Adiós al idioma

Juan Pablo Buscarini no es el primero ni será el último director de habla no inglesa en rodar en esa lengua con el fin de acceder con mayor facilidad al público de Estados Unidos. ¿Pero qué recepción tiene en el mayor mercado del mundo el cine extranjero que sigue apostando románticamente al subtitulado o, en su defecto, al doblaje? El papel de los grandes estudios y la falsa esperanza del VOD. Los casos argentinos recientes.
Bastardos sin gloria, éxito políglota en Estados Unidos.

Nota publicada en la edición 148, junio de 2014.

Desde los mexicanos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro a los franceses Luc Besson y Olivier Assayas, pasando por el alemán Roland Emmerich y los coreanos Park Chan-wook y Bong Joon-ho, abundan los casos de cineastas que en algún momento dejaron de rodar en sus idiomas originales para pasar a hacerlo directamente –y cada vez menos ocasionalmente– en inglés. En Argentina, Alejandro Agresti ha hecho lo propio desde Hollywood (mientras Damián Szifrón parece que será el siguiente), y ahora lo emula Buscarini con El inventor de juegos, filmada en el país. Aunque como segundo idioma el inglés es el primero a nivel global, y son 54 los países que lo tienen como oficial, el objetivo, se sabe, está puesto principalmente en el mercado de Estados Unidos, el más grande productor y consumidor de cine del mundo. ¿Pero por qué, incluso desde antes de que tuviera entidad el concepto de globalización, grandes nombres de la historia del cine –varios de ellos poco “sospechados” de vender su alma al diablo, como Truffaut, Bergman o Antonioni– decidieron rodar en inglés en vez de apelar a los benditos subtítulos? Siempre se entendió que, para sacar provecho comercial de esa gigantesca porción de mercado, se interponía una barrera cultural que no hacía tan fácil el asunto: al estadounidense medio, al que un extendido estereotipo suele achacarle su falta de curiosidad por todo aquello que se ubique por fuera de sus fronteras, no le gustan los subtítulos.

El mes pasado, dos notas publicadas en medios especializados como Variety e Indiewire polemizaron al respecto al preguntarse qué aceptación tienen actualmente en Estados Unidos las películas que incluyen diálogos en otro idioma que no sea el inglés, ya sea parcial o totalmente. El crítico Scott Foundas se proponía demostrar que los norteamericanos están más cómodos que nunca con los subtítulos. Entusiasmado por un supuesto ascenso de categoría de los hábitos culturales de sus compatriotas, citaba estrenos como el de Bastardos sin gloria, el mayor éxito de Tarantino hasta entonces en Estados Unidos, cuyos diálogos son hablados en un 75% en francés y alemán; o el de Avatar que, a pesar de sus subtítulos en idioma… alienígena, se convirtió en el más visto de la historia. El cine mainstream de Hollywood, argumentaba Foundas, parece estar cada vez más dispuesto a hacer sonar otros idiomas. Ponía el caso de Rápidos y furiosos, cuyos productores, rápidos de reflejos, eligieron a un chino como uno de los protagonistas en la tercera entrega de 2006, mientras que en la última, ambientada en Brasil, incluyeron varios pasajes en portugués. Seducido por el éxito ajeno de la oscarizada Slumdog Millionaire, Disney estrena este mes Golpe de talento, con dos protagonistas hindúes que hablan mayoritariamente en el principal idioma del segundo país más poblado del mundo. Siguiendo con sus argumentos, y ahora refiriéndose al circuito indie, Foundas aportaba el dato de que 14 de las 20 películas más vistas en Estados Unidos en la última década y media eran habladas en otro idioma, y citaba a Volver, la china Heroe o Amélie. La conclusión del reconocido crítico era que, a diferencia de Europa, donde suelen doblar todo, en su país los espectadores prefieren escuchar a los actores en su idioma original.

