Analízame

Freud, Jung y Sabina Spielrein, ejes del último opus del canadiense.
En sesión: Michael Fassbender y Keira Knightley.

Reseña publicada en la edición impresa del número de marzo de 2012.

 

Cuando, después de muchos años de carrera, le es concedido al doctor Freud el cargo de profesor asociado, este le narra la peripecia a su amigo Wilhelm Fliess de la siguiente manera: “el entusiasmo de la gente es enorme, (…) como si de la noche a la mañana Su Majestad hubiera reconocido la importancia de la sexualidad, el Consejo de Ministro hubiera aprobado la interpretación de los sueños y el Parlamento hubiera sancionado por mayoría de dos tercios el tratamiento psicoanalítico de la histeria”. Con refinada ironía, el padre del psicoanálisis estaba festejando un triunfo político, el hecho de que su método encontraría un haz de luz para filtrarse en el campo de las ciencias.

La última película de Cronenberg busca contar, en cierta forma, el proceso anterior a esa victoria, donde dos popes en ciernes del psicoanálisis venidero (Sigmund Freud y Carl Jung, autoridad máxima y alumno descarriado) protagonizan una reyerta ideológica que sobrevendría en una ruptura del movimiento. Pero a esa disensión científica, el film suma otra dimensión dramática: el avatar íntimo que se establece entre Freud, Jung y la paciente de este último: Sabina Spielrein. Un pliegue narrativo donde la erótica interpela a la ética profesional se establece cuando este tríptico hace sintonía, y es en ese carril donde el film, tal vez, hubiera encontrado un punto desde el cual tensar su historia de manera más interesante. Pero en esas largas secuencias donde lo psico-sexual da paso a parloteo asambleario sobre la libido o una posible deriva mística del psicoanálisis, la película tambalea por completo.

  

 En su facturaUn método peligroso rebosa de clasicismo, redobla la apuesta de Una historia violenta y Promesas del Este en su “transparencia” narrativa. Pero esta última película de Cronenberg no se acerca en nada a sus dos obras anteriores (y magnificas) en intensidad y justeza rítmica. No hace falta aclarar que Keira Knightley, Viggo Mortensen, Michael Fassbender y Vincent Cassel desbordan la pantalla. Pero es difícil abstraerse de la sensación de estar asistiendo a una clase maestra de actuación. Es decir, no se puede pasar por alto que allí casi no hay personajes, sino dispositivos dramáticos que son tomados por elocuentes líneas de guión. El director canadiense opta esta vez por una economía retórica que lo conduce a un registro de extrema austeridad:pocos movimientos de cámara, un puñado de actores virtuosos, algunas pocas locaciones que se repiten, un hastiado conglomerado de planos y contraplanos.

 

Es verdad que Un método peligroso asume airoso una cierta didáctica de "psicoanálisis para iniciados" con esos mínimos recursos, pero se arroga en una gesta cinematográfica de cierta esterilidad.