La roca

Siendo uno de los más antiguos festivales nacionales en actividad, la competencia tandilense de largos años se mantiene en pie. Pero deberá estar atenta si no quiere perder el paso frente a nuevas propuestas de festivales nacionales.

Cine entre las sierras

Los festivales “de cabotaje” son una excelente oportunidad para discurrir por algunos caminos vinculados a la actividad que en el día a día en la ciudad de Buenos Aires a veces no tenemos tiempo. Ponernos al día con ciertas películas que no hemos visto, ponernos al día con gente de la comunidad cinematográfica que hace mucho no veíamos. Ponernos al día haciendo nuevos amigos. Ponernos al día. Y ya.

El festival de Tandil es, en este sentido, ya casi un clásico entre los festivales nacionales. Muchas (¿todas?) de estas premisas se cumplen a la perfección. Y si uno agrega a esto su marco natural de sierras o el gozoso colesterol, cortesía de sus proverbiales embutidos, ya estamos.

Sin embargo, hay un par de cosas que no cierran en las sierras. El festival en los últimos años habría perdido algo de su presupuesto. Incluso dejó de hacerse durante un año o dos. Y la programación se vuelve demasiado clásica por momentos, demasiado deudora de la gran familia del cine argentino y no muy amiga de la novedad (el festival de Bariloche, realizado en exactamente la misma fecha, va en la dirección opuesta).

Entendámonos, El artista o El recuento de los daños o La Tigra, Chaco o Rompecabezas se las puede considerar propuestas audaces en la competencia. Pero todas ellas ya han cumplido un buen ciclo en el circuito festivalero. Cohn y Duprat, sin ir más lejos, competían con El artista cuando en la misma semana estrenaban su último film, El hombre de al lado.

Uno, así y todo, se da el gusto, como decía, de ver alguna película que si no, es difícil arreglárselas para ver, como TL-2: La felicidad es una leyenda urbana, de Tetsuo Lumiere. A Tetsuo lo conozco hace más de una década, desde que me mostraba sus primeros VHS. El hombre se las arregla para mantenerse fiel a su estilo y seguir construyendo una carrera en y desde los márgenes. Aunque los márgenes de TL no son ni nunca fueron los mismos del (alguna vez llamado) nuevo cine argentino. Lo de Tetsuo es y siempre fue otra cosa. Una virtual coctelera en la que mezcla Meliés, Tim Burton, sci-fi de los 50 y argentinidad en clave lo-fi y (cada vez más) autorreferencial. Siempre garantiza un buen momento.

Como sucede más y más, los documentales siguen ofreciendo mucho del mejor material de los festivales. Y Tandil no fue la excepción. De lo que vi, me llevo Buen día, día y Fútbol Violencia S.A. El primero, dirigido por Sergio Costantino y Eduardo Pinto, es un retrato de Miguel Abuelo. Uno imagina una división de tareas, con Costantino a cargo de lo periodístico y Pinto siempre talentoso en el terreno visual. Buen día, día consigue (casi) todo lo que se propone: Dar un relato cronológico muy completo del camino de Miguel Abuelo por la música y el mundo. Dar cuenta de su influencia a través del testimonio de compañeros de banda y amigos (Andrés Calamaro, Luis Alberto Spinetta, Cachorro Lopez, Pipo Lernoud, entre otros). Pero quizás se quede a mitad de camino en su apuesta más arriesgada: una serie de planos nocturnos acompañan a Gato Azul, hijo de Miguel Abuelo, a través de la película. Él junta fotos del padre por la ciudad y trata de conocer más sobre él. Pero el film sólo araña una propuesta esteticista, allí donde más debería morder.

Por otro lado, el documental de Pablo Tesoriere (el otro responsable, junto a Enrique Piñeyro, de El Rati Horror Show) es, por su parte, un análisis profundo sobre la violencia en el fútbol. Trabajando sobre ella como un goteo social, sí, pero también poniendo el acento en la compleja y siniestra red político-policial que le da cabida e incluso estimula.

Fútbol Violencia S.A. recibió dos premios como resultado de la exhibición que se hacía de las películas de ambas competencias (documental y ficción) en el penal de Tandil. El premio del jurado y el del público, compuesto por los mismos presos.

Los premios oficiales quedaron bastante repartidos (se pueden ver aquí al costado) y el sol asomó el ultimo día como para recorrer un poco la sierra de la mano de la joven productora nativa Paz Carreira, que se puso al hombro el rol de guía turística para los despistados que aún quedábamos al final.

Igual que la proverbial piedra que le da fama a Tandil, el festival se mantiene firme aunque todo el tiempo parezca que se va caer.

Y en este caso, más que preguntarnos sobre su gran secreto, preferimos desearle que mantenga su equilibrio. Ya que la competencia que se viene entre los festivales nacionales se va a poner más y más interesante.