“Lamentablemente, no es verdad”, le contestaron desde Indiewire, a través de una nota titulada El subtítulo solitario: ¿Por qué las audiencias están abandonando más que nunca los subtítulos?”. Con los números en la mano, algo que los críticos suelen aborrecer, aducían que en los últimos siete años la taquilla de los cinco títulos de idioma extranjero más vistos cayó en un 61 %. No sin razón, le retrucaban a Foundas el hecho de que ejemplificara con casos de cineastas como Tarantino, James Cameron o Mel Gibson (La pasión de Cristo), todos locales, todos grandes nombres de la taquilla mundial, muy lejos de otros extranjeros como Pablo Trapero o los hermanos Dardenne, por nombrar dos que se nos vienen a la mente.

Más que en los espectadores, la mira está puesta en las grandes productoras y distribuidoras. Miramax, histórica líder en cuanto a taquilla de películas en idioma extranjero, ya no destina la misma cantidad de millones en marketing, a pesar de que sigue apostando a ese target con títulos como El arte de la guerra o Los intocables. Sony Pictures Classics, que en los últimos años lanzó a la fama a la iraní La separación y a la chilena No –y que próximamente hará lo propio con Relatos salvajes, de Szifrón­–, adelantó recientemente que va a tomar menos riesgos en títulos extranjeros. Tom Bernard, su presidente, le apuntó a una modificación en las normas de la Academia, por la cual la categoría del film extranjero es desde hace un tiempo votada por todos sus miembros, lo que hace más factible que las elegidas sean las más populares, en desmedro de otras más “tapadas”. Las reglas (del mercado) dictaminan que, si el Oscar no bendice con su fama a las películas extranjeras de perfil menos ostentoso, difícilmente estas lleguen con peso a las salas extranjeras estadounidenses. Este año tienen The Lunchbox(en Argentina se estrena el 3 de julio con el título Amor a la carta), que recaudó 2.7 millones de dólares. “Pero si se la nominaba al Oscar, recaudaba tres veces más”, pronosticaba Bernard. Universal Studios, por su parte, dio otro golpe a la distribución del cine del resto del mundo al convertir a su subsidiaria Focus Features hacia el mainstream norteamericano. La última película no hablada en inglés que produjo es de 2009 (y lleva como título el de Sin nombre). Dos años más tarde lanzaron la plataforma online Focus World, hoy en veremos.

Allí, en Internet, el panorama tampoco es muy alentador, a pesar de que el VOD (el servicio de video a demanda) suele ser promovido como el refugio salvador para que estas películas penetren en Estados Unidos. El efecto parece ser el contrario: más allá de que el grueso de los ingresos generados sigue estando en las salas, ese espacio físico no deja de achicarse para las películas extranjeras. La explicación está en la distribución digital: cada vez son más las películas indies de ese país que buscan pasar brevemente por los cines para luego saltar rápidamente y con más fuerza al VOD, con lo cual las compañías dedicadas al cine extranjero están teniendo espacio para estrenar en salas apenas 30 películas al año. En ese escenario, difícilmente hoy una película como Diarios de motocicleta podría replicar el éxito de taquilla que logró hace una década. Para peor, el catálogo de películas en idioma “extranjero” se achicó en Netflix, lo que provocó una migración de las relegadas a MUBI, Fandor o Snag Films, sitios con muchísima menos plataforma de usuarios que la del gigante del VOD (que hoy anda por los 50 millones). La dispersión, se sabe, atenta contra una mayor y más eficaz visibilidad. Itunes, Amazon o Hulu, otros de los grandes, tienen pocos usuarios para películas extranjeras. Y, cuando se chequea la lista de los títulos extranjeros más vistos en iTunes, la cima la ocupan títulos como La chica del dragón tatuado o, más vieja todavía, Amélie. Nada demasiado nuevo.

