¿Puedes sentir latir mi corazón?

Nick Cave se luce como protagonista y coguionista de la elegante y emotiva 20,000 Days on Earth, una de las candidatas a llevarse el máximo premio de la Competencia Internacional del Bafici.

“And some people
say it's just rock'n roll
oh, but it gets you
right down to your soul”

("Push the Sky Away", Nick Cave)

Un Nick Cave aparentemente desnudo, desperezándose en su cama, instantes antes de abrir sus ojos y de interpelarnos por primera vez en la película con esa mirada filosa de animal agazapado en la oscuridad que porta, nos da la bienvenida. A su lado está Susie, su mujer, pero la cámara la esquiva. Solo vemos su larga figura recortada sobre el blanco radiante de unas sábanas que iluminan sus anillos y cadenas de oro tanto como la sala en la que nosotros, privilegiados espectadores, empezamos a hipnotizarnos con esta película coescrita (y protagonizada) por el propio Cave.

Es, nos dice el australiano, el comienzo de su día número 20.000 habitando esta tierra. Y es solo el primero de uno de tantos otros actos de intimidad que Cave y la película tendrán la generosidad de mostrarnos a lo largo de unos luminosos 95 minutos. Juntar dos opuestos, enfrentarlos y ver qué pasa (“encerrar en un cuarto a un niño y a un psicópata mongol”) es, según nos explica en un tramo, el modo en que van surgiendo sus canciones y escritos. Y también parece ser lo que intenta hacer esta película con su milagrosamente imprevisible y perfectamente fluido montaje. Porque luego lo veremos a Cave comiendo pizza junto a su hijos mellizos mientras los tres ven Scarface, pero también contestando preguntas de un periodista/analista que apuntan directamente sobre sus miedos, su infancia, el paso del tiempo, su relación con su padre (y su lectura en voz alta del comienzo de Lolita, que lo marcó para siempre), sus motores creativos, sus parejas (no todas: a PJ Harvey ni se la menciona) o sus años de entrega a la heroína y a la religión (curas y dealers: a ambos, cuenta con mucha gracia, les estrechaba periódicamente las manos con segundos de diferencia).  No hay ningún plano de la película que sobre: todo es goce para el espectador, presumimos que se trate de fans de Cave o no. Cuando él almuerza distendidamente junto a su ladero Warren Ellis mientras cuentan anécdotas sobre Nina Simone, cuando supervisa la grabación de un coro de niños para una de las canciones de su último disco, o cuando sale a manejar por las calles de su adoptiva y siempre lluviosa Brighton, sea junto su ex Kylie Minogue o junto a un ex músico que abandonó la banda, trayendo el pasado para iluminar y dar sentido al presente; nada es banal, pero tampoco nada es solemne, y todo parece volverse trascendente bajo los ojos de este artista y de esta película.

Entre sus tantas escenas memorables, hay una en la que la cantante pop que le dio su gran espaldarazo comercial (con “Where the Wild Roses Grow”) le describe qué sintió cuando lo vio por primera vez moviéndose en un escenario, como “un árbol alto que era sacudido por una tormenta”. La imagen es poderosa, aunque no sepamos bien por qué. Algo parecido nos pasa con sus letras, de las que, como bien sugiere Cave en esta película, no le interesa ponerse a explicar sus sentidos, sino que más bien recomienda dejarse entregar al misterio que esconden. Porque el sentido no está en la superficie de las palabras, sino que aparece únicamente, como dice él (palabras más, palabras menos), “cuando un monstruo cargado de conocimiento emerge de las aguas profundas para iluminar por unos instantes e, inmediatamente, volver a desaparecer”. He allí el propósito (y el logro) declarado de un artista dotado del talento y la sensibilidad de Cave: que, de tanto en tanto, una canción, un estribillo, un alarido escupido al viento o un plano de una película como esta nos aporten un poco de luz.

20.000 Days on Earth retrata a un hombre que lleva años en las rutas, que ha atravesado y que ha hecho las paces con todo tipo de tormentas, y que a los 57 años parece haber encontrado una suerte de equilibrio (aunque siempre precario), de estado de gracia, y que tiene el don de ofrendárnoslo. “You grow old, and you grow cold”, canta en un tramo de su último disco, y no podemos menos que desconfiar de que esas palabras estén siendo dirigidas a él mismo.

Hay un plano al final, cursi en cualquier otra película menos en esta, en el que un Cave agachado sobre el escenario repite el estribillo que reza “¿Puedes sentir latir mi corazón”?, mientras una fan llora a la vez que prácticamente introduce su cabeza entre sus piernas para, finalmente, apoyar su cabeza sobre el corazón del músico. Todo el público que se ve en ese plano está en éxtasis, viviendo una suerte de limbo emocional. Nosotros, de este lado de la pantalla y a esta altura de esta gigante película, también. En esa generosidad reside parte de su encanto (el de Cave y el de la película): mirarnos a los ojos, abrir su corazón y, en ese trayecto, como quien no busca la cosa, abrir, transformar y hacer vibrar el nuestro.