“Con el tiempo quiero inventar cada vez menos”

Por qué su última película representa un quiebre con respecto a su filmografía previa; el trabajo obsesivo con un reparto atípico; la novedad del rigor en la puesta en escena; el cariño y el respeto hacia sus personajes; sus asignaturas pendientes y los “pedazos de vida” que va dejando en cada película. Habla Burman, un director que está en el punto justo de su madurez.

El director nos recibe en la oficina de su productora. No nos hace pasar a la suya sino a la de su socio: “La de Dubcovsky es más cómoda”, confiesa. En medio de los preparativos de un viaje, Daniel Burman nos habla de El misterio de la felicidad, de sus películas anteriores y de algunas cosas más.

 

¿Cómo trabajaron el personaje tan particular de Santiago (Guillermo Francella)?

Fue un trabajo muy intenso. Capaz la gente no sabe esto: Guillermo es una persona muy detallista y tiene una energía infrecuente para el trabajo de guión. Habrán sido, no sé, treinta, cuarenta encuentros. Primero, en el trabajo de mesa, desmenuza el guión palabra por palabra con un rigor increíble y, de hecho, si uno cambia algo de una versión a otra, él tiene memorizadas todas las versiones del guión, como si fuera una computadora. Construimos esta cuestión del vínculo homoerótico con su socio, el desplazamiento del deseo; trabajamos mucho desde una perspectiva psicoanalítica porque el personaje tenía su complejidad: era muy precario en lo emocional, y eso lo hacía complejo, porque capaz uno es más “sofisticado” e interpretar a alguien así implica un trabajo para el actor. No es que sea un tipo tonto, es una persona normal con una estructura emocional atada con alambre. A su vez, Guillermo no deja de poner las cosas a prueba; él tiene un método de refutación permanente, y hasta que todo no pasa por ese método no termina de incorporarlo. Eso es extraordinario para uno, porque no bajás nunca la guardia. El guion tiene un par de frases que incluso surgieron de diálogos con él.

 

Y al personaje de Fabián Arenillas, Eugenio, ¿cómo lo armaste?

Es un personaje complejo porque se construye mucho en ausencia. Fabián es un actor extraordinario, y el desafío era poder contarlo en muy pocas escenas, porque después tiene una importancia muy grande para la película. Está muy desarrollado no solo por lo que dice, sino también por cómo se vincula gestualmente con lo que le dicen a él. Eso es muy rico para trabajar con un actor, porque terminás conociendo al personaje por sus reacciones y no por sus propias palabras.

 

La película es una comedia, o lo es en gran parte, pero el protagonista tiene una carga de oscuridad bastante atípica para una comedia.

Es verdad. Es una comedia con personajes que, más que oscuridad, parece que tienen algo así como un agujero. Una película que para mí fue una gran referencia, aunque parezca que no tiene nada que ver, fue Franky y Johnny, en la que los protagonistas tienen un agujero tan grande en sus emociones que se mueren por llenarlo con algo. Tengo mucha piedad por ese tipo de personajes. Santiago se queda de golpe sin nada con que llenarlo y permanece a la deriva, queda todo expuesto, y parece que su vida no tiene sentido, no tiene rumbo, hasta que de alguna manera lo encuentra.

 

¿Te parece que lo encuentra?

Yo creo que sí, que encuentra el rumbo, justamente. La complejidad de encontrar la felicidad no es el encuentro de un espacio, un lugar, una persona o un momento, sino un camino que al final tendría lo que para uno es la felicidad. “El deseo se defiende de ser consumado”, decía Lacan, porque si el deseo se consuma sabe que desaparece, siempre se va corriendo como el horizonte, porque siempre que está visible como algo vivo, posible pero a la vez lejano, existe. Cuando está entre las manos se desvanece.

 

Lacan también decía “mi deseo es el deseo del otro”, y en la película tenés a dos personajes, Santiago y Laura (Inés Estévez), unidos porque comparten un mismo deseo.

Exactamente. Es lo que más puede amalgamar a dos personas: compartir un mismo deseo, más que desearse entre sí.

 

¿Tuvieron en cuenta la idea de no aleccionar al personaje de Santiago, de no ponerlo en la posición de tener que “aprender” nada?

Sí, absolutamente. El personaje está en una edad en la que las transformaciones no son sencillas. A partir de determinada edad, los cambios para afuera son mínimos pero para uno son enormes; para muchas personas llegar a decir “por favor” y “gracias” es un cambio radical en su vida, y ese es un caso muy común. En la película pasa eso: los dos personajes se transforman muchísimo, cada cambio pequeño expresa una transformación interior muy grande.

