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“Quiero dar un beso con lengua”, se dice frente al espejo una muy joven Inés Efrón en Glue. La sed de cuerpos vírgenes por tocarse, el espíritu adolescente y la pulsión anárquica que atraviesan la ópera prima de Alexis dos Santos se dan cita este mes en MALBA Cine, tras cinco años de espera por su estreno local. Entrevista con el director.

Nota publicada en la edición impresa de la HC de julio.

Señoras y señores, este mes se estrena Glue. Sí, más de cinco años después de aquella exhibición bautismal en tierras argentinas durante el BAFICI 2006, la ópera prima de Alexis Dos Santos saldará su deuda pendiente y dejará de ser la única película nacional premiada en el Festival porteño sin un estreno posterior. “Es una larga historia”, suspira el realizador radicado en Inglaterra, quien viajó a Buenos Aires para acompañar el estreno. “Al principio pensaba que iba a poder estrenarla, pero después pasó un tiempo y me di cuenta que era medio imposible. Por otro lado nosotros teníamos una sola copia -había otras dos en fílmico, pero eran holandesas- que estuvo yendo a festivales durante tres años. Hacía más o menos un año y medio que estábamos tratando de traer la copia para acá pero costaba mucha plata”, recapitula. Mientras tanto, el intersticio lo encontró sumergido en su segundo film, Unmade Beds, que se exhibió en el Festival de Mar del Plata 2009. “Estuve un par de años muy metido en eso. Sabía que tenía pendiente el estreno de Glue, pero después del BAFICI estuve en Londres durante tres años”, asegura el ex estudiante de la National Film& Television School.

La longitud de la espera no hará más que generar un goce mayor cuando la pantalla de Malba se ilumine con los contornos de los jovencísimos Nahuel Pérez Biscayart, Inés Efrón y Nahuel Viale, quienes conforman un grupo de hormonales adolescentes en plena etapa de descubrimiento y exploración sexual. A la manera del mumblecore norteamericano, sub-género caracterizado por un bajísimo presupuesto y la improvisación de los intérpretes –Glue se hizo con un tratamiento de 17 páginas-, el trío pulula por un pueblo patagónico sin demasiado que hacer más allá de compartir fiestas y meriendas. “Yo negocié muchas cosas del guión de Unmade beds, pero cuando armaba el montaje de Glue tenía una sensación muy punk. Quizá ahora la mire y piense que está un poco larga, pero conserva ese espíritu de no-negociación”, confiesa Dos Santos.

 

¿Qué te genera ver Glue cinco años después?

 

Es raro. Hacía tiempo que no la veía entera, sólo había visto algunos fragmentos un tiempo atrás. Me cuesta mucho ver mis películas después de terminarlas, pero por lo que vi, sigo sintiendo que es lo que fue en ese momento, un experimento que explotó y se transformó en algo que nadie sabía muy bien qué iba a ser y de repente fue: “ah, me gusta lo que hicimos”. Y me sigue gustando mucho.

 

¿Cómo fue el proceso creativo en paralelo de Glue con Unmade Beds?

 

Unmade Bedsla escribí durante seis años. En el medio vine para acá, filmé Glue y volví corriendo porque mi productora me decía que íbamos a filmar ese año. Al final no se dio, tuve que seguir reescribiendo y en el medio estuve editando por mi cuenta durante un año. Creo que Unmade beds se alimentó mucho de mi experiencia en Glue; enel rodaje me animé a hacer cosas que no las hubiera hecho sin la experiencia previa. Y entendí cómo necesito trabajar como director, lo que se me da bien.

 

¿Influyó esa creación simultánea? Hay una suerte de continuidad temática entre ambas películas: la identidad, el amor, el sexo.

No sé, quizá la próxima también tenga puntos de contacto. Pero sí, un poco se alimentaron porque hubo una conversación en mi cabeza entre las dos. Trabajaba en el mismo escritorio. Estaba editando Glue y por ahí paraba, comía y seguía con el guión de la otra.

 

¿El hecho de ubicar la historia de Glue en la localidad de Zapala, donde creciste, respondió a alguna necesidad personal de volver a tus pagos?

 

Mis viejos todavía viven ahí. Hay una cosa muy fotogénica en ese lugar. Siempre que iba en verano me quedaba con la sensación de que había algo para filmar, que era una especie de escenario de western con desierto y viento. Además era mucho más fácil filmar en un pueblo que en una cuidad, sobre todo si en ese pueblo está tu mamá (risas). Fue un rodaje muy relajado. Si una noche salíamos y al otro día queríamos empezar a las cinco de la tarde, lo hacíamos y nadie decía nada.

 

Además desde el mismo subtítulo con el que se exhibió en algunos festivales –Historia adolescente en medio de la nada- se marca una presencia geográfica muy fuerte. ¿Hubiera sido posible trasladarla a un marco urbano?

 

La historia sí. De hecho lo primero que escribí fue un corto de quince minutos que se llamaba Glue y contaba la historia de unos chicos que vivían en las afueras de Londres. Era como un fragmento de la película, el viaje a Neuquén y lo que pasaba en el departamento del padre. Uno lo piensa ahora y es medio ridículo; un grupo de chicos que viaja de Londres a Neuquén. Cuando puse la historia en Zapala quedaron estos personajes. El entorno cambia la forma de hablar y expresarse, pero hay algo que puede ser similar. De hecho, mis dos películas tienen muchos puntos en común y una transcurre en una ciudad y la otra en un pueblo.

 

Durante el Festival de Mar del Plata, definiste a tus películas como estudios de la cultura juvenil”. En ese sentido lo que se ve son adolescente ssin demasiada preocupación por el futuro, con una visión bastante cortoplacista. ¿Es así?

 

Eso que dije estaba más referido al universo de la música, que está muy presente en Unmade Beds. Creo que la visión que mencionás tiene que ver con distintas formas de ver el mundo: mi vida es cortoplacismo. Es una forma de pensar: hay gente que es así y otra que está más abocada a la proyección y viviendo en un tiempo que no es el de ahora. Quizá me interesen más los personajes que estén conectados con el momento.

 

A los protagonistas, la música les sirve como válvula de escape y también como forma de expresión.

 

La música siempre es distinta y la pienso de varias formas. En gran parte la música realza las sensaciones durante un determinado estado de ánimo, te eleva más allá de todo. Pero otras veces es lo opuesto y una canción parece ir en contra de todo. Estás en un lugar muy oscuro y la música que tenés es un pop italiano de los ’80. Es la cosa más tonta del mundo porque hay una contracción muy grande, pero es lo que pasa con la música en la vida. De repente una canción en la radio cuenta lo que te está pasando, lo que está ocurriendo acá y ahora.