Vivir como se filma

“No se trata de un documental `sobre Claudio Caldini´ sino de una película hecha `con Claudio Caldini´”, dice Andrés Di Tella, quien rescató al cineasta experimental con Hachazos, tanto en su versión película como en el libro. Pormenores de una larga historia de encuentros y desencuentros entre dos cineastas en permanente búsqueda.
Di Tella filma a Caldini filmando

Entrevista publicada en la edición impresa del número de septiembre de 2011.

"¿Vos sos un tipo difícil?”. El que interroga es el director Andrés Di Tella, y el que medita la respuesta es el incógnito realizador de vanguardia Claudio Caldini quien se convertirá en un personaje a develar en Hachazos, sueño documental del primero devenido retrato biográfico del segundo (aunque ambas definiciones podrían ser intercambiables). La pregunta, esbozada casi furtivamente durante una tarde amena en la quinta que Caldini cuida en los suburbios bonaerenses, podría ser el axioma que sobrevuele todo el metraje: ¿cómo sostener el juego de distancias que envuelve a una relación maestro/alumno cuando existe un proyecto cinematográfico de por medio, cuando se tiene que negociar con una dirección de actores (aunque sea mínima), cuando la sugerencia de ciertas conductas propicias para la cámara, deje librar un refunfuño? El film se encargará de despejar de su camino la figura de Caldini como un “tipo difícil”  e irá explorando bordes, balbuceos de algunas intimidades del personaje retratado, figurando los contornos de una vida inseparable de su obra e instalándose en el terreno de las grandes historias afectivas. Fundador del BAFICI, director de obras importantísimas como La televisión y yo (2002) y Fotografías (2007), Andrés Di Tella da un paso más como abanderado de cierto giro autobiográfico en el documental argentino y propone con Hachazos una especie de biografía a dos voces, que extrae del diálogo entre dos cineastas disímiles una auténtica alquimia de la imagen en movimiento.

- ¿Cómo surge tu interés por retratar la figura de Claudio Caldini?

El primer encuentro fue en 1976, a las órdenes de Marta Minujín, para una performance llamada Autogeografía. Marta se enterraba viva, yo le tiraba tierra encima y Caldini filmaba. Yo era apenas un adolescente y no entendía mucho qué estábamos haciendo ni qué significaba eso, en aquellos años en los que se enterraban cuerpos anónimos todos los días. Volvimos a juntarnos muchos años después, cuando hice mi película Fotografías (2007) que tiene que ver con la historia de mi madre y el desconocimiento de mi propia historia familiar. Mi madre, que nació en la India, me había hablado de Caldini, que como otros viajeros, se había visto superado por la experiencia brutal de la India y se había vuelto medio loco. A mí también me daba un poco de miedo ir a la India, para encontrarme con mi familia desconocida y vaya a saber qué. Quise hablar con Caldini pero, en aquel momento, mucho no me pudo o no me quiso contar. Ahora se me ocurre que la respuesta que yo buscaba estaba en las películas que Caldini hizo allá, con toda su carga de misterio y silencio.

-¿Cuándo te diste cuenta que el "material" que estabas registrando se convertiría en tu próxima película?

Yo funciono a veces en cámara lenta. Dejé pasar unos años tras aquel intento frustrado de Fotografías hasta que volví a encontrarme con Caldini. Esta vez fue a través del fotógrafo Guillermo Ueno, que me invitó a participar de un grupo de estudios de cine experimental que se había armado en torno a Caldini. Nada es casual y Ueno terminó haciendo la dirección de fotografía de Hachazos, su primera película. Pero el primer paso fue una crónica que escribí esa noche, al volver del encuentro con Caldini, que publiqué en mi blog. Mientras veía los materiales únicos que presentaba Caldini y oía sus comentarios, a la vez sencillos y profundos, resultado de una larga y meditada convivencia con esas imágenes, pensé que Caldini era como uno de aquellos viejos sabios de la tribu, que llevaba en la memoria algo así como una biblioteca entera, o mejor, el Archivo General de una nación olvidada. Pensé también en esa frase: “En Africa, cada vez que muere un viejo, es como si se incendiara una biblioteca”. Y caí en la cuenta del enorme privilegio que representaba estar ahí sentado, en esa habitación oscura de un departamento de Palermo, como si fuera el sótano de la calle Garay donde Julio Argentino Daneri le reveló a Jorge Luis Borges la existencia del Aleph.

