El retorno de Leo

Con la experiencia adquirida luego de partir en 2001 hacia el mercado español en busca de otra suerte, el actor que supo conquistar al público local de la mano de Marcelo Piñeyro, regresó al país para componer personajes ciertamente incómodos y listos para hurgar en lo más recóndito de la moral nacional. Elogioso de los directores locales, habla de su metamorfosis actoral y su reinserción en el plano local hasta llegar a Sin retorno.

En un contexto como el actual donde cualquier añoranza al modo de vida y consumo de los años 90 resulta un placer culposo, anacrónico y muchas veces inconfesable, también existen regresos de aquellos años que son dignos de celebrar: desde hace un año a esta parte, los argentinos pueden volver a encontrar a un actor como Leonardo Sbaraglia de manera recurrente en sus carteleras cinematográficas. No es que en los últimos diez años el actor se haya mantenido fuera de los sets. Por el contrario, ha hecho numerosos trabajos, pero siempre dentro del mercado español, en películas que sólo ocasionalmente llegaron a cruzar el Atlántico al encuentro con el público argentino. Recién ahora, desde Las viudas de los jueves, El corredor nocturno y la presente Sin Retorno (todas coproducciones argentino-españolas de Haddock Films) el público local puede recuperar esa cotidianeidad que se había gestado con el actor a través de aquellas taquilleras películas de Marcelo Piñeyro como Tango feroz (1993), Caballos salvajes (1995), Cenizas del paraíso (1997) o Plata Quemada (2000).

Pero poco tiene que ver aquel Sbaraglia que en 2001 hizo la valija en busca de un mejor futuro para su carrera con el formado actor que hace dos años volvió de España. El esfuerzo que le insumió aprender la tonada española a la perfección para encarar no solamente papeles de argentinos, las más de diez películas extranjeras que ahora integran su filmografía, la mirada en perspectiva que pudo hacerse sobre el medio local y las ganas de volver a involucrarse en esa escena propiciaron para él un regreso todo terreno. Lo primero fue el reencuentro con la televisión en series para cadenas de cable de primer nivel como Impostores (Fox) y Epitafios 2 (HBO). Luego, la vuelta al cine argentino en roles que a priori no parecían dotados de gran simpatía pero que conseguían finalmente interpelar profundamente al espectador. Todo eso combinado con giras por todo el país presentando la obra Contrapunto (de Agustín Alezzo, junto a Pepe Soriano) donde el público mismo le manifiesta que notó su ausencia pero enseguida vuelve a abrazarlo como si nunca se hubiera ido.

Cuando Leo Sabraglia leyó el guión de Sin Retorno, que Miguel Cohan le había hecho llegar, no pudo pensar en otra cosa que hacer la película. La empatía con el director -que ofició de asistente de dirección en muchos de los films de Piñeyro- y la combinación de un género duro como el thriller con dilemas morales bien actuales encendieron la mecha de su entusiasmo para formar parte del que será seguramente uno de los estrenos más destacados de 2010.

 

¿Qué fue lo que más te atrapó de Sin Retorno?

Yo creo que por un lado es una película que funciona muy bien como relato, para un público que busca algo más lineal. Es una película entretenida, bien construida. Pero su verdadero valor es que va poniendo al espectador en un lugar de reflexión no intelectual muy interesante. Te va lastimando como lo puede hacer a lo mejor una película de Michael Haneke, que te enfrenta a un conflicto moral. Vos ves Código Desconocido o Caché y parece que te están hablando de algo tuyo. Y lo bueno que hace Haneke y también Miguel es que no bajan línea. No te dicen si algo está bien o está mal. Te van mostrando los hechos de una manera bastante cruda y te obligan a preguntarte qué haría cada uno en esa situación.

En la película hay un personaje que burla la justicia y otro que va preso por un crimen que no cometió. ¿Es también una reflexión sobre la justicia?

Uno más o menos sabe o puede imaginar lo que es estar adentro de una cárcel, todos intuimos que nadie sale mejor de ahí. No parece haber forma de rehabilitar o reinsertar a esa persona en la sociedad. La gente de la cárcel sale mas jodida en general. La película es una reflexión sobre la justicia pero también sobre la responsabilidad de cada uno sobre sus propios actos, una especie de responsabilidad ética. Es decir, qué responsabilidad tiene cada uno sobre sus actos cuando nadie te está viendo, cuando estás oculto.

Al igual que Las viudas de los jueves, esta película pone en pantalla el egoísmo de las clases más acomodadas de la sociedad.

Es una analogía posible, porque también son personajes que no pueden soportar perder lo que tienen, que están dispuestos a hacer un negocio con su propia muerte y con la muerte de los demás. Las viudas… tuvo bastante éxito y creo que podría haber tenido más si la gente no se hubiese sentido tan identificada. Lo que pasó en mucha gente fue que preferían no ir más allá de la lectura de la novela, como que verse reflejados en la película ya los incomodaba. Esta película abarca un poco más, se te mete en un lugar más emocional. Ves a una familia aterrorizada pensando ¿cómo vas a dar la cara? ¿Cómo vamos a ser pobres? ¿Cómo vas a defender a aquel que lo están cagando a trompadas? Uno lo que desearía es que todos fuesen solidarios y justos, pero desgraciadamente uno sabe que mucha gente no es así.

