Apuntes desde el Festival de Cannes

Pisar el Festival de Cannes por primera vez es para un crítico de cine algo emocionante e indescriptible. Así lo cuenta nuestro redactor Agustín Mango, en esta crónica entusiasta en la que nos acerca un análisis con lo bueno y lo malo de las películas más esperadas de esta nueva edición.

Empecemos por una aclaración: para un crítico de cine venir al Festival de Cannes por primera vez es como que tus viejos te lleven a Disney cuando tenés 10 años. Armado de una batería de consejos de amigos y colegas que ya tienen varias vueltas por la Croisettte encima, una valija llena de ropa bastante más seria de la que suelo usar, y –por las dudas–, un moño, aquí estoy, después de dos días de viaje y tres días de festival, escribiendo en el Grand Theatre Lumiere a la espera de que empiece la función de prensa de 120 Battements per Minute.

Aunque hoy por hoy el dispositivo canónico que opera Cannes está puesto en duda por la mayoría de los críticos de cine (los más lúcidos, al menos), Cannes sigue siendo, institucionalmente, una meca del cine tanto para la cinefilia como para los negocios de la industria que lo posibilita. Es la catedral con los comerciantes adentro. Es también una maratón bastante extenuante de corridas, pocas horas de sueño y eternas colas bajo el sol o la lluvia para poder entrar a ver las películas. Nada de lo anterior es una novedad, pero espero que sirva para explicar que este intento de diario canino y mis impresiones van a tener, muy probablemente, la poca asiduidad que los tiempos infernales de Cannes permiten, el desorden de un calendario en el que no alcanzan las 24 horas para ver películas imperdibles y sentarse a escribir, y sí, por ahí un tono de novato fascinado. Porque, bueno, es mi primera vez en Cannes.

Entonces, ahí vamos.

 

1. Termina la proyección de120 Battements per Minute, con una escena de más, porque la anterior, el verdadero final, es realmente hermoso. La película de Robin Campillo, una historia de amor en el seno del grupo Act Up (un colectivo de acción política sobre el VIH/SIDA en la Francia de la era Mitterrand), está protagonizada por Arnaud Valois y el argentino Nahuel Pérez Biscayart, quien según la mayoría de los colegas argentinos está en la lista corta para el premio a Mejor Actor por su rol de Sean, un militante implacable. Narradas con destreza invisible, las dos horas y media de la película no se sienten en absoluto, en medio de las discusiones del grupo sus fiestas, y sus acciones directas, como interrumpir conferencias para reclamar investigaciones, concientizar en escuelas o tomar la sede de una farmacéutica. Habitual coguionista de Laurent Cantet, Campillo narra de manera inteligente y por momentos muy conmovedora los días en que el objetivo de la lucha era que el Estado reaccionara de manera concreta y efectiva contra la epidemia. También lo hace con los miembros del grupo, delineados al detalle en sus dinámicas internas, evitando el trazo grueso sin dejar de darles un profundo dramatismo a estos personajes que luchan a contrarreloj de su vida, con su cantidad de células T como un countdown que marca el ritmo de la lucha. Es una película más sólida de lo que parece y, si bien fue recibida de manera bastante débil entre los críticos, arriesgaría que quizás no sea una mala candidata de consenso en un jurado impredecible.

El festival comenzó hace unos días, que ya se sienten como una eternidad, con Ismael’s Ghosts, de Arnaud Desplechin. Decepción para los más versados en la obra del director –no es mi caso–, la película cuenta la historia de Ismael, un cineasta interpretado por Mathieu Amalric, que enviudó legalmente luego de declarar “ausente” a su esposa Carlotta (Marion Cotillard) hace 20 años. Ismael está haciendo una película que vemos en paralelo, con Louis Garrel como un joven espía del Ministerio de Asuntos  Exteriores francés (un personaje que luego tendrá una relación directa con el director), cuya identidad e historia está siempre puesta en duda por sus colegas. Mientras, Ismael vive ahora feliz con Sylvie (una Charlotte Gainsbourg perfecta), aunque el fantasma de Carlotta siempre estuvo flotando en su vida. Un día, Carlotta aparece, la trama paralela se integra como pasado familiar, y la película se transforma en una pieza de cámara sobre un hombre y sus dos amores.