 

¿Te parece que esta película sobre un personaje solo, aislado, con problemas de relación, te aleja bastante de los temas sobre los que giraba tu cine como la cuestión de lo judío y la familia?

Sí, hay una ausencia total de la familia. Lo que dice la película también es: “Si no tenés familia, igual tenés vida” (risas). Sé que es un cambio grande respecto de mis otras películas, pero también la siento muy personal.

 

¿Cómo convocaste a Inés Estévez?

Con Inés nos conocemos desde hace mucho tiempo, incluso hubo un proyecto que casi hicimos juntos pero ella justo estaba trabajando en televisión. Yo la llamé con la esperanza de que el guion la conmoviera lo suficiente como para que aceptara el papel. Ella fue muy honesta conmigo y me dijo que no estaba en un momento de hacer cine, pero que nos viéramos. Nos encontramos, leyó el guion y le pareció que sí, que había que hacerla. Trabajar con ella fue una experiencia humana extraordinaria, Inés es realmente una actriz que hace falta. Tiene una mirada muy abarcativa del proyecto y no solo de su personaje.

 

Vuelvo a lo anterior: más allá de un género específico, ¿cómo dieron con el tono general?

El tono estaba pensado en el guion, y el género no sé, es el género de El misterio de la felicidad. Más que género, lo que hay es una estructura dramática clásica; esta es una película bastante clásica. Con el tiempo quiero inventar cada vez menos. Hay cuestiones de relato que han sobrevivido el paso del tiempo, y eso no tiene que ver con una cuestión de marketing sino con estructuras de lenguaje y estructuras de pensamiento. Cuando alguien nos cuenta algo, normalmente tiende a contar una historia: con principio, desarrollo y final. Cambiar eso me parece un gasto de energía inútil en esta vida. A mí me gusta contar una película de la misma manera en que me gusta que me cuenten una anécdota en un asado: con la misma estructura. Hay dos personajes, se quieren, hay dificultades, no saben qué hacer con su vida… No quiero ser original con eso.

 

En cuanto a la puesta en escena, esta es una película más planeada que otras tuyas; se nota mucho más el cálculo y la planificación.

Sí, es verdad. Es una película muy rigurosa con la puesta en escena. Igual me sorprende que lo digas, porque pensé que no se veía eso, que era bastante transparente, pero sí, hay un rigor en la puesta que creo que no tuve nunca antes.

 

Pensaba en otras como El abrazo partido, en la que hay mucha cámara en mano, por ejemplo. ¿Te interesaba probar otro tipo de planificación visual?

El tema es que cuando uno hace una película hay procesos conocidos, que son siempre los mismos, entonces poder innovar hace también que se renueve el entusiasmo. Me aburre hacer algo igual solo porque funcionó.

 

Vos siempre estuviste un poco en la vereda de enfrente del Nuevo Cine Argentino. Yo veo este cambio como una toma de distancia definitiva: por ejemplo, el trabajo riguroso con la luz, con el encuadre (sobre todo al comienzo y al final), creo que es un quiebre casi final con cierta estética que marcó durante mucho tiempo al NCA.

A mí no me interesa tomar distancia de nadie; en todo caso, tomo distancia de mí mismo. La edad también te va cambiando. A los veinte me gustaba que la cámara corretee por ahí y ver qué piola era el director, y a los cuarenta ya no quiero ver que pone la cámara en el techo sino que quiero conmoverme en el sentido más amplio. Y capaz que a los sesenta quiero volver a ver cosas locas, no sé. Me voy guiando por lo que me pasa como espectador: yo me siento en un cine y quiero que no me agredan visualmente, que no me agredan con el sonido; quiero que ver una película sea una experiencia placentera, y salir mejor de lo que entré. Si no, no me sirve ir a ver una película, me pongo de mal humor. Entonces, cuando filmo una película trato de hacer lo mismo.

 

 ¿Tenés algún proyecto actualmente?

Estoy con varias cosas pero primero quiero estrenar, y después sí, barajar y dar de vuelta. Tengo varias cosas en mente pero también quiero parar un poco y dedicarme a otras cosas vinculadas con el cine que no implican necesariamente filmar una película. Sé que esto después me dura poco, pero tengo ganas de poner la energía en otras cosas, otros trabajos que también me gustan y que me permiten sobrevivir, cosas como la escritura y la dramaturgia. Con la edad y con el tiempo, el pedazo de vida que uno va dejando en cada película lo valora más. Cuando sos joven no te das cuenta de todo lo que dejás; cuando llegás a los cuarenta, sí. Y tampoco es que uno tiene tanta vida como para andar dejándola por ahí.