Búsqueda implacable

Un editor desempleado y un gris empleado de clase media se embarcan en la búsqueda de un antiguo tesoro alguna vez enterrado para evitar las expropiaciones del régimen comunista. El director de Policía, adjetivo sigue fiel a su estilo, con una gran antiaventura en la que no faltan el humor, una mirada sobre las riquezas públicas y privadas, y un detector de metales absolutamente insoportable.

La búsqueda de un tesoro siempre supuso la prosecución de una aventura. Un viaje a terreno desconocido, peligros inimaginados, héroes temerarios, arriesgar la vida por una promesa de gloria y abundancia infinitas. Pero aquí es Porumboiu de quien hablamos, y de su nueva película El tesoro (Comoara, en el título original), así que es mi deber informarles que no hay nada de eso. No hay niños que vayan tras un antiguo tesoro, ni mendigos que se maten entre ellos enfermos de codicia, ni promesas de esmeraldas perdidas y maleantes caribeños. El cine de Corneliu Porumboiu tiene una evidente tendencia a desfigurar potenciales epopeyas o narrativas de acción y convertirlas en el registro desangelado de situaciones mínimas, repetidas y absurdas, desprovistas de cualquier atisbo de emoción o grandeza. La “revolución” que derrocó a Ceaucescu en el 89 desmitificada y refigurada como la dudosa remembranza de charlatanes en Bucarest 12:08, la persecución policial convertida en la acumulación de tiempos muertos para acatar leyes insensatas de Policía, adjetivo, y hasta el clásico Steaua/Dinamo en The Second Game, un triste cero a cero en un terreno imposible. En su aún corta filmografía, el director rumano siempre se esmeró en construir una mirada sobre sus temáticas de interés a través de una narrativa cargada de poesía deadpan (humor seco), en la que las grandes cuestiones se exponen en su costado más prosaico y aburrido.

En El tesoro, Costi es un serio y dedicado padre que lee cotidianamente las historias de Robin Hood para su hijo. Las ilustraciones habilitan un mundo de riquezas y fantasía, un universo de ensueño, alejado absolutamente de su gris vida de clase media. Ese escape a la fantasía se interrumpe cuando el vecino del cuarto piso le pide que lo acompañe a buscar un supuesto tesoro que su familia ocultó en un jardín antes de las expropiaciones comunistas. De encontrar algo, la fortuna sería dividida en dos partes iguales.

A poco de iniciar la aventura surgen los primeros obstáculos, que, claro está, son de una banalidad abrumadora. Ya de entrada, Costi debe negociar con una compañera de trabajo para que lo cubra en una salida en horario laboral. Todo es torpe, improvisado, y una vez que la búsqueda del tesoro propiamente dicha comienza es cuando la comedia porumboiesca se revuelca en toda su dichosa mundanidad: repetidos llamados telefónicos para corroborar datos que faltan, la lentitud exasperante de un hombre avejentado y de pelo largo que recorre el terreno con el detector de metales, un software que nadie entiende, códigos informáticos de dudosa validez, gráficos incomprensibles, hipótesis y contrahipótesis, y no podemos olvidarnos de la estrella de la película: un detector de metales que emite uno de los sonidos más insoportables que usted pueda presenciar en una sala de cine y que, por supuesto, suena con inclemente persistencia. A todo esto hay otro problema y es que, si se encuentra el tesoro y el Estado concluye que se trata de un patrimonio nacional, este se queda con el setenta por ciento de la fortuna hallada… Declarar o no declarar, esa es otra cuestión.

Es menester ahora no avanzar más en la sinopsis, pero no podemos evitar mencionar que posteriormente la película toma un leve giro narrativo que reconfigura o al menos refuerza su mirada sobre la historia, la ley y las riquezas. Es especialmente en las muy buenas escenas finales (aquí viene un semispoiler) cuando la película termina de redondear una mirada satírica sobre la historia rumana, sobre las relaciones económicas y hasta sobre el fetichismo de la mercancía que no será muy difícil de observar por el espectador. Nada ha cambiado demasiado, y los tesoros siguen siendo tesoros, al fin y al cabo.

Aunque no llegue al nivel de flexibilidad narrativa de Policía, adjetivo ni de Bucarest 12:08, en las que se acumulaban tiempos muertos o se cambiaba bruscamente de registro, en El tesoro Porumboiu sigue consolidando su universo, con esa rigurosa poesía de la mundanidad y el tedio que se aleja del humanismo ingenuo del último Kaurismäki pero también de la insensatez despiadada de Lanthimos, por mencionar dos colegas de estilos emparentados. Corneliu encuentra su lugar en un punto medio. Lejos de provocar, pero también de generar suspiros de ternura, va más a la búsqueda de un realismo absurdista, en el que la ley, las relaciones económicas y la historia se muestran en su cotidianeidad más apagada, en su trabajo de oficina, luchando contra un word que se tilda y que no sabe bien cómo arreglar.

 

El tesoro

Comoara

De Corneliu Porumboiu

2015 / Rumania / 90’

Estreno: 24 de marzo (Zeta Films)