Desplechin narra en tiempos distintos historias y escenas que parecen autónomas, como viñetas en la vida del apabullante Ismael (a Amalric dan ganas de meterle 3 valiums y un palazo en la cabeza para que baje) con la tónica común de una intensidad dramática que por momentos satura pero que siempre se mantiene del lado bueno de la fuerza del cine. En Ismael’s Ghosts, el amor es una búsqueda por la propia identidad, una tarea que de por sí es bastante compleja (e intensa) como para, además, compartir la vida (y el amor) con otra persona y no morir, o desaparecer, en el intento.

Del otro lado del amor, ese mismo día se proyectó Loveless, horrible película rusa sobre una pareja divorciada que sufre la pérdida de su hijo. La película es un desfile de crueldad que trata a sus personajes con el mismo desprecio con que ellos se tratan a sí mismos. Zvyagintsev los castiga por su egoísmo y su superficialidad burguesa. Loveless es una película que rinde culto secular al desamor y la crueldad, y que grita su importancia como objeto de crítica cultural a la sociedad rusa actual al punto de ponerle el uniforme olímpico de ese país, que dice “Rusia”, a uno de sus protagonistas, mientras camina sin avanzar, casi inerte, sobre una cinta de gimnasia. Y mirando a cámara, por si no quedaba claro que, para el director, Rusia hoy está presa de sus propios odios.

La película que venía a desparramar luz después de tanto gris eslavo fue mi primera decepción importante de Cannes:Okja, la última película de Bong Joon-ho, y la más floja de su genial carrera. Okja es una película sin emociones, un gran problema para un intento de fábula ATP con notas de ironía y humor negro, que termina en denuncia infantil contra la crueldad a los animales.

 

 

2. Me cuentan que Naomi Kawase ya no es la misma cineasta que hizo esa escena memorable de una fiesta popular bajo la lluvia en Shara que me cambió la vida. Parece que la perdimos para siempre en una filosofía new age que por suerte no conocí porque le perdí un poco el rastro hace años. La función de prensa de Hikari, su última película, es a las 8.30 am, y muchos vamos a pegar el faltazo. En mi caso, para resguardar en mi recuerdo a una de mis directoras favoritas, y también para tratar de robarle un rato a esta maratón de películas y colas eternas para sentarme a escribir.

Ya es casi la mitad del festival, y en este diario retrospectivo ahora tocaría hablar del tercer día, y la que hasta ahora es la mejor película de una competencia oficial, aunque nadie parece muy entusiasmado con ella: Wonderstruck, de Todd Haynes. Adaptación del libro de Brian Selznick con guion del propio autor, Wonderstruck cuenta dos historias en paralelo, en 1927 y 1977, ambas protagonizadas por chicos, en distintas épocas de la ciudad de Nueva York. Es, quizás, la película más mainstream de Haynes (y eso que una de las historias es en blanco y negro, y muda), y lo es en el mejor sentido de la palabra. Wonderstruck, con su amor por el cine y la historia (la del cine y la historia a secas), recupera el espíritu ATP del cine familiar de los años 70 al mismo tiempo que usa ese espacio (la Nueva York del primer Scorsese) para generar sensaciones parecidas a las que nos daban las primeras películas de Spielberg, y lograr una coming of age perfecta. Wonderstruck es cine que no desprecia a nadie, que apuesta a emociones genuinas de manera inteligente, con una destreza apabullante en la que todos sus diversos elementos (desde canciones de David Bowie hasta el uso de stop motion, o el trabajo de fotografía sobre las distintas épocas del cine) se combinan para que la película crezca a medida que sus historias avanzan tomando lo mejor del cine mudo, del cine de los setenta y de la historia de Nueva York, cuarta protagonista de esta historia (la tercera es Julianne Moore, en un doble rol que funciona como nexo).

