“Godard no tiene ni idea de cómo enamorar a una chica”

Elogiada y premiada en diferentes idiomas, finalmente llega a la salas locales El crítico, debut en el largometraje de Hernán Guerschuny y de HC Films. Dialogamos con el hombre detrás de Víctor Téllez, consumado dramaturgo de la escena del teatro independiente, actor de cine y gran protagonista junto con Dolores Fonzi. Incisivo y polémico como el personaje que compone, en las páginas que sigue habla acerca de cómo fue preparar el personaje, de la película y del rol de la crítica.

Víctor Téllez es un crítico de cine en crisis, con el cine y con él mismo. Divorciado, vive en un departamento que tiene que dejar lo antes posible, y pasa sus horas reviendo películas de la Nouvelle Vague. En guerra con el cine que se estrena, un poco aburrido de sus compañeros (un rejunte de críticos mezquinos, cancheros y vagos), obligado por problemas económicos a escribir escenas de un guion para su cuñado e incapacitado para entablar una conexión con su sobrina Agatha, Téllez está cada vez más solo y reconcentrado en su propia neurosis. Hasta que aparece el departamento ideal, el que viene buscando sin éxito desde hace tiempo, y con él llega a su vida Sofía (Dolores Fonzi), una argentina que vivió en Madrid, que está de paso por Buenos Aires, y que se le adelanta asegurándose el alquiler antes que él. De ahí en más, Téllez intenta de todo para convencer a Sofía, una cleptómana adorable que no parece tener otra misión en la vida que la de irritar hasta límites insospechados al protagonista, de que desista. En el camino, el universo todo de Téllez se mueve y se reacomoda; su desencanto con la gente y el cine (no se priva ni de decretar su muerte) cede ante algo que el protagonista no puede (ni quiere) explicar, pero que nosotros, los espectadores, sabemos que se parece demasiado al amor de las comedias románticas, género oportunamente denostado por Téllez en más de una ocasión. Así las cosas, el personaje se ve embarcado a la fuerza en una aventura cinematográfica: siendo capturado por un género que le es totalmente ajeno, Téllez debe aprender sus reglas y ejecutarlas correctamente, con el riesgo de que sus errores de cálculo le cuesten nada más ni nada menos que a Sofía, y eso mientras trata de entender lo que ocurre en el mundo adolescente de Ágata e intenta develar cuál es el plan de Leonardo (Ignacio Rogers), un joven y misterioso director resentido por una crítica negativa que habrá de tironear al protagonista hacia la geografía del thriller.

 

Estuviste yendo a las funciones privadas de prensa, o sea que hiciste un trabajo de observación del medio antes de meterte con el personaje.

Sí, pero poco; la verdad es que no tenía que hacer de minero en San Juan y adquirir un acento, un hábito o una corporalidad. Tenía que ir a observar algo más o menos cercano. Fue más un intento de comprender hasta dónde podíamos llevar adelante el cliché sin miedo, porque el cliché es muy parecido a la realidad. Había otro problema: no es que tuviera que disfrazarme de crítico para poder hacerlo; tenía que componer un personaje detestable con el que el público igualmente se identificara, y eso era difícil. En esto no me ayudó nada ir a investigar a los críticos de verdad. Era una mezcla muy extraña, y en cada escena tratábamos de ver cómo hacer para que el tipo provocara un poco de rechazo, respeto y temor, pero que a la vez pudiera ser el protagonista de una comedia romántica. Igual creo que estas dos cosas no están reñidas: las comedias románticas más interesantes son aquellas en las que el protagonista que se enamora es el último ser de esta tierra destinado al amor. Es como el personaje de Jack Nicholson en Mejor: imposible: él es encantador porque es un fóbico absoluto y violento que no quiere tener relaciones con la gente, y me parece que hay una fórmula de un extraño equilibrio entre eso y la simpatía del espectador.

 

¿Cómo das con el tono intermedio del personaje? El tipo es un poco deleznable y produce rechazo, pero a su vez tiene puntos débiles con los cuales uno puede llegar a sentirse un poco más cerca de él.

