¿Yo te gusto?: Juventud a los tiros

La nueva película del director de “Tuya” propone un viaje al infierno personal y social de una joven que lucha contra mandatos y situaciones sociales precarias.

Nati tiene 17 años y vive con sus padres y su hermano Seba en un barrio marginal. Nati y Seba trabajan haciendo repartos en el bar de su madre y pasan el tiempo con un grupo de amigos que se gana la vida cometiendo delitos menores. Cuando Nati descubre que sus padres tienen una deuda que no pueden pagar, intenta unirse a los hombres de la banda para conseguir el dinero.

Este es el planteo inicial de “¿Yo Te Gusto?”, donde se mezclan drama social, thriller y western urbano por partes iguales, además de contar con la actuación consagratoria de Martina Krasinsky. Uno podría decir “actriz revelación”, pero los avatares de la distribución quisieron que su segunda película, “Lobos”, se estrenara antes de este, su debut delante de cámaras de cine.

En esa historia que retrata el director Edgardo González Amer (cuyos títulos previos incluyen “Familia Para Armar” con Norma Aleandro y la comedia negra “Tuya”, adaptación de la novela homónima de Claudia Piñeiro, con Andrea Pietra y Jorge Marrale como protagonistas) hay una madre que no logra dar pie con bola (Leticia Brédice), un padre ausente (Daniel Loisi) y la marginalidad y la violencia están al alcance de la mano. Todos estos componentes hacen que el film, del que también participan Marco Antonio Caponi y Daniel Aráoz, sea un relato necesario que escapa a lugares comunes. HACIENDO CINE dialogó con el realizador para conocer más de la propuesta.

¿Cómo surge la idea de “¿Yo Te Gusto?”?

Es un mix de diferentes impulsos, tanto artísticos, como sociales y personales. Después de ver la remake de “La Patota” me hice algunas preguntas. La primera fue si era capaz de contar un relato de abuso y no perdón, donde todos o casi todos los protagonistas formaran parte del mismo grupo social, con la menor intervención posible de una mirada redentora desde lo intelectual. Otra tenía que ver con mi deseo de realizar una puesta acorde a cada una de las escenas, con libertad, dejando lugar a la improvisación para la cámara y a la creatividad de los actores y el equipo técnico. Quería contar el drama con formato de thriller, acción, y lo que yo llamaría western urbano. Me propuse un relato que no se aquietara nunca, en consonancia con personajes que no tienen la posibilidad de detenerse a reflexionar, porque los acontecimientos intensos y las necesidades primarias se apiñan en un lapso muy breve de tiempo. Quería contar el derrotero de una mujer verdaderamente empoderada, que no pide permiso ni duda jamás de su igualdad, se planta cara a cara, frente y entre sus compañeros de andanzas en un plano de paridad natural y absoluta, y paga un precio por ello; pero hace que todos lo paguen junto a ella.

 

 

¿Cómo seleccionaste al cast?

Leticia Brédice y Daniel Aráoz eran los actores soñados por mí desde un principio; fue un honor y una suerte que pudieran estar en la película, que les gustara el guion. A Marco Antonio Caponi no lo conocía. Después supe por familiares y amigas que la mitad de las chicas estaban enamoradas de él (risas), pero a mí se me había “escapado”. Me lo propuso Julia Gesteira, la directora de casting, un acierto de ella.

 

¿Y Martina Krasinsky? Debutar con un protagónico no es cosa de todos los días...

Ella hizo casting en una convocatoria muy numerosa, se presentaron muy buenas actrices. Martina vino tres veces y fue superando su performance en cada presentación. En tres de mis cuatro películas trabajé con chicos que nunca habían actuado. Con cada uno de ellos hay una historia, un proceso particular y luego pudieron insertarse o no en el mundo de la actuación. El proceso con Martina Krasinsky fue similar al que viví con Malena Sánchez, a quien “descubrí” para que sea parte de “Familia Para Armar”. Son tremendas actrices que no habían tenido su oportunidad y mi suerte las acercó a mis proyectos. Martina llegó con todo su talento y muchas ganas de trabajar, a mí me gusta descubrir eso.