Con acento local

Estando en España asumiste el gran desafío de aprender a la perfección su manera de hablar.

Sí. Eso me dio la posibilidad de tener más alternativas de trabajo. Haciendo personajes de argentino podría haber actuado en cuatro películas. Sin embargo aprendiendo a hablar como ellos, o intentándolo al menos, estaba la alternativa de poder hacer a un español  de 1830 en una película como Carmen o a un guardia civil en la época de Franco en Salvador. Y no es sólo la voz, es tratar de entender una identidad muy diferente. El argentino es más parecido al italiano con algo del francés en ese aspecto intelectual y psicológico. Tenemos una sofisticación emocional más afrancesada. El español es más directo. No piensa tanto en lo que va a decir. Lo resuelve ahí mismo. Y si no lo resolvimos, nos vamos a tomar algo y somos todos amigos. Esa identidad es algo que también fui aprendiendo y que no la agarré hasta después de un par de años de estar allá, con cuatro o cinco películas hechas.

¿Por qué a pesar de haberte insertado tan bien en el medio español, hace dos años decidiste volver a Argentina?

Volví para hacer Impostores, pero tuvo que ver más que nada con mis ganas. Ya con una hija, empecé a tener ganas de estar más cerca de Argentina: sentía cierto anhelo de lo que ocurría acá. Yo tuve la suerte de trabajar mucho en cosas muy piolas que sucedían allá y es una puerta que hoy sigue abierta. Pero yo me entiendo mejor en general con un director argentino que con uno español: comprendo más lo que quiere contar, soy más partícipe del todo que quiere contar.

¿Qué impresión tenés del estado actual del cine argentino?

La sensación en relación a toda la gente joven que está haciendo cine hoy día es que hay un criterio muy bueno. Hay un muy buen cine hoy en Argentina. Hay en la gente más joven una cosa de buen gusto, de mucha claridad en lo que quieren conseguir y cómo conseguirlo. De cómo hablarle al actor y cómo conseguir lo mejor del actor. Con más o menos producción, siempre hay muy buen criterio en lo que se busca de la actuación, la simpleza, la relajación, la sencillez que se busca en el actor. Es como si fuera una marca argentina que ayuda al desarrollo del cine. Y es algo que a lo mejor 10 o 15 años atrás era más difícil de ver a nivel general.

¿Por qué creés que a pesar de eso el público muchas veces no acompaña a las películas?

Al público argentino le gusta el cine argentino y es curioso del cine argentino. Pero muchas veces no están bien informados o no tienen la oportunidad de ver las películas porque están dos semanas en cartel y las sacan. Uno aspira al modelo francés, donde el cine que más se ve es el cine local. Así empieza a haber un público mucho más formado y las películas son cada vez mejores. Paradójicamente en España va cada vez menos gente al cine y cada vez les gusta menos el cine español. Yo no sé bien cual es la solución acá al tema de la exhibición. Hoy no hay posibilidad de que la gente acceda a un montón de películas argentinas muy buenas que no tienen un gran background promocional detrás.

Recientemente participaste de un capítulo de Lo que el tiempo nos dejó después de mucho tiempo de no hacer televisión de aire. ¿Te imaginás volviendo a trabajar en una tira?

En televisión, si el actor no se cansa antes, realmente tiene la posibilidad de explorar sobre muchas cosas, de  tirarse al vacío. De pronto en el cine es todo tan importante que no hay demasiado margen para probar.Por suerte igual ahora se trabaja menos en fílmico y al ser más liviano todo, no es tan importante gastar la película. En la TV pareciera que no hay tanta pretensión autoral y si uno sabe tomar eso a favor se pueden conseguir cosas muy buenas desde la actuación. Pero también te podes cansar en el camino. Los actores que hacen tiras, al tercer mes ya no pueden más. Hace veinte años que no lo hago, me tendría que dar la posibilidad de volver a probar.

¿Te podés reconocer en ese jovencito que empezaba a actuar en Clave de Sol?

Yo en su momento lo vivía con algo de sufrimiento y era más crítico. Era muy conciente de que quería hacer otra cosa y de la aspiración a ser un buen actor. Pero ahora lo veo bien. Lo que se terminó desarrollando en mí como instrumento estaba presente también en Clave de Sol. Además, aprendí mucho de lo que es estar en el terreno, con capa y espada, en condiciones muy duras de trabajo. La trama podía ser absurda en muchos aspectos, pero hoy veo algunas escenas y estaban preciosas. No es la mejor ni la única manera de empezar, pero fue la mía y la acepto.