Arqueología de la imagen

Memorias de un cinéfilo reúne los textos que Henri Langlois escribió desde su juventud hasta su madurez. Un libro indispensable para ir al rescate de la memoria cinéfila que el fundador de la Cinemateca ayudó a construir.

Fallecido en París hace casi cuarenta años, Henri Langlois sigue siendo un gigante. Al menos para los que confían, en plena era del consumo audiovisual hogareño, en que la cinefilia tiene remedio. O mejor; para los que creen que es un remedio a través del cual podemos conocer e impregnarnos del espesor y los matices de eso que llamamos mundo. Si hoy sabemos que es una figura ineludible la historia del cine, se debe a que en cada uno de sus emprendimientos puede intuirse la urgencia y la pasión por rescatar lo que terminaría siendo el arte constitutivo (¿testigo?) del siglo XX.

Nacido en Esmirna, criado por una doméstica griega y más tarde educado en su adolescencia en París, donde se radicaría definitivamente, Langlois coqueteaba con definirse como un ciudadano del mundo. Nadie más que él podía afirmar que el cine era su patria sin fronteras, su manera de estar, su praxis vital. A tal punto fue así que fundó la institución –dedicada a la programación, la conservación, la difusión del cine– más influyente del mundo: la Cinemateca Francesa. Hay una anécdota, con fuerza de leyenda, que ilustra acabadamente su gesta obsesiva por el séptimo arte. En el documental Recuerdos del porvenir, Chris Marker muestra una fotografía de Denise Bellon. Se trata de una bañera atestada de latas de material fílmico. Es el baño de Henri Langlois que, como si salvaguardara expatriados en un refugio doméstico en plena Ocupación, no se resigna a que las películas desaparezcan. De hecho, él mismo fue responsable de rescatar de las garras del nazismo gran parte del clasicismo del cine, incluso arriesgando su vida.

Memorias de un cinéfilo(El Cuenco de Plata) contiene los artículos que funcionaron como apoyatura de una empresa (la de la Cinemateca) cuyo objetivo era preciso: enriquecer el futuro del cine revisitando su pasado, su historia. La escritura de Langlois se funda en una antipedagogía. No pretende ser condescendiente con el lector, ni tampoco subestimarlo. Puede haber extensos párrafos en los que se diseccionan aspectos técnicos de una filmografía (decorados, iluminación, etcétera) o descripciones de escenas en las que parece presuponerse un conocimiento previo de los films comentados. Lo que subyace a sus textos es la propensión por transmitir (y contagiar) una sensibilidad particular. Ordenados cronológicamente, estos escritos tienen distintas procedencias: diarios de juventud, entrevistas, programas de ciclos, folletos de cinemateca. En todo el arco temporal que abarca el libro pueden apreciarse las distintas etapas que va atravesando el autor: un primer momento de encantamiento por ese arte incipiente y el fanatismo por el cine silente; luego, la gesta heroica (encarada junto a Georges Franju y Jean Mitry) de fundar la Cinemateca en 1936 para contrarrestar el olvido del cine mudo ante el advenimiento del sonoro. Más tarde vendría la etapa de consolidación del mito con el llamado “affaire Langlois”, cuando, en las postrimerías del revulsivo año 68, una masiva movilización exigió su restitución a la dirección de la Cinemateca, luego de que fuese destituido de su cargo por llevar a delante una “gestión anárquica e ineficiente”. Estas Memorias… nos impulsan a reanudar una ritualización de la experiencia del cine que se pretende perdida. La bella afición de mirar, hablar, escribir.