 

Tenés un elenco con muchos actores no profesionales y con varios raperos o traperos de la cultura del hip hop

El trabajo más arduo fue con los pibes; en principio nos acercamos a la Villa 21, se presentaron muchos chicos y chicas súper talentosos y ahí conocimos a Sebastián Chávez. Desde que escribí el guion siempre supe que la música de la película sería Hip Hop. Y ahí aparece Sebas improvisando en el escenario. Eso lo hizo ser el primer seleccionado. Después convocamos en varias villas y barrios y fueron presentándose, en general, en grupos. Fue apasionante porque era hacer casting e introducirlos en el mundo del cine y la actuación en simultáneo. En esa instancia solo buscaba vínculos creíbles y naturalidad. La fecha del casting es anterior a muchas series de tv donde después también quedaron seleccionados. Jonathan Toledo, Matías García y Leandro Benega eran amigos y también del mundo del Hip Hop, de los últimos dos grupos preseleccionados fueron los que mejor se relacionaron con Martina y Sebas. Igual, fue muy difícil decidirse, porque todos ponían lo mejor, eran muy buenos.

 

LA PRODUCCIÓN

 

El universo de los protagonistas es la marginalidad, pero se mueven con mucha seguridad a pesar de los sucesos que van aconteciendo. ¿Cómo fue filmar en escenarios naturales y qué sabías que no ibas a reflejar para evitar caer en estereotipos?

Si pertenecés a la clase media o media alta, el universo en el que se mueven los personajes de “¿Yo Te Gusto?” puede parecer extraordinariamente hostil: y claramente lo es. Pero lamentablemente quienes se mueven en universos hostiles deben naturalizarlo para poder vivir. No es que no lo sufran, lo sufren y mucho, pero la supervivencia está primero. También hay que considerar que la hostilidad no es solo la violencia física y verbal, que es lo visible: el calor de las chapas y el cemento, los olores, la suciedad de las calles, el olvido del Estado, la carencia material y afectiva, la falta de herramientas y oportunidades, el abuso permanente, son componentes infaltables. Bueno, desde la propuesta de arte de Jimena Soldo y desde los colores, desde la estética de la película, nos propusimos no acentuar eso. No queríamos usarlo como escenografía; sería como los camellos de Borges en “Las Mil Y Una Noches”. Quise contar una película de género y lo que aparece en pantalla lo hace naturalmente, porque está ahí y no porque lo hayamos buscado. En cuanto al trascurrir del rodaje, nos movimos como habitantes regulares del barrio, la gente fue muy afectuosa y considerada con nosotros desde el primer scouting hasta la última toma.    

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Hay escenas con muchos personajes y extras a la vez. ¿Qué tan difícil fue rodarlas?

La dificultad mayor es siempre la falta de dinero, que redunda en falta de tiempo. Salvando esto, si ya dirigiste tres películas, si la productora tiene buena predisposición y el asistente de dirección y el DF tienen experiencia, todo se transita mucho mejor. El equipo técnico con el que trabajé siempre estuvo predispuesto a hacer las cosas de la mejor manera posible con los recursos que teníamos, que no eran tantos. Fue un rodaje sin mezquindades y con mucha consideración hacia mi trabajo como director.

 

¿Alguna reflexión acerca del difícil momento de la industria del cine?

Cuando los acontecimientos son demasiado buenos o demasiado malos, en mi humilde opinión, siempre hay factores concurrentes. Por un lado, con la foto de hoy debería recurrir a las palabras de Noam Chomsky, que dice que las corporaciones quieren todo para ellos y nada para los demás. En ese esquema, todo lo que no sea corporativo no tiene posibilidades de sobrevivir, porque nos encontramos en un estado de debilidad y cierta indefensión, sobre todo cuando las leyes que deberían motorizar el funcionamiento del INCAA no parecen cumplirse del todo o los presupuestos no se ejecutan. Dentro de ese panorama, los medios hegemónicos venden la idea de que el cine argentino se mantiene con el bolsillo de los contribuyentes y eso no es cierto o es cierto en una mínima parte. No se toma en cuenta que el cine recibe dinero del cine. Se oculta o desconoce que es una industria que, directa e indirectamente, da trabajo a miles de personas y que muchos países con economía de “libre mercado” subsidian a sus industrias para que tengan posibilidades de competir en el mundo, y ni que hablar en sus propios países. Además, hay un desconocimiento mayor: nuestro país es uno de los privilegiados del mundo con tradición cinematográfica, es parte inseparable de nuestra cultura y de nuestro trabajo. Si ampliamos la foto y esperamos tiempos mejores, vamos a tener que reflexionar acerca del rol y verdadera independencia del Instituto: cuántas películas podemos hacer por año, asegurarnos de que se hagan, distribuir de manera racional el dinero empleado en el funcionamiento administrativo del Instituto y en la realización de películas. Agilizar burocracias peor que inútiles, contraproducentes. Muchos dicen: “Sin el INCAA no existiría el cine argentino, no nos quejemos”. Puede que sea cierto, pero es contrafáctico. El INCAA ya está ahí, es nuestro, y tenemos derecho a defenderlo y la obligación de mejorarlo.