El pensamiento sin héroes

Ágora es el último y grandilocuente film de Alejandro Amenábar. En esta épica sin grandes héroes, todos los recursos del género son aplicados a narrar la guerra histórica por las ideas.

Después del exitazo internacional de Los otros, y una prolija trayectoria de ascensos, Amenábar ha logrado dar vida a otra gran apuesta industrial. Como sucede más tarde o más temprano en el novelesco drama del reconocido director y la crítica, muchos han decidido premiarla como una gran obra, y otros han llegado a anunciar la inminente caída de un grande.

Estrenada en España en 2009, Ágora sería en principio una mega producción, al estilo de Troya o Gladiador. En la época clásica, el ágora era la plaza central de las polis griegas. Allí los sabios, los comerciantes, los políticos, todos transitaban diariamente. Era el lugar de los grandes debates de la época, tanto sobre el manejo de las sociedades como sobre el origen del hombre y el avance de la conciencia.

Amenábar retomó el concepto y lo trasladó a la Alejandría del siglo IV d.C. Para ese entonces, la mítica biblioteca ya no existía, y su pequeña hermana menor albergaba a los últimos neoplatónicos que resistían el avance del Imperio Romano y el cristianismo. Ése es el punto de arranque de la película, que por su manufactura mainstream podría haber sido el relevo exageradamente dramático de la vida de ciertos arquetipos, pero que, descubrimos, es el retrato de un momento histórico de gran cambio y conflicto, con enormes consecuencias en la sociedad occidental.

Algunos criticaron justamente eso al director: “exceso de pretensiones históricas”, “carencia de profundidad en la trama y el carácter de los personajes”. Lo cierto es que el ágora de Amenábar no parece ver a los protagonistas como individuos, sino como sujetos que transitan el tiempo y el espacio del film. Una y otra vez tenemos el relato de sus errores, de su pobre humanidad que lo quiere concebir y dominar todo… Mientras la sangre comienza a brotar ante dichas cuestiones, los planos muestran cómo la Tierra gira alrededor del Sol, más allá de la ambición de los hombres, tan pequeños al fin...

Ahora bien, todo este conflicto se plantea como una típica y ambiciosa película de guerras de la Antigüedad. Y eso es lo que lo hace digno de un momento de reflexión. La música, las tomas grandilocuentes (en este afortunado caso, bastante creativas), los multitudinarios elencos y los escenarios impactantes que ya venimos viendo hace rato están aquí (50 millones de euros los apañan). Pero lo que llama la atención es que todos esos recursos están aplicados a encarnar el modo en que los hombres han decidido aniquilarse con la excusa de un pensamiento.

Y ésa es la sabiduría de este relato.

La situación descripta por Amenábar no posee versión definitiva en los libros. Y lo que él decide contar nos muestra más el contexto general de una sociedad que no se escucha, que el drama vital de la filósofa Hipatia (Rachel Weisz) o las ambiciones amorosas de Davo el esclavo (Max Minghella). Probablemente, antes que un gran film, Ágora sea una curiosidad en la historia del cine. Pero vale la pena destacar por qué. Es interesante ver formas típicas de género realizando una búsqueda alternativa en el cine popular.