en cine y por la enorme repercusión que obtuvo su corto Medianeras, Gustavo Taretto abandonó por un rato el mundo de la publicidad para retomar esa cruza de comedia romántica y ensayo sobre la alienación urbana que llega a las salas este mes, ahora en formato largo. En esta nota reniega de la etiqueta de director de cine y lo respalda con un discurso a contramano de la ortodoxia cinéfila.
Taretto, en su casa: antídoto contra la locura diaria. Foto: Rodolfo Schmidt.

Nota publicada en la edición impresa del número de octubre de 2011.

 

Se dirá que la historia del primer largometraje de Gustavo Taretto comenzó en 2005, cuando Medianeras, el más popular de sus cinco cortometrajes, se hizo un espacio en los principales festivales de la especialidad a fuerza de calidez y universalidad, obteniendo más de cuarenta premios internacionales. La información no es necesariamente errónea, pero sí imprecisa. Publicista, músico y fotógrafo, Taretto remonta los orígenes del interés por la arquitectura porteña hasta su niñez: “Cuando era chico me compraron una cámara y le sacaba fotos a personas que no conocía, pero me daba mucha vergüenza pararla para que me dejaran. Entonces empecé a sacarle fotos a los edificios, a jugar con los planos detalle, la geometría y la forma. Lentamente fui convirtiéndolo en una reflexión visual sobre la ciudad”. Allí descubrió una de las particularidades de la edificación porteña. “Las medianeras y las ventanas que suelen abrirse, que son una contravención, son características de Buenos Aires. Descubrí muchas cosas con el tiempo. Por ejemplo `medianeras` no tiene traducción en casi ningún idioma. En el alemán y francés no existe una traducción literal, en el inglés hay una que se acerca. Ni siquiera existe la medianera como tal”, asegura en una entrevista exclusiva con Haciendo Cine.

Esa particularidad lo llevó a pensar la historia de dos medias naranjas que no se conocen a causa de la inmensidad de concreto que los separa, idea que con los años devendría en Medianeras. Desde entonces, el cortometraje de 28 minutos circula como pan caliente por el ciberespacio, convirtiéndose en uno de los fenómenos nacionales más representativos de la viralidad de Internet. Hoy, seis años después, los periplos de Mariana (antes Moro Anghileri, ahora la española Pilar López de Ayala) y Martín (Javier Drolas) vuelven a ocupar el centro de un proyecto de Taretto en la comedia romántica homónima. “Me interesó reincidir por dos motivos. Por un lado, me interesaba rescatar y seguir profundizando en la estructura de la película. Y también influyeron las repercusiones de los espectadores, que de alguna manera se sentían identificados y movilizados. Durante años recibí mails de gente que lo veía, lo copiaba y lo recomendaba”, explica.

¿Fue complicada la transposición del corto al largometraje?

Me podría haber quedado con la esencia del corto y continuarlo en forma de largo, pero me interesaba la estructura dramática porque me permitía seguir sosteniendo esta cosa de comedia romántica atípica y rescatar la cuestión de la reflexión visual de Buenos Aires. Todo eso se convirtió en Medianeras, que es una especie de ensayo ligero sobre la vida moderna en las grandes ciudades y los trastornos tecnológicos.

Recién mencionabas la reflexión visual”, y varios de tus cortos abordan la cuestión arquitectónica de Buenos Aires. ¿Qué te atrae de esa temática?

Yo sé cómo llega la ciudad a mí, pero no sé muy bien por qué. Sí me di cuenta que hay algo en la ciudad y la arquitectura que siempre me resultó interesante. Creo que el espacio condiciona a las personas mucho más de lo que creemos. Una celda carcelaria es un espacio, y ahí hay un protagonismo absoluto del espacio. Y nuestras casas son de alguna manera celdas de las que entramos y salimos, para visitar las de otros…

Es una visión bastante pesimista...

No, es irónica. No soy un tipo pesimista, sí escéptico en muchas cosas. Pero no es lo mismo que una pareja conviva en 30 metros cuadrados que en 120. En ese sentido digo que el espacio determina muchísimo la calidad, el estilo de vida y la neurosis que cada uno desarrolla. A la vez, y esto sí es una visión si se quiere más trágica, creo que la superpoblación de las ciudades es un motivo importante en la explicación de por qué la gente se siente agobiada en una gran ciudad. La película no intenta ser realista sino que quise construir un artificio y lo hice sin inhibirme, pero noto que el desborde es enorme. La gente está más vulnerable a la locura diaria.

Un hobbie en pantalla grande

Gustavo Taretto estudió cine a fines de los ’80, cuando el Nuevo Cine Argentino y la explosión tecnológica que sobrevendrían en la década posterior eran apenas una utopía generacional. En aquellos años, la industria se apegaba a las grandes firmas, entronizando el éxito y el reconocimiento por sobre la experimentación, la calidad y el prestigio. Desplazado, incursionó en la publicidad, donde forjó una carrera tan exitosa como reconocida: su currículum incluye trabajos en agencias como Young & Rubicam, DDB y Ogilvy & Mather, y el diseño de campañas publicitarias para Telefónica, Axe, Coca Cola y Sprite (“Las cosas como son”), entre otras. “Cuando las cosas cambiaron volví a reconectarme un poco con el cine. Obviamente volví cambiado porque con la publicidad aprendí un montón de cosas. Pero no abandoné la publicidad ni pienso hacerlo, ni tampoco sé si quiero ser un director de cine. Quiero hacer películas, pero no ser un director”, confiesa el creativo.