En 1927, la protagonista es Rose (Millicent Simmonds), una chica sorda y fanática de las maquetas e hija de un hogar de clase alta que la ignora: la relación con su padre es mínima y la que tiene con su madre –una actriz famosa de la época llamada Lilian Mayhew (Julianne Moore), eco de la Lillian Gish de Griffith– sucede a través de fotos de las revistas de cine. Un día, Rose decide escaparse de casa e ir sola en su búsqueda a la Manhattan de los años 20, en una aventura con ecos de Chaplin y hasta ciertos toques del Lang de Metrópolis.

En 1977, Ben (Oakes Fegley) es el hijo de una madre soltera que acaba de morir en un accidente de tránsito, y ahora vive con su tía. Víctima de una descarga eléctrica, Ben queda también sordo, y también se escapará de un hogar que no es tal para ir a buscar a su padre, a quien no conoce, a una Manhattan que ahora es la ciudad de la furia de la era post Vietnam y pre Giuliani, la de Calles peligrosas y Travis Winkle. Ben solo tiene un dato, un mensaje que encuentra en un libro sobre los viejos gabinetes de curiosidades del siglo XVII, precursores de lo que luego serían los museos.

Justamente, los caminos de ambos chicos los llevan a terminar en el Museo de Nueva York, que se vuelve un espacio casi mágico donde pasado y presente se conectan, y donde Ben encuentra un amigo que lo ayuda en la búsqueda de su padre, historia que de ahí en más se vuelve la principal (tomando algo del Paul Auster de la Trilogía de Nueva York y sus coincidencias) y se convierte en una aventura de amistad y crecimiento absolutamente conmovedora.

Si Okja hubiera funcionado mejor, la Competencia Oficial tendría un buen tridente ofensivo para contrarrestar con amor fulleriano (“el cine son las emociones”), el desprecio por lo humano que parece estar dominando la sección. Por ahora Wonderstruck tiene una sola compañera: The Day After, de Hong Sang-soo.

 

 

3. Hong Sang-soo y su nueva mujer, la maravillosa Kim Minhee –protagonista de sus últimas películas–, caminaban por la Croisette de la mano. Giraron en la esquina del Theatre Croisettte, y se dieron vuelta un poco asustados cuando súbitamente escucharon un estruendo. Éramos Diego Lerer, Diego Batlle, Roger Koza y yo, que los aplaudíamos desde una cola para entrar a ver The Florida Project de Sean Baker. Ella sonrió y nos saludó, él nos hizo una rápida reverencia. Hicimos un poco el ridículo enfrente de todo el mundo, pero había que hacerlo.

Para los que no conozcan la historia, el amigo Hong armó tremendo escándalo chimentero en Corea cuando quiso divorciarse de su mujer luego de que se revelara que estaba teniendo un affaire con Minhee, cosa que era cierta. Su mujer por ahora no quiso darle el divorcio, pero Hong y Minhee aparentemente se casaron simbólicamente en una boda secreta a principios de este año.

En The Day After, el adulterio es el tema desde el comienzo mismo de la película, en la que vemos a Bongwan (un genial Kwon Haehyo), dueño de una editorial pequeña, sentado en su casa comiendo mientras su mujer Haejoo le pregunta varias veces si está teniendo un affaire, cosa que es cierta (como veremos luego, aunque no haga mucha falta: las caras y el silencio de él lo dicen todo).

