Fuera de estación

El director de Alta fidelidad defrauda en su adaptación de la novela de Colette.

Las comparaciones pecan de aleatorias y penden del capricho de quien las perpetra, pero en casos como Chéri no sólo son inevitables sino pertinentes. El último film de Stephen Frears es la hermana menor, por calidad y edad, de Las amistades peligrosas (1988). Concebidas junto a su habitual guionista Christopher Hampton, el díptico bebe de vertientes literarias francesas cuyas génesis radican en contextos históricos tan disímiles como trascendentales. Choderlos de Laclos plasmó en las páginas deLes Liaisons dangereuses la realidad aprehendida durante su carrera militar en las albores de Napoleón Bonaparte; mientras que Colette imaginó en Chéri un relato iniciático entre un joven y una cortesana durante la primera post-guerra.

Pero el parangón entre ambos films deviene inoportuno cuando de valoraciones artísticas se trata. Chéries un film lavado, demasiado liviano y acrítico para la habitual solvencia de Frears.Su cine se caracteriza(ba) por la búsqueda de un gesto que devele la hipocresía y disconformidad im-perante en la pequeñez de lo cotidiano, rasgo que se vislumbraba en Las Mentiras peligrosas (2004), que eleva en Negocios ocultos (2002) y se encumbra en La Reina (2006). Pero si en esta última construía una red de relaciones y vínculos babélicos para luego implosionarlos con la intromisión de un hecho inesperado que alteraba el equilibrio de la vida monárquica (la muerte de Lady Di),aquí prefiere chapotear en la linealidad e intrascendencia de un film visualmente impecable pero vaciado de espíritu.

Frears tenía entre manos una historia potencialmente rendidora. Ambientada en una París imbuida hasta la médula en el bienestar socio-económico de la Belle Epoque, el amorío entre la cortesana retirada Léa (Michelle Pfeiffer, bella y radiante con sus inmaculados 50) y el joven Chéri (Rupert Friend, el Príncipe Alberto de La Joven Victoria, estrenada a co-mienzos de año) admitía una multiplicidad de abordajes: desde las connotaciones sociales de la relación hasta otro de tintes más psicológicos que bucee en la posibilidad latente de un Edipo no resuelto, una especie de reverso ge-nérico de Lolita. Pero no, Chéri apenas deja reverberando en el aire el dulzor de las flores y los ojos empalagados de colores. Frears no supo, no quiso o no pudo dar más.