Bafici: Las elegidas del día

Una nueva y deportiva edición del Bafici sale a la cancha con veteranos como Jarmusch y Tsai Ming-liang, consolidados como Porumboiu, Gomes y Reichardt, y promesas del cine global como el taiwanés Thamrongrattanarit y la francesa Zlotowski. Algunos están en su mejor momento, otros andan con fatiga muscular (pero no pueden quedar afuera). A continuación, nuestra selección de una película (o dos) por cada día de Bafici.

JUEVES 10

VANGUARDIA Y GÉNERO

Journey to the West, de Tsai Ming-liang

Sopa de caracol

Compuesto por solo quince planos, el nuevo viaje al oeste de Tsai Ming-liang propone nuevas formas de mirar pero también agota paciencias.

Por Josefina García Pullés

Tsai Ming-liang vuelve, en estado puro, para mostrarnos el lentísimo recorrido de un monje budista por las calles de Marsella. Sí, es el mismo monje de Walker (parte de la película coral Beautiful 2012) y Walking on Water (segmento de Letters from the South, de 2013) y está encarnado, claro, por Lee Kang-sheng, permanente colaborador y actor fetiche de Tsai. Sin embargo, el monje esta vez tiene una sombra: un hombre claramente occidental decide seguirlo e imitar su paso caracol, copiar su particular ritmo y sus formas a lo largo de su traslado por esas calles francesas. Denis Lavant encarna a ese seguidor, que es lo más interesante de esta agotadora película bañada de metáforas con subrayado.

Como bien anuncia el título de este relato, la cuestión central de todo esto es que el tipo (el monje, pero también el otro) camina por las calles de Francia, y entonces, claro, contrasta de mil maneras con la gente que pasa por ahí: los transeúntes van a mil, aunque a veces frenan para mirarlo; también le sacan fotos como idiotas y hasta parece que intentan charlarle… Ellos lo miran, él no los mira. Ellos caminan, se esquivan, se chocan, se ríen. Ellos suben y bajan escaleras sin pensar, yendo y viniendo por cualquier hueco que abra el paso. En cambio, Tsai Ming-liang, cineasta de paso lento y tomas largas, nos regala un plano fijo de 14 minutos en el que vemos al monje bajar, meditando en cada uno, los escalones que conducen al subte. Y sí, como alguna vez dijo la crítica Stephanie Zacharek sobre este cineasta, desafía paciencias. Sobre todo porque venimos de la apertura, que consiste en un plano de casi siete minutos en el que solo vemos el rostro de un hombre que respira, como por deber, acostado en el suelo. Es Lavant, grandísimo, pero Lavant solamente respirando y casi sin pestañar.

Pero volvamos al monje, que se mueve, más lento que un caracol pero se mueve, y pone en cada paso una concentración imposible, otorgándoles a cada uno de sus movimientos una relevancia inconmensurable. De esa forma, y con esa metodología, el monje va pasando por distintos escenarios citadinos, por distintas ventanas de distintas casas de distintas personas que –mientras tanto– hacen su vida. Y entonces la película de a ratos se vuelve un entretenido ¿Dónde está Wally? que consiste en encontrar, en cada plano, dónde está el monje vestido de rojo. Una vez que vemos cuál es su rincón, volvemos a mirar todo aquello que lo rodea, volvemos a fijarnos en ese entorno que parece distinto cuando se tiene al monje como referente (el gran plano final, el mejor de los 56 minutos de película, viene a gritarnos eso). Ahí está Tsai Ming-liang, ejercitando las formas de mirar, nuestras formas de mirar. Y entonces, al budista pelado, lento y descalzo, empieza a seguirlo el hombre de campera de jean y zapatillas. Y toda esta película es una solemne gran metáfora de esa similitud y de esa diferencia.

JU 10, 22.50, V. Recoleta; DO 13, 13.40, A. Belgrano; DO 13, 18.30, A. Belgrano

 

VANGUARDIA Y GÉNERO

Redemption, de Miguel Gomes

Un viaje en Gomes

Con ánimo lúdico, sarcástico y agudamente reflexivo, el talentoso director de Tabú indaga, en menos de media hora, en las fibras íntimas de cuatro líderes políticos europeos.

