La obsesión se contagia

“No sabía si estaba ante un genio o un delirante”, dice la voz en off de Lucas Turturro en su película Un Rey para la Patagonia. La referencia es para el director Juan Fresán, aunque bien podría aplicársele al aventurero francés -tan desquiciado como aquel- que dos siglos atrás se autoproclamó el monarca del Sur argentino.

Quizás no diga demasiado el nombre de Orélie Antoine de Tounens, pero este particular francés se autoproclamó, allá por mediados del siglo XIX, como “Rey de la Patagonia y Araucanía”. Hasta se dio el lujo de redactar una Constitución, nombrar ministros y crear su propia moneda. Su historia y la de las aproximaciones cinematográficas posteriores (La película del rey, de Juan Carlos Sorín y la trunca La nueva Francia, de Juan Fresán) son el eje de Un Rey para la Patagonia, ópera prima de Lucas Turturro, con guión de este y del sociólogo Christian Ferrer, que se verá desde este mes en el Cosmos.

 

El film mezcla documental con ficción ¿Cómo la definirías?

Cuando empecé a armar la película no me puse de antemano un género, sino que lo fui encontrando. Digamos que es un documental, pero juega todo el tiempo con la simbiosis entre mentira-ficción y verdad-documental. Hay secuencias documentales que parecen más delirantes que cualquier ficción. Por ejemplo, la entrevista de Tomás Eloy Martínez al actual heredero del trono; muchos creen que es un actor. Y también al revés, resignificamos secuencias de ficción para contar hechos históricos. El delirio y la obsesión de los personajes se contagió a la película, y cuando uno está obsesionado es capaz de todo.

 

¿A qué te referías cuando en Mar del Plata definiste a la película como una "superproducción subdesarrollada"?

La película plantea un tema ideal para una superproducción, un reinado trunco durante 150 años, un equipo liderado por un publicista que viaja sin recursos a la Patagonia a filmar esa historia, en el medio Carlos Sorín con La película del rey, los herederos del trono. Hasta Perón aparece envuelto en el asunto. Es una historia gigante con una definición de estilo: Subdesarrollada.

 

La película tiene imágenes que van desde el proyecto trunco de Fresán de la década de 1970 hasta otras del periodista Tomás Eloy Martínez. ¿Cómo fue el trabajo de archivo?

Todo comienza cuando Fresán encuentra en un viejo placard los rollos filmados 30 años antes. Quiso terminar su película pero no pudo. El destino hizo que esos rollos terminaran en mi placard. Pero el estado de ese material era desastroso y tuvimos que trabajar mucho para exhumar esas imágenes. A este colage se le sumó un material de archivo impresionante que conseguimos con Andrea Bruno (la productora), las imágenes que filmamos en el sur, los testimonios de los partícipes de todo este asunto, los lobos marinos y algún que otro capricho apócrifo.

 

¿Cómo fue la recepción del film en el exterior teniendo en cuenta que tiene una temática local?

Es una historia local con un tema universal: la obsesión. Igualmente yo no sabía cómo iba a ser recibida la película en el exterior. Pero no me preocupaba la temática, sino el tono irónico del relato. No es un documental con un lenguaje clásico, pero por suerte le fue muy bien.