The Day Afterquizás sea lo más cerca que Hong estuvo hasta ahora de una comedia de enredos de oficina: cuando la empleada y amante de Bongwan, Chang-sook, corta la relación y se va, llega en su reemplazo Areum (Kim Minhee) como un soplo de aire fresco. Pero Haejoo encuentra una carta de amor que Bongwan le había escrito a su amante, y la pobre Aerum recibe por error los golpes de la esposa despechada. Como suele suceder con las películas del director, la trama puede resumirse en una anécdota breve, pero Hong siempre logra llevarnos por un lento camino no lineal a través de situaciones aparentemente livianas o sencillas (conversaciones, comidas regadas de soju o diálogos de enamorados) que terminan sintiéndose enormes. En este caso, se pone un poco más gris y melancólico, y no tiene miedo de desmenuzar a su álter ego mostrándolo en toda su hipocresía, al punto de volverlo, por momentos, un comic relief. Frente a ese trío de amores desorientados, el maravilloso personaje de Aerum, una chica sabia y espiritual que parece venida de un mundo tan distinto –por sincero– al del resto de los personajes, es casi una carta de amor de Hong a su nueva mujer. Denle todos los premios a esa pareja hermosa y vámonos a casa.

Un breve comentario para dos películas de la Competencia Oficial que no merecen más que un par de palabras:

Le Redoutable, la película de Michel Hazanavicious sobre Jean-Luc Godard, es una estupidez. 

Al final de la proyección de Rodin, de Jacques Doillon, alguien gritó “¡qué cine más viejo!”. Y tenía razón.

 

4. Haneke no quiere que vea su película. Ya lo intenté dos veces y la dictadura del color de las acreditaciones y las colas eternas me dejaron afuera en ambas ocasiones. Peor aún, por tratar de entrar a esa película me perdí la gala del 70º aniversario de Cannes, para la cual me habían caído del cielo unas entradas. El premio consuelo fue que al rebotar de la Salle du Soixantième terminé de casualidad en el acceso posterior al Palais durante la alfombra roja de la ceremonia, a metros del encuentro –con abrazo incluido– entre David Lynch y Roman Polanski, que se quedaron charlando con Nicole Kidman mientras al lado de ellos Catherine Deneuve pelaba un espejito y se arreglaba el maquillaje. Esperaba compensar el rebote con Rodin, pero la impecablemente aburrida biopic de Jacques Doillon resultó un bodrio absoluto, cine muerto más cerca del telefilm, con el típico sonido teatral de gente caminando sobre un piso de madera durante toda la película. Vincent Lindon sonaba como candidato a mejor actor, pero el rechazo a la película fue tan categórico que dudo mucho que vuelva a ganarlo como hace unos años. 

La única gala a la que sí pude entrar fue a la de The Meyerowitz Stories (New and Selected) de Noah Baumbach, un muy buen dramedy familiar en el seno de una familia judía acomodada de Manhattan. Dustin Hoffman es Harold, un escultor y ex profesor universitario bastante egocéntrico, convencido de que siempre mereció más reconocimiento del que tuvo en el mundo del arte (tiene algo del snob ensimismado de Jeff Daniels en The Squid and the Whale, pero es mucho menos hipócrita y más querible en sus caprichos). Divorciado tres veces, Harold vive con Maureen, una vieja hippie demasiado interpretada por Emma Thompson, personaje que de hecho queda bastante al margen del corazón (suena feo y un poco cursi, pero acá aplica) de la historia, que es la relación de Harold con sus hijos y el vínculo entre los hermanos que vienen a visitarlo: el músico desempleado Danny, que lleva a su hija a NY para que arranque la universidad, la rara e invisible Jean (Elizabeth Marvel), y el exitoso Matthew (Ben Stiller), que vive en Los Ángeles y viene por un día para ayudarlo en la venta de su casa. Los dos llegan con intenciones de recomponer vínculos pero también de saldar cuentas emocionales, y Baumbach traduce eso en un ping pong constante de guion que roza la Nueva York elitista de Woody Allen, y en una misma conversación puede fluir con facilidad del humor agudo al drama sutil, aunque algunos recursos para pintar a sus personajes se vuelvan un poco repetitivos, sobre todo en el caso de los personajes de Hoffman y Thompson.