Por Josefina García Pullés

Hace tiempo que el cine de Miguel Gomes tiene peso en el Bafici, y eso no fue diferente este año. Con Redemption el cineasta portugués sigue dejando marcas de su enorme talento, que reúne melancolía, ironía y sentido del humor en un cocktail de explosivos trazos cinéfilos que viajan desde Chris Marker hasta Vittorio De Sica.

El corto de Miguel Gomes habla del pasado y del presente, en ese ir y venir (sobre todo en el tiempo) que tanto le gusta al cineasta portugués que en Tabú dio una clase magistral sobre el paso ambulante entre distintos espacios y tiempos. Redemption se inspira en ese magnífico vagabundeo romántico y construye un documental que es mentira (algo que Gomes ya tocó muy de cerca en su largometraje Aquel querido mes de agosto), o que, bueno, es una mezcla entre documental y ficción compuesta por cartas supuestamente escritas por personalidades de la política europea actual. Las cartas son leídas en off por sus autores –personificados por las voces de Jaime Pereira, Donatello Brida, Jean-Pierre Rehm y Maren Ade– mientras una serie de imágenes ficcionales y documentales se suceden en la pantalla. Esas son imágenes de archivos que tocan desde películas caseras hasta el neorrealismo italiano (hay escenas de Milagro en Milán), y desde lo más íntimo de una boda hasta lo más multitudinario de un acto político.

Redemption se divide entre cuatro episodios que se corresponden con las cuatro cartas que se van leyendo y que, luego de algunas pistas, veremos que están firmadas por Pedro Passos Coelho, Silvio Berlusconi, Nicolás Sarkozy y Angela Merkel. Entonces, en esta película epistolar, Coelho niño habla de haber tenido que abandonar un revolucionario Mozambique para irse a Portugal; Berlusconi reflexiona sobre su enamoramiento con la hija de un fascista (Alessandra, la nieta de Mussolini), a quien le dirige esa carta; Sarkozy le escribe a su hija y se reprocha por no haber sido un padre más real; Merkel recuerda su boda, su felicidad, su militancia. Entonces todo va y viene (de nuevo, viaja), de lo público a lo privado y de lo privado a lo público, y todo va y viene también desde allí hacia lo político. En ninguna de las cuatro cartas sus autores dejan de mostrar alguna debilidad (Berlusconi le pregunta a Alessandra si votó por él, por ejemplo). Y ahí es donde el director combina datos de la vida privada de estos políticos (como las relaciones que se sabe que tienen o han tenido) e ironiza poniéndolos en un contexto que podría haber sido real pero que, planteado como en estas cartas, resulta desopilante. Todo eso es Gomes en estado puro, y es su cine saliéndonos hasta por la nariz. Y todo eso es una muestra de una extrema intensidad reflexiva, y de una sensibilidad que rebasa cada poro de esta película que resulta romántica y melancólica, irónica y sarcástica, graciosa y deprimente a la vez.

“Hay un lugar en la mente de las personas que combina la realidad y lo imaginario cuando la imaginería es utilizada de forma lúdica”, dijo el director luego de la proyección de este cortometraje en el Festival de Venecia. Redemption ocupa ese lugar porque Gomes nunca deja de jugar, ni acá ni en una pizca de todo su cine, que es cada vez más grande.

 

JU 10, 22.50, V. Recoleta; DO 13, 13.40, A. Belgrano; DO 13, 18.30, A. Belgrano

 

MARTES 8

VANGUARDIA Y GÉNERO

The Sacrament, de Ti West

El corazón de las tinieblas

Ti West realiza una nueva apuesta por mantener al cine de terror con vida.

Por Marcelo Alderete

Ti West es una de las grandes esperanzas del cine de terror. Basta recorrer su filmografía para dar cuenta de esto. Desde su debut con The