Adorable criatura

Así como Guillermo del Toro ha encontrado un refugio para guardar todos sus juguetes, también construyó un cine que sirva de hogar para una colección de monstruos. La forma del agua, su décima película nominada a trece premios Oscar, revisita una vieja criatura conocida para sumergirnos en una fábula acuática.

“Estas fábulas me han salvado la vida por lo menos tres veces”, dijo Guillermo del Toro al recibir un premio a Mejor Dirección por La forma del agua, y su Elisa Espósito (Sally Hawkins) podría parafrasearlo diciendo: “El cine me salvó la vida”. Elisa es una empleada de limpieza de una base militar; es pobre, es muda, es una paria y no tiene más amigos que su compañera de trabajo (que es negra, otra forma de ser paria especialmente en los años 50 en Estados Unidos) y su vecino gay (y, por lo tanto, también marginado). Pero Elisa tiene el cine, lo mira con su vecino mientras imita el zapateo de los musicales y vive encima de uno, al que recurre como la forma más barata de escape a la fantasía que tenían los proletarios de la época. Su pasión por las películas le permite creer que hay otro mundo, uno maravilloso donde todo es posible, y pareciera esperar la oportunidad de penetrar en él de una vez por todas para salir de su triste vida. Lo mismo hizo Cecilia en La rosa púrpura de El Cairo, y también Danny en El último héroe de acción. Pero para que la fantasía tome por asalto nuestras vidas hay que creer en ella, y todos ellos fueron creyentes: Guillermo del Toro también.

Aquí caben una cantidad innumerable de otros films por referencias más o menos directas (hasta se permite la humorada de hacer que el personaje de Michael Shannon parafrasee al mismísimo Torrente de su amigo Santiago Segura), pero también abreva de otros relatos fantásticos. La similitud con el cuento El niño que hablaba con los animales, de Roald Dahl, es más que clara y juega en la cabeza del espectador mientras se va acercando el final como una premonición y un deseo. Muchos directores crean películas fantásticas, pero algunos de ellos deciden utilizar sus argumentos para homenajear al propio arte, como lo hizo Scorsese con Hugo, por ejemplo. Sin embargo, hay un humor negro y una violencia que la aleja de la etiqueta “apta para todo público” de aquella. En principio, la protagonista vive en un universo de fantasía pero es mucho más sexuada que los personajes que nombramos. La pasión de Elisa es carnal, libidinosa; no es una niña que cree en monstruos. El sexo que tenga con su extraño amante no será obliterado ni por el montaje ni por la elipsis; Elisa se masturba, cosa muy poco común todavía en el cine cuando el personaje es femenino. Y es el sexo lo que le mantiene los pies en la tierra, aunque parezca que sus actos son demenciales, alejados de toda norma en una sociedad tan normada como la de la Guerra Fría. Cuando salva al monstruo, tiene muy en claro qué quiere hacer con él, y esa certeza aplomará sus pasos hacia el desenlace. A cambio, él no solo saciará su apetito sexual; la completará, le dará la palabra, hará lo que nos hace el amor: nos hará ser mejores versiones de nosotros mismos.

El contexto histórico del relato ha sido un gran creador de todo tipo de fantasías. La lucha desesperada por el poder a partir de la escalada armamentista hace verosímil cualquier tipo de estrategia e instrumentos para lograr tal fin. Pero las vicisitudes del enfrentamiento aportan los momentos de humor negro. Los agentes encubiertos soviéticos y los militares y civiles fanáticos norteamericanos parecen presa de la misma locura, la cual hasta cierto punto parece personal si no fuera porque todos los personajes tienen la propia. En los intersticios de esa confrontación, Elisa y sus eventuales compañeros de aventuras encontrarán su lugar (casi anónimo) desde donde pelear su propia guerra, una guerra por la libertad de ser, por el derecho a la existencia de algo que hoy podría ser denominado un “cuerpo disidente”.

La obtención del galardón a Mejor Director en los Globos de Oro posiciona a Guillermo del Toro como uno de los aspirantes con más posibilidades al Oscar, lo que refuerza la hegemonía de los mexicanos en este rubro en los últimos cuatro años, y de los extranjeros en lo que va del siglo. En un presente donde las series han reemplazado al cine como depositarias del gran relato, este último busca su refugio en la fantasía, en la fábula y en la anécdota, haciendo de su corta duración una potencia sintética que pueda ser más atractiva que la profundidad detallada que ofrecen las series. Y no es casualidad que quienes vieron a Hollywood desde afuera durante tantos años sean quienes mejor sepan interpretar la naturaleza del espectáculo más grande del mundo.

 

La forma del agua

The Shape of Water

De Guillermo del Toro

2017 / Estados Unidos / 123’

Estreno: 22 de febrero (Fox)