Párrafo aparte para el trabajo de Adam Sandler, porque lo que hace con el rango de su personaje está al nivel de Embriagado de amor. Desaliñado, medio rengo y loser total, el Danny Meyerowitz de Sandler pasa de ser un tipo volátil con desopilantes arranques de ira a un padre cariñoso y considerado, un hijo solidario, y un tipo con sinceras ganas de recuperar la relación con su hermano (la química con Stiller es sorprendente). Nadie parece darle una chance a Sandler, que sigue madurando como actor dramático. Es una lástima, porque el tipo es brillante y sin embargo seguirá menospreciado como actor de “comedias chotas de Netflix”.

Hablando de comedias, tanto The Beguiled,la remake que Sofia Coppola hizo de la pulpy original de Don Siegel, como el capricho depalma-cronenbergiano de Francois Ozon, L’Amant Double, aportaron unas cuotas bastante delirantes de comedia que quizás sean los pocos oasis en una competencia aparentemente muy lúgubre. Ampliaremos, si los tiempos de Cannes lo permiten.

Muchos colegas ya están empezando a pensar, como yo, que la película de Robin Campillo se lleva la Palma. Este novato lo dijo primero. 

 

5. “Misantropía, malaise, desconexión con las familias, la tónica de este año en Cannes”.

Es el título de una nota sobre el festival, escrita en inglés, que alguien dejó abierta en la computadora de al lado, acá en la sala de prensa. Parece que es así nomás, y que no es solo una impresión de algunos colegas argentinos: Cannes nos está gritando desde sus pantallas su desencanto con el mundo actual, y que el odio y el abuso es la raison d’etre del ser humano contemporáneo. Entonces, mostrémoslo en todo su horrible esplendor. Siempre desde un púlpito. Y siempre desde Europa, claro, aunque la última película de la Competencia Oficial que se proyectó hoy viernes, You Were Never Really Here de Lynn Ramsay, pega a las apuradas un zarpazo estético para incluir a Estados Unidos con una pseudo Taxi Driver moderna en la que un Joaquin Phoenix perturbadísimo (cuándo no) es un veterano de guerra (inserte recuerdo de niños árabes muertos), ex agente del FBI (inserte recuerdo de víctimas del tráfico de personas) e hijo de un padre violento (inserte recuerdo de madre golpeada), que se dedica básicamente a matar gente y hacer cualquier trabajo violento que le pidan, en una Nueva York en la que los políticos son villanos con todas las letras.

Haciendo la cuenta, de las 19 que compiten por la Palma de Oro me van a quedar unas 5 o 6 sin ver. En mi condición de novato, hice caso a las sugerencias, y al parecer logré ahorrarme la mayoría de los exponentes de este Cine de la Crueldad, el nuevo canon impulsado por Frémaux. No me extrañaría que la rusa Loveless, donde un personaje arroja a su bebé a la cuna en tiempo tan real como la angustia de ese chico que vemos llorando por un par de minutos, sea la peor de ese grupo. Del otro lado, gracias al cielo, estuvieron Hong, Baumbach, Haynes, Campillo, los hermanos Safdie, y hasta el olvidable animalejo de Okja inclinando la balanza para el lado del bien. Sobre la hora, apareció también François Ozon para que nos tomemos todo mucho menos en serio con la absurda L’Amant Double, una película imposible que arranca con un plano ídem: un zoom out vaginal. La primera media hora es un drama psicológico bastante típico y aburrido, en el que Chloé (Marine Vecht) es una mujer que se enamora de su psicólogo Paul (Jérémie Renier) y se va a vivir con él. Un día, descubre que su calmo y discreto novio tiene un hermano gemelo secreto, Louis, también psicoanalista, aunque totalmente opuesto: frontal, seductor, agresivo. Pero cuando Marine, obviamente, termina cayendo en una relación puramente sexual con Louis, las cosas se ponen más en plan De Palma después de unos whiskies (fantasías sexuales, espejos, dobles y engaños), y la película se vuelve un poco más entretenida, por y a pesar de la dirección tan prístina de Ozon y una historia ridícula en la que, otra vez, hay una familia rota.