-¿Cómo fue evolucionando esa relación de alumno/maestro?

Empezamos a juntarnos a tomar café todas las semanas durante un tiempo y yo al volver a casa anotaba nuestras conversaciones en un cuaderno. De ahí surgió la primera versión del libro Hachazos, que se publica ahora en simultáneo con el estreno de la película. Y, de hecho, la película vino después de todo ese proceso… que continuó con una serie de performances que estamos haciendo juntos y, espero, con nuevos proyectos. La complicidad de Darío Schvarzstein, que me asistió en el guión y la realización, más la decisiva participación de Marcelo Céspedes como productor, con su paciencia y conocimiento del género documental, terminó de concretar el sueño.
No hubo ningún guión previo, salvo el borrador del libro. Pero traté de planificar lo menos posible y estar abierto a lo que se nos ocurriera cada día. En ese sentido, debería decir que no se trata de un documental “sobre Claudio Caldini” sino de una película hecha “con Claudio Caldini”, es decir, de alguna manera, en colaboración, con todas las tensiones propias de una colaboración entre dos cineastas muy diferentes, como Caldini y yo.

-De alguna manera Hachazos pone en escena un cine secreto o desconocido ¿crees que el cine experimental es un "blanco" en la historia del cine argentino?

No sé por qué se ha ignorado, hasta el punto del olvido total, la producción de este grupo de cineastas, de lo más importante que produjo el cine argentino en los 70 y 80. Narcisa Hirsch, Horacio Vallereggio, Silvestre Byrón, Marie-Louise Alemann, por mencionar a algunos (no son muchos más, es verdad), son todos cineastas con una obra importante. Tal vez el hecho de que trabajaron en un formato, el super-8, del que no es fácil hacer copias y, entonces, para ver esas películas te las tienen que proyectar ellos mismos... También sucede que se trata de cineastas que no se han interesado en absoluto por promocionar su trabajo, muchas películas importantes se han perdido, por ejemplo Uf de Horacio Vallereggio, una película de tres horas, absolutamente singular, de la que han quedado apenas unos fragmentos, geniales. Caldini, para mí, es sencillamente uno de los más grandes cineastas de la historia del cine argentino. Sin embargo, que yo sepa, no figura ni a placé en ninguna historia ni ensayo sobre cine argentino. Apenas se lo menciona a veces como “precursor” en alguna reseña de video arte. Eso, en realidad, habla más de la pobreza de nuestra cultura cinematográfica que de otra cosa. Pero por suerte las cosas cambian. Creo que cada vez más gente está descubriendo su genio oculto y disfrutando de sus películas, únicas en el cine nacional. Por eso digo: “cineasta secreto”. Espero que la película y el libro contribuyan a revelarlo. Creo que también hay un gesto político por mi parte: de hablar de lo que no se habla, de rescatar lo descartado, de no aceptar la historia oficial.

-¿Te parece que -en alguna medida- la película esté hablando también de tu mirada sobre el cine, de tu propia biografía?

Las películas de Caldini, que a primera vista parecen formales, abstractas o no-narrativas, cobran otro sentido si se las entiende como un emergente, o una forma de síntesis, de momentos de su vida, incluso del contexto histórico/político que le tocó vivir. Así como su cine es ejemplar, su vida también lo es. Llevó su visión hasta las últimas consecuencias, no hizo ninguna concesión y pagó el precio. Fue tildado de tipo “difícil”, de “loco”, fue tratado con crueldad o, en el mejor de los casos, indiferencia. Estar en contacto con él durante este período, mientras escribía el libro, hacía la película y compartía algunas experiencias como hacer una performance en colaboración, fue una experiencia que me hizo replantear algunas cosas, tanto de mi forma de hacer cine como de vivir. Por eso la película termina con esa observación: “filmar como se vive, vivir como se filma”. El encuentro con Caldini fue también el reencuentro con una parte perdida de mi propia vida. En ese sentido, y contestando a tu pregunta, el retrato de Caldini que hago en Hachazos tiene, por supuesto, dimensiones autobiográficas. Como casi todas mis películas, por otra parte.

 

Últimas funciones de Hachazos en el Cine Cosmos UBA (Av Corrientes 2046): 

- Jueves 20 - Viernes 21 - Sábado 22 / 20hs.

- Jueves 27 - Viernes 28 - Sábado 29 / 20hs.