Rey del terror

Como una cruza perfecta entre un parque de diversiones sanguinolento, un happening posmoderno y un colegio secundario público sórdidamente procaz, el Buenos Aires Rojo Sangre dignifica la figura del adolescente. Aquí, una lectura del festival de cine de género por antonomasia.

Nota publicada en la edición impresa del  número de octubre.

 

 

Historias para no dormir

Pocos festivales en el mundo hay tan curiosos, coloridos y personales a la vez como el Buenos Aires Rojo Sangre. Allí, cual Woodstock clase Z, se respira un particular idilio juvenil a raíz de la participación de aquella figura técnica de las ciencias sociales: la del observador participante. En este festival, dada su contextura, se incita a la contribución de jóvenes productoras –otrora espectadores o neófitos en la cuestión- a raíz de las competencias de cortometrajes. Tal formato significa un agente permisivo y democratizador para quienes tienen intenciones de pertenecer, ya que no sólo son de fácil acceso (se filman con casi cualquier cámara) sino, también, de fácil edición (se editan con casi cualquier PC hogareña). Así, cientos de tortas con cortos desfilan año tras año por el BARS –de esta manera lo conocen sus amigos, así le dicen los que saben-, convirtiendo a quienes se lanzan a hacerlo en “cineastas por un rato”; funcionando además como caldo de cultivo (contra) cultural y granero de profesionales. En consecuencia, la empatía con el espectador se resuelve en un santiamén. Es que cada año, los más teenagers se ceban para mandar su cortoal Rojo Sangre como ese imponderable gore que se convierte en los 15 minutos warholianos: tu corto hecho con amigos se pasa en un cine –ni más ni menos que en el mítico Monumental Lavalle, el Alamo Drafthouse Cinema criollo-, con cientos de espectadores del palo, aplausos o abucheos mediante, pero siempre con un jurado pertinente que levanta, aún más, el tupé de la cuestión.

 

Campamento del terror

 

Tras 11 años ininterrumpidos –ahora, del 27 de octubre al 3 de noviembre va por su 12º edición-, nunca cambió la política del bajo presupuesto y la autogestión casi absoluta desde todos sus frentes de acción –para determinar su estructura, obtiene un pequeño apoyo del INCAA pero el resto sale del propio bolsillo de los responsables de la organización y sus producciones son efectuadas, en su mayoría, con el dinero de los realizadores implicados-. De tal forma, su lugar en el mundo pasa por respetar lo que es un factor diferencial: la prioridad humanística por sobre los nombres propios. Hablar del Buenos Aires Rojo Sangre es meterse, inevitablemente, con una estructura de cinefilia, en general, alejada de la figura taylorista de la industria. No hay ni hubo nunca, allí, una figura del cine despachado en proporciones mecanicistas. De hecho, sus dos figuras más representativas, su director y su programador, Gabriel Schipani y Pablo Sapere, no se han dedicado jamás al cine industrial y, sin embargo, fieles a sus principios, han sabido crear un monstruo, sí, de dimensiones inimaginables.

 

El día de los muertos vivos

 

Siguiendo con la lógica de curaduría adolescente, hay varias actividades transversales a las secciones competitivas –este año participará la esperadísima Plaga Zombie 3: Revolución Tóxica, entre muchas otras películas- que hacen las delicias barbilampiñas: la Zombie Walk y la Monster Walk. La primera, que responde a un fenómeno realizado a nivel mundial, reúne a cientos de jóvenes lookeados como muertos caminantes haciendo una suerte de marcha, acaparando la atención de los transeúntes del centro porteño y, por supuesto, la de los medios masivos de comunicación. La segunda, además, acepta “todo tipo de engendros” –de esta forma se promociona-, otorgando diversos premios afines (desde mejor disfraz hasta mejor scream queen). La recomendación, en ambos casos, es buscar videos en YouTube para el deleite y sorpresa de la vista.

 

Noche de brujas

 

Sumando puntos en truculencia, el Buenos Aires Rojo Sangre coincide, por su parte, con la festividad del Halloween, la noche del 31 de octubre, así que se imaginarán lo que allí pueden encontrar. De esta forma, por prepotencia de trabajo, autenticidad, constancia y tozudez se ha convertido en la referencia ineludible para el cine de género, no sólo en la Argentina, sino en todo el Cono Sur. La obviedad del “compruébelo usted mismo” se institucionaliza en la prerrogativa del “hágalo usted mismo”. Salvo tripas vacunas y colorante para tortas, nada tiene desperdicio.