 

6. Último día del festival. Día de reprises (repetición de todas las películas en competencia), sonido de valijas por las calles y la ceremonia de premiación, que arranca en minutos y para la cual estamos esperando acá en la sala de prensa. Aproveché las reprises para, finalmente, ver Happy End de Haneke y The Square de Ruben Östlund, así que redondeo 14 de 19 películas de la Competencia. Es mi primera vez acá, pero sí, es como dicen: el nivel de la Competencia fue muy flojo, y el estado del cine (y del mundo) que propone se siente como una fijación con dar cuenta de un status quo global. Uno en el que nadie parece salir indemne del juicio.

Terminó la ceremonia y la Palma de Oro se la llevó The Square, que es como una versión sueca de El hombre de al lado, una comedia que avanza bastante bien en sus innecesarias dos horas y media, a fuerza de pura misantropía. El protagonista de la película de Ruben Östlund (Force Majeure) es Christian, un elegantísimo curador de un museo de arte contemporáneo sueco, con todos los defectos posibles que se le pueden enchufar a un snob: vanidoso, superficial y un poco chanta, Christian programa en el museo una obra muy humanista de la artista argentina Lola Arias (por acá nos preguntábamos si la dramaturga y directora sabrá que es un personaje de esta película), decisión que va a generarle muchísimos problemas cuando se desencadenen en su vida una serie de eventos desafortunados a causa de su reacción frente al robo de su billetera. El curador interpretado por Claes Bang se la pasa en el banquillo de acusados, sentado ahí por una sátira que lo pasea por todos los lugares de la conducta reprochable para convertirlo en un ciudadano ilustre de las mezquindades (morales, sexuales, familiares) de la burguesía europea.

Si hay un zeitgeist para el cual esta edición de Cannes funcionó como caja de resonancia, no es tanto el de la malaise de las clases altas europeas en el contexto de un corrimiento a la derecha de sus sociedades, sino la de ciertos cineastas que parecen responder con la misma medicina al mundo que quieren condenar. ¿Qué diferencia hay entre el odio que se tienen los personajes de Loveless, la soberbia del protagonista de The Square, o el desapego de Happy End, con los modos y retratos a los que estos directores recurren, con sus familias apáticas, vínculos sin amor y violencia naturalizada, para mostrar desde el púlpito su desencanto con el mundo (europeo) en el que viven y las personas que lo habitan? Hasta el Gran Premio del Jurado para120 Battements par Minute, de Robin Campillo, se siente más como una celebración del aspecto más oscuro de esa película –esa constante presencia de la muerte que flota sobre sus protagonistas– que a su historia de amor, fraternidad y pasión activista. En mi primera experiencia en Cannes, la Competencia Oficial parece haber sido diseñada en formato de denuncia, los premios parecen celebrarla, y la mayor parte de la crítica parece tomar todo esto como un buen signo, porque en el fondo lo más relevante es la polémica sobre Netflix, Amazon y el futuro de la exhibición cinematográfica (cosa que, por otra parte, tiene algo de cierto).        

Al menos estuvo Wonderstruck para recordarnos que el cine puede ser algo mucho más noble y luminoso. Y The Meyerowitz Stories, para demostrar que la desconexión en los vínculos familiares y el desapego pueden ser tratados con un poco más de amor por los personajes imperfectos que intentan.

Y Hong Sang-soo paseando de la mano con Kim Minhee. Porque el mundo y el cine también son eso, por suerte.