Por lo pronto, las estrategias de cierto cine hecho en Argentina para ocupar butacas en las salas de Estados Unidos son variadas. El próximo 25 de agosto, antes de que lo haga El inventor de juegos, aterrizará en el país del norte Underdogs (hablamos de Metegol), posiblemente la primera película argentina en ser doblada. En su idioma original, aunque con The German Doctor como título, la Wakolda de Lucía Puenzo acaba de lograr un estreno limitado en 39 salas, se ubicó (al menos por unas semanas) entre los diez estrenos con una salida en menos de 500 salas más vistos en lo que va del año y, según el sitio Taquilla Nacional –siempre atento a estos movimientos–, ya es el mayor éxito argentino reciente en el ahora aparentemente más hostil mercado estadounidense. ¿Quién la había superado antes? The Secret in Their Eyes, the Oscar-winning movie of Juan José Campanella.

 

Perdidos en el doblaje

¿Y por casa cómo andamos? En las salas argentinas, el triunfo del doblaje en películas destinadas no solo a niños ya es definitivo.

Nota principal: Adiós al idioma.

Hace apenas tres años, en una esclarecedora nota titulada “Los adolescentes las prefieren dobladas”, Javier Porta Fouz aportaba un dato para ese entonces revelador: las copias dobladas (88) con las que se había estrenado Amanecer, parte 1 superaban a las subtituladas (66). Ese avance del doblaje que para diciembre de 2011 era una sorpresa y hacía encender las señales de alarma hoy ya no escandaliza a casi nadie, y es directamente definitivo: tanto que el score puede dar 180 a 0. Basta repasar el estreno de Lego: la película, que con esa cantidad de copias invadió, el febrero pasado, los cines del país, en ninguno de los cuales se pudieron escuchar las voces de Jonah Hill, Morgan Freeman o Will Ferrell, a pesar de que esta no era una película “solo para niños”. Lo mismo pasó con las 133 copias de Muppets 2: los más buscados, en la que las voces de Tina Fey o Ricky Gervais fueron mutiladas para el aparente deleite (o indiferencia) de las masas que hoy desbordan los cines. (Hoy el triunfo del doblaje es tan abrumador que ni siquiera se ven “campañas de resistencia” en redes sociales como la que se hizo con la anterior entrega de Los Muppets, que motivó a que lo que inicialmente iba a ser un estreno únicamente en latino neutro pudiera finalmente tener algunas copias subtituladas, en ciertos cines de zonas más “urbanas”, siempre en horario nocturno). Lo paradójico es que esto se da al mismo tiempo en que gana terreno la distribución en copias digitales, proceso que reduce prácticamente a cero tanto el costo como el grado de dificultad de estrenar en simultáneo películas dobladas y con subtítulos.

Como siempre en este tipo de complejos debates culturales, surge la pregunta: ¿la “culpa” la tiene el público o los distribuidores y exhibidores? Los segundos simplemente alegarán que esto es lo que los primeros desean, y que no hay más que revisar las ventas de una y otra opción para ver cuál es la que mayor demanda tiene. Pero en cuestiones de consumo cultural, citando un célebre pasaje de Las guerras del cine, de Jonathan Rosenbaum, sucede lo mismo que con las drogas: el producto crea la demanda. Años de políticas comerciales, lanzadas desde distintas pantallas, hacen lo suyo al moldear paulatinamente las costumbres. Y la costumbre es todo. Seguramente la televisión, en ese proceso, es clave: hoy la mayoría de las señales de cable doblan las películas, por lo cual sería lógico que a cualquier adolescente le resulte más cómodo no tener que leer subtítulos. Los bachilleres de hoy, nativos digitales, ya no leen libros, se repite como un mantra. Aun así, ¿no es que con Internet, Whatsapp y las mil pantallas que manejan y leen en cada instante de sus vidas, a una mayor velocidad que aquella con la que nosotros podemos hacerlo, están más familiarizados que nunca con la lectura, e incluso con el inglés?

Algunos toleran el doblaje con el argumento de que sin los subtítulos se puede apreciar una mayor “información visual” de la pantalla; otros directamente hablamos de derrota cultural. La cuestión es que a los ¿nostálgicos? del subtitulado no nos están dejando ni siquiera la opción de trasnoche de un viernes.