Actuá natural

La nueva película de Barry Levinson parece diseñada para Al Pacino, un actor que no supo transitar los cambios generacionales de su industria. Y, si su tema es la actuación, en Greta Gerwig encuentra un contrapunto interpretativo ideal.

Hay varias razones que hacen de Un nuevo despertar una película aventurada en un recorrido tan estimulante como incierto, un objeto fílmico tan desprolijo como honesto. Y una de esas razones (la más gravitante) tiene un nombre propio formado al calor del legendario Actors Studio: un Al Pacino que se muestra como no lo veíamos desde hacía años. Esta vez aparece de forma despojada, ridiculizándose un poco a sí mismo, exhibiendo las fragilidades de un famoso y veterano actor que atraviesa un bloqueo creativo –y tal vez el posible ocaso de su carrera–. Y hete aquí otro de los aspectos para destacar de esta película dirigida por Barry Levinson (Rain Man, La envidia mata): en lugar de posicionarse en la comodidad de retratar a Pacino como un héroe que ilustre una vez más el incólume mito hollywoodense de autosuperación personal, prefiere construir a su personaje como un ser inestable, que vacila ante la perplejidad, que se muestra desconcertado ante la posibilidad de la tragedia, es decir, ante el final de una carrera de loas y éxitos. Y esa elección es acertada porque termina por favorecer la vena más emocional del relato de manera sincera, sutil, sin recurrir a exageraciones dramáticas. Levinson no pierde el tiempo edificando un protagonista torturado hasta el paroxismo por la pérdida irreversible de su talento, sino que elude y desnuda el drama solemne hasta convertirlo en humorada, en comedia existencialista.

En ese carril, Un nuevo despertar se distancia de Birdman (película con la que comparte varias aristas temáticas) en la elección de su tono y en la mirada con la que observa el mundo de las celebridades del espectáculo en plena decadencia. Si la película de González Iñárritu se narraba con demasiada grandilocuencia y efectismos técnicos al punto de que el personaje de Michael Keaton era eclipsado por su propia caricaturización, el personaje encarnado por Pacino rebosa de una gracia y una franqueza que le dan una necesaria respiración a la historia y la vuelven más intima, menos acartonada. Desde ese comienzo grotesco en el que Simon Axler, el personaje de Pacino, salta inexplicablemente del escenario en el cierre de su interpretación de Macbeth (acción por la que nuestro protagonista recibe el apodo de “hombre araña shakespereano”) hasta el momento de su pretendido regreso glorioso con Rey Lear en Broadway, esta película basada en la novela La humillación, de Philip Roth, delinea un inquietante Al Pacino que modela su cuerpo de manera inédita, en una posición de constante animal agazapado, temeroso de un porvenir que no se avecina estimulante. Sus movimientos son cansinos, extenuados, dubitativos; su mirada se concentra en un vacío infranqueable, y él se expresa constantemente boquiabierto, como si en ese gesto absorbiera pasivamente el vértigo de un mundo que transcurre a una velocidad que su vejez ya no puede sostener.

En Un nuevo despertar hay una insistencia por comentar la pérdida de la vitalidad y los límites de la cordura en un raid que incesantemente alterna comicidad con desdicha, entusiasmo con depresión. Por eso pareciera que asistimos de a ratos a un cuento de ensoñación que se nutre de la realidad y la imaginería de su personaje, que puede prefigurar la posibilidad del suicidio como una farsa esperpéntica. Y por eso el montaje por momentos parece algo sinuoso, desarticulado; porque trata de representar el desarreglo y la desorientación de Simon Axler con todos los recursos posibles. Eso es algo que se profundiza a nivel dramático con la aparición de un personaje disruptivo como el que interpreta Greta Gerwig, una joven varias décadas menor que él, homosexual, animosa, decidida y segura de sí misma. La aparición de Pegeen se convierte en el eje racional, vitalista y contrapuntístico en el que la película elige abrevar. A partir de su participación, se extrae y a la vez se acentúa el giro demencial con el que coquetea el film de Levinson; se refuerza y a su vez se disloca la lógica de indeterminación con la que se identifica su personaje: esa manera de no diferenciar entre lo que sucede arriba y abajo del escenario. En esa mujer que solo le promete desdicha, ansiedad y desesperación tal vez exista la grieta para vislumbrar un futuro bajo nuevos aspectos. En Un nuevo despertar la refundación del deseo se da allí, donde existen imposibles.