Hasta que la muerte nos separe

De las pasarelas a la actuación, y del guión a la dirección de su ópera prima: Paula Siero aborda la historia de dos hermanas y un tercero en discordia, con la sugestiva Ushuaia de fondo.

Entrevista publicada en la edición impresa del número de octubre de 2010.

 

 

De un tiempo a esta parte, el cine nacional ha dado cuantiosas películas donde el drama físico y existencial de los protagonistas, generalmente, se dirime en un exilio del planeta urbano. Así, El agua del fin del mundo, ópera prima de Paula Siero, actualiza este tópico colocando en la palestra un triángulo de intérpretes naturalistas cuyos padecimientos se resuelven, claro, en clave metafórica. 

 

El escapar de los grandes problemas de la vida viajando es una constante del movimiento de fines de los 90s llamado Nuevo Cine Argentino,¿quisiste retomar esa idea o el ostracismo voluntario surgió de forma natural?

La evasión frente a los problemas creo que es una característica básicamente humana. O, mejor dicho, una reacción del ser humano cuando no se siente capacitado para enfrentarlos. El agua del fin del mundo no se trata de un viaje, sino de vínculos. Vínculos muy cercanos atravesando una situación extrema. La idea del viaje es sólo una manera poética de escapar de un presente hostil.

¿Por qué el desenlace de la acción va inevitablemente hacia el fin del mundo, encontrando a Ushuaia como tal?

 

El hecho de que el personaje de Adriana (Diana Lamas) quiera ir al fin del mundo es, en realidad, una metáfora. El fin de algo también es el principio de otra cosa, y es la fantasía a la que Adriana quiere abrazarse ante una realidad inexorable. Decide construirse una meta, en vez de sentarse a esperar.

¿A qué se debe en concreto la abulia del personaje de Martín (Facundo Arana)? ¿Creés que es su sensualidad física la que mantiene el triángulo amoroso o es el metamensaje bohemio lo que en verdad seduce a las dos hermanas?

El personaje de Laura (Guadalupe Docampo) está atravesando un momento difícil, oscuro, y es desde ese lugar que se involucra con el personaje de Martín. Éste es un alcohólico que vive como anestesiado y ahogado de melancolía. Son dos seres que entran en sintonía desde ese lugar. Para Adriana, Martín significa un juego, no más que eso. No es alguien que ella haya ido a buscar, sino que apareció en su micromundo. Sin embargo, el personaje de Martín tiene una fuerte carga sexual y quizás no sensual.

 

Laura, interpretada por Guadalupe Docampo, es uno de los grandes aciertos del film,¿cómo llegás a ella como actriz y qué buscaste narrativamente con su persona?

 

Convoqué a Guadalupe a un casting. Cuando terminó de hacerlo, sabía que había encontrado a mi protagonista. Es una actriz con una mezcla exacta de sensibilidad e inteligencia. Tiene muchas herramientas para la interpretación y sabe cómo utilizarlas. Además, es hermosa. Es desde el personaje que compone Guadalupe que se cuenta la película. Ella lleva el pulso de la historia.

¿Cómo pensaste ese vínculo fraternal, en cierta forma, invertido –hermana menor mantiene económica y sentimentalmente a hermana mayor-? ¿Es ésta una característica notoria para dar intensidad al relato o me equivoco?

El destino muchas veces tiene esa cosa caprichosa, de lo incorrecto, lo inesperado, lo que no debería ser. Algo que uno podría juzgar como injusto es, sencillamente, lo que tocó en suerte. Y uno debe lidiar con eso. Y en este sentido, tanto el personaje de Laura como el de Adriana, intentan, no sin resistencia, aceptar lo inevitable de su destino. Mi experiencia como actriz me permitió tener un código con los actores y el relato. Entiendo su sensibilidad y, a partir de ahí, hicimos un trabajo en común, profundo y gratificante para ellos y para mí.