¿Es posible esa combinación?

Sí, a mí me gusta el cine, veo muchas películas, pero creo que no podría vivir dedicado ciento por ciento a esto. O, mejor dicho, no podría vivir como un director de cine. Y en realidad lo que más me gusta del cine es hacer películas. Una de las cosas que me ha enseñado la publicidad es a trabajar en equipo, a compartir los proyectos y a entender  que la gente se suma no para empeorar sino para mejorar. Y sobre esa base aprendí a  construir un equipo de trabajo en el que confío plenamente. No soy un director –digo que no soy director y digo “director”- que pelee por que las cosas sucedan como las imagino. Conocí directores que sufren mucho, están siempre insatisfechos porque las cosas no son tan buenas como las imaginaron. Y creo que eso no va a suceder nunca, o al menos hasta que no inventen unos cables que impriman en fílmico lo que uno se imagina. Lo mejor es ir alerta, concentrado, creativo, dispuesto, con los oídos parados para tratar de encontrar lo mejor de cada lugar y de cada integrante del equipo. Uno tiene que estar receptivo a todo lo que pasa alrededor.

¿Hay algún otro aspecto que hayas aprendido de la publicidad?

Yo siempre fui creativo y no dirigí comerciales, pero participé en cientos de rodajes en los que vi trabajar a todo tipo de directores, más o menos habilidosos, más o menos abocados a la estética, con mejor o peor marcación de actores. Y de todo eso aprendí muchísimo porque siempre es más fácil cuando lo ves en otro. Aprendí que un director obsesionado no escucha lo que está a su alrededor. Si bien todas las películas tienen la impronta del director, son mejores cuando tenés un equipo de trabajo que se apropia del proyecto y aporta para que sea mejor.

La estética publicitaria o televisiva suele ser vista como un aspecto negativo al momento de evaluar una película. ¿Cómo se hace para que esa estética a la que estás acostumbrado no juegue en contra?

No soy el mejor para hablar de eso. Algunos verán a mi película con una estética más cinematográfica y otros con una más publicitaria. Aunque yo ni siquiera sé qué quiere decir “estética publicitaria”, es algo que no he entendido nunca. Si me dicen que mi película es muy vendedora, me resulta más comprensible. Pero tampoco es algo que me preocupe. Yo no oculto que trabajo en publicidad y obviamente a la gente le puede parecer que mi película sea publicitaria. Si yo hubiera dicho que hice muchos videoclips dirían que mi película es muy clipera, y si fuera un monje de la ortodoxia del cine seguramente sería distinto. En ese sentido no me molesta que alguien vea mi película muy publicitaria, muy televisiva o muy cinematográfica. No me ofende. Yo hice la película que quería hacer, la que pude y la que salió.

Uno de los puntos fundamentales de la publicidad es la de pensar en el consumidor antes del proceso creativo. ¿Influyó ese aspecto al momento de pensar Medianeras?

Sé que esa es una de las cosas que más debate genera en el mundo del cine: si tenés o no en cuenta al público. A mí me cuesta ver lo que otros ven con tanta claridad, como por ejemplo, que la publicidad siempre piensa en el consumidor. Si fuera así todos los productos serían maravillosos y venderían un montón. Pero bueno, es parte de los mitos que tiene la publicidad. Es una pregunta muy difícil de contestar. Yo no creo que exista algún director que no piense en al menos un espectador. Me parece que cuando uno pega un plano con otro busca que se entienda de una forma, pero yo nunca haría algo de una forma para gustarle a más o menos gente.

¿Entonces Medianeras se construyó por un proceso más intuitivo que publicitario?

Yo hice una película por placer. No la hice para que llevara diez o 50 mil espectadores, ni para que la den en Berlín o en un festival chico. Fui honesto con lo que tenía ganas de hacer. Lo primero que le dije a Hernán (Musaluppi, el productor) es que ya hice muchos cortos y que claramente el cine puede vivir sin mí y yo puedo vivir sin el cine. Las videotecas del mundo no necesitan Medianeras; yo quería pasarla bien.Era un sueño que tuve siempre y lo quería concretar de la mejor manera, no quería que fuera una pesadilla ni tener la presión de hacer miles de espectadores o de entrar a algún festival reputado. Hice la película que quería hacer y todo lo que sucede de ahí en más, buenísimo.

Por lo que decís la película fue casi una excursión por el cine, un paseo.

No sé si paseo, suena a aeromodelismo (risas). A mí me importa el cine siempre y cuando lo disfrute. Yo ya sé que mi trabajo es la publicidad, y los problemas habituales de un trabajo -las concesiones, las discusiones y demás- los tengo ahí. Esto lo hice para pasarla bien. Ahora, si el día de mañana se convierte en un trabajo, no lo sé. Pero prefería que siga ocupando esta zona.