¿Qué mirás?

Sully, de Clint Eastwood

La mayoría de las películas de Clint Eastwood tratan sobre personajes que, de una manera u otra, están solos. Aun como miembros de un equipo, metidos en una banda, como parte de un ejército o junto a otro tipo de compañeros en acción, el director suele concentrarse en alguno que está frente a una gran responsabilidad que le pertenece o que asume de pronto, pero con la que carga por completo, sin compartirla. El desamor, las corporaciones, la política, el trabajo pero, sobre todo, el peso de una heroicidad que asumen como de repente terminan por aislarlos del entorno. Entonces, aquellos personajes (los héroes de Eastwood), con o sin compañía, terminan solos frente a alguna inmensidad que los aprieta casi hasta la asfixia.

En la mejor escena de Sully, el piloto que acaba de aterrizar en el río Hudson un avión de US Airways lleno de pasajeros está en el hospital siendo chequeado. Pero, más que resultados clínicos, él espera el conteo final de los sobrevivientes de aquel amerizaje. Entonces alguien interrumpe el examen médico: 155, todos han sobrevivido. Chesley Sullenberg (Sully, acá interpretado por Tom Hanks) solo repite “155… 155”. No dice más. Sus ojos pronuncian el resto, que es un universo entero que brota de la mirada de Hanks. Ahí está el peso de la responsabilidad encarnada y asumida, la carga del héroe que ya asoma pero que arrastra inseguridad, culpa. Hanks habla con los ojos (vuelve a hacerlo en muchas otras partes de esta película) y nos regala, junto a Clint Eastwood, 90 minutos del cine clásico que más extrañamos.

Sullytiene esa mirada (la de Sullenberg, la de Hanks) como eje porque es un relato sobre una forma de sentir algo que ha pasado y que todos sabemos cómo fue, como siguió y cómo terminó. Eastwood nos cuenta algo que ya conocemos e incluso, en la misma película, nos cuenta algunas cosas más de una vez e incluso más de dos. Justamente por eso lo que pesa aquí no es lo que sucede o cómo sucede, sino simplemente cómo una persona mira todo eso que sucede. Y entonces claro que molesta la falsa ingenuidad con que este director endiosa a una Nueva York de perfectos rescatistas, impecable timing e intachable moral (no molesta tanto que Eastwood la piense así –lo que piensa en general molesta a esta altura–, nos molesta que quiera hacérnoslo creer a nosotros). Sin embargo, y por lo que se lee antes de los créditos finales, ni el propio director de Bronco Billy asume que aquí no está retratando una gloriosa Nueva York o la armoniosa cooperación entre sus habitantes, sino que está simplemente haciendo el retrato de una mirada: la de Sully sobre esos días en (y con) Nueva York, antes, durante y después del accidente.

Eastwood –quien ama el arte de la narración con una intensidad que comparte con pocos cineastas actuales– construye esa mirada sobre lo que sucedió aquel 15 de enero de 2009 y sobre los días que siguieron, con elementos mínimos y con elementos inmensos (como las escenas del amerizaje). Pero es en la utilización de porciones prácticamente invisibles, casi como chucherías de minucioso coleccionista, donde el director parece un simple testigo de la construcción del héroe que protagoniza su película. Quizás sea así porque, como tantos dicen, Eastwood no sabe –o no quiere– dirigir actores sino que simplemente los deja hacer. Pero quizás sea así también porque este director sabe que la narración es siempre el arte del descubrimiento, planeado o no. Ahí es donde, entonces, se vuelven determinantes escenas como la del segundo encuentro entre Sully, su copiloto Jeffrey Skiles y los abogados de la corporación empleadora: todos están sentados ante una larga y gélida mesa, un equipo enfrentado al otro, cuando uno de los abogados-especialistas-en-cientos-de-cosas aclara con firmeza: “Disculpen, pero nuestra tarea es investigar cómo un avión terminó en el Río Hudson (“in the Hudson River es la frase, con la preposición, que se usa en el idioma original). A eso, un tranquilísimo Skiles (Aaron Eckhart) contesta, como con un guiño: “Sobre el Río Hudson” (“on the Hudson River, en la frase original). De esa manera, sobre porciones de relato casi invisibles, Eastwood construye la figura del héroe y la camaradería con su equipo, mientras va trazando una película que deja a un lado al accidente, a los neoyorquinos, a los pasajeros e incluso al mismo piloto para convertirse prácticamente en un relato de iniciación: un hombre aprende a ser héroe, con todo lo que eso acarrea.

Es cierto que Sully no está entre, ni se acerca a, las mejores de este autor, y también es cierto que tiene algunos momentos de pacotilla (lo veleta del personaje de Anna Gunn durante el juicio, por ejemplo), pero la mirada de este narrador nunca nos deja ir. Y es que esos ojos, además de pertenecer a un héroe cotidiano, laburador y compañero, pertenecen a una persona a quien un par de tipos, con algo de poder y desde atrás de un escritorio, hacen dudar no solo de la hazaña de su vida, sino hasta de su propio instinto de supervivencia. En encontrar esa mirada y construirla no triunfa nadie más que un director que cuenta y deja contar admirando ambas tareas mientras las lleva a cabo. A los 86 años, el gran Eastwood narra como quien descubre por primera vez lo que cuenta. Y no hay mejor forma de hacer cine que estando embelesado por el cine.

 

Sully. Hazaña en el Hudson

Sully

De Clint Eastwood

2016 / Estados Unidos / 96’

Estreno: 1 de diciembre (Warner)