No sé si la identificación se produce siempre por comprender la debilidad del personaje; me parece que la identificación, como en todas las cosas, siempre tiene que ver con la sorpresa de ese viaje por el cual te va a guiar el personaje. Si el personaje es un estúpido, vos no tenés ganas de que te guíe por ningún lado. Si el personaje es demasiado inteligente como para no invitarte a su mundo, tampoco. No creo que tenga tanto que ver con mostrar la humanidad del personaje, que la tiene, sino que tiene más que ver con una estrategia más fina: él no sabe en lo que se está metiendo pero nosotros, espectadores, sí. Nosotros conocemos esas películas que él critica, ¡y también las criticamos!, solo que vamos a verlas para disfrutarlas. Esta es la enorme paradoja de la película. Hernán (Guerschuny) es un gran admirador del género de la comedia romántica, entonces hacer una película para hablar en contra de las comedias románticas tiene ya en sí mismo un grado de cuidado y de amor relacionado con ese interés. Yo no soy muy fanático de las comedias románticas, me gusta el cine de género, pero de otros géneros: me gustan mucho las películas de mafia, donde todos son malos pero hay unos menos malos que otros y uno se identifica con ellos aunque sean deleznables y maten gente. Y uno dice: ¿cómo es? ¿Por qué me identifico con esto? ¿Es porque me muestra a esos personajes en su humanidad? No, me parece que es porque los géneros desarrollan una estrategia muy sutil relacionada con la inteligencia de la mirada del personaje, la inteligencia y la apertura. Insisto: es muy difícil identificarse con una víctima boba que nadie quiere. Esos pueden ser personajes secundarios, regordetes, de color. Con Hernán no hablamos mucho de humanidad sino más bien de cómo construir esa trampa de guiar al público a través de un drama.

 

Igual a Téllez parece que le gusta poco el cine de género.

Sí, ¡no le gusta nada!

 

Lo único que sabemos es que tiene una pata en el cine clásico (como cuando dice “Capra es Capra”), pero después es pura Nouvelle Vague, Sin aliento… No es una persona muy cercana al cine mainstream.

No, le interesa el cine de arte, y por eso su discurso parece que tiene que ver con el de los artistas, que están cada vez más en retirada, al punto de que el cine de arte hoy parece haber producido un nuevo género: “Ah, esto pasa en las películas de arte”. Yo también soy un fanático del cine de arte, lo que pasa es que no tengo esa contradicción: cuando quiero ir a empacharme de efectos especiales y de pochoclos, voy al cine sin ninguna culpa. Sé que no voy a ver una obra de arte, sé que no va a permanecer en mi espíritu durante largo tiempo, pero disfruto mucho del efecto que genera esa ficción pura, diseñada de acuerdo con el estudio de lo que sabemos que nos va a gustar. No tengo un conflicto con eso, pero imagino que un crítico profesional podría tenerlo. Si uno se toma muy en serio la crítica de verdad, puede llegar a tener la sensación que tiene Téllez de que el cine ha muerto hace mucho tiempo y que nadie (o casi nadie) está tomando la posta que dejaron los Tarkovsky o los Godard.

 

¿Cómo te llevás con la crítica en general? ¿Sos lector de críticas de teatro, de cine? ¿Te interesa o te parece algo más periférico en relación con las obras?

No, no soy lector de críticas, pero mi problema no es tanto con la crítica sino con el envase, con el formato en el que suele aparecer. La crítica debería ser una forma inteligente de relación con el mundo, como cualquier otra forma de pensamiento, como la filosofía, o incluso como la propia creación. El buen crítico es el que escribe bien; debería ser en sí mismo un creador que tiene inquietudes y no utilizar las películas para calificarlas o para describir sus procedimientos sino para pensar el mundo. Y este tipo de críticas es cada vez más inusual en los medios a los cuales uno puede acceder. Muchas de estas críticas tienen una estructura mucho más simple que consiste en recomendarle a la gente qué película puede ir a ver, entonces te cuentan el argumento en dos o tres párrafos. No, ese tipo de crítica no tiene un gran valor, y tiene el mismo grado de interés para mí que leer los obituarios de un diario: cero. Lo que me gusta es cuando alguien toma el cine para elaborar un pensamiento. No me importa si la película le gustó o no; los críticos deberían prohibirse hablar de eso, deberían tratar de ver si pueden utilizar las obras como efectos agregados al mundo para hablar sobre otras cosas. Pero lo que los medios masivos reclaman, lo sabemos, poco tiene que ver con la crítica seria. A mí me gustan mucho los artículos de Slavoj Zizek sobre cine, que son extraordinarios, porque a veces utilizan películas muy berretas para hablar de modelos de pensamiento. Ahí sí me interesa ver la película y leer lo que el crítico dice, y ahí creo que el círculo se cierra. Cuando eso no pasa es porque la película o la crítica no tenían ningún valor, y esas críticas son las que abundan. Yo creo en una crítica subjetiva, no objetiva, de personas inteligentes y sensibles, eso es lo que voy a buscar en una buena crítica. En el caso del teatro, la situación es mucho más patética: como los diarios y los medios masivos no le dan espacio al teatro, y el teatro en Argentina ha aprendido a sobrevivir sin esta pata, la gente ya no lee las críticas de los diarios, por lo menos dentro del circuito de teatro de arte en el que yo me manejo.

 

¿Te parece que a Téllez le haría falta ir un poco al teatro?

Este es un cliché interesante: por qué en las películas argentinas, siempre que se muestra el teatro, el cine se burla de él, cuando en realidad tiene tanto para aprender. Por ejemplo, en la manera de crearse una red de un público que prescinda de las grandes industrias, de los grandes intermediarios, de los créditos con los que luego te van a obligar a filmar tu película en cinco semanas y pagándoles a los técnicos en la forma en la que indica el SICA. ¿Por qué si uno quiere hacer una película con amigos en este país parece que está cometiendo un crimen, cuando todos están dispuestos a trabajar como una cooperativa en pos de lo mismo? Porque en otra época el INCAA financiaba películas ya hechas y te daba el dinero que había costado; ese es un modelo sumamente interesante que sí se da en el teatro, donde nadie se mete en tu modelo de producción. El teatro de verdad puede generar una opinión sobre el mundo más inmediata, más hecha a mano por las personas que le pertenecen, y tiene muchísimo para enseñarle al cine sobre esa forma de creación. Digo todo esto porque me ha pasado varias veces de tener que actuar escenas en las que un personaje va al teatro, y el teatro en el cine es aburrido y snob, todo lo contrario de lo que pasa con el teatro en esta ciudad. Igual, yo entiendo que para que la película funcione esas escenas deben ser así, porque esa es la idea que tiene del teatro alguien que no va al teatro. Después tuvimos un problema… (se interrumpe). Mirá, ahí va un director de teatro (por la vereda pasa el dramaturgo Cristian Drut con su hijo en brazos; los dos saludan a Spregelburd).

 

Decile que estamos haciendo quedar bien al gremio.

(Risas) Sí, sí. Te decía que después tuvimos un problema ético y estético con la escena del teatro (de El crítico), y es que los bailarines eran extraordinarios, y era muy difícil hacer creer que esa obra estuviera mal. Ahí hubo muy buenas decisiones de montaje, con lo cual lo que se ve allí está tan fragmentado que lo que termina pareciendo es que lo que horroriza a Téllez es la cercanía con el objeto, con los cuerpos de los actores. Hubo que tocar mucho la escena en el montaje. La idea es interesante y compleja: la obra es buena, el que no puede apreciarla es él. Si Hernán simplemente filmaba una obra mala, aburrida, con actores tontos, uno diría: “Téllez tiene razón y estoy de su lado”. Y no es tan sencillo, porque ahí también tiene que tener razón Sofía, con su gusto, su corazón. Y además ella dice: “Yo no sé si está bien o está mal, ¿me ayudás a decidirlo?”, y él no quiere ni abrir la boca; cuando es puesto entre la espada y la pared, es un cobarde y retrocede. Me parece que la película es el aprendizaje de este personaje que descubre que probablemente desconoce aquello a lo que se dedica.

 

También está el traslado de él de un cine (o un estilo) como el de los sesenta, tipo Nouvelle Vague y nuevos cines, a un género como la comedia romántica, donde hay escenas de montaje en las que pasa el tiempo (como cuando ellos se enamoran y van a la feria), hay corrida final…

Y hay luna llena… Sí, la gracia es que la película está superponiendo dos géneros imposibles: lo puro y duro de la comedia romántica y este cine de arte; de hecho, los primeros minutos de la peli están editados a la manera de Godard, con cámara en mano, faltan cuadros. Y, a medida que la ficción va avanzando, la película se transforma en ese género que él detesta. Me parece que ese es el operativo más audaz de la película.

 

Y él aprende las reglas del género porque usa la línea de Jerry Maguire y tiene éxito; es efectiva la frase. En cambio, cuando trata de hacer lo mismo que Belmondo en Sin aliento no le sale.

(Risas) En la vida real, Godard no tiene ni idea de cómo hacer para enamorar una chica… De todas maneras, la película ni siquiera es que transmita eso como mensaje. ¿Cómo termina? ¿Termina bien o termina mal? No se sabe. ¿Esa pareja se tiene que constituir o lo más importante es el viaje del personaje? La escena final es muy de cine de arte, en este sentido: resume en una toma la mayoría de las preguntas que la película no va a responder. Eso es lo que el buen cine aprende a hacer: encontrar una manera de filmar en la que el espectador empiece a ver lo que no está allí, sino en el mundo dentro de su cabeza. Téllez se queda mirando una pantalla en blanco, que es en realidad una cortina sacudida por el viento, esa metáfora hermosa del cine. ¿No es el cine también una cortina sacudida por el viento, y cuando ese viento deja de soplar la cortina queda plana y se vuelve a ver el blanco teta, vacío de ese universo que uno va a llenar?

 

El crítico

Hernán Guerschuny

Estreno: 17 de abril

2013 / Argentina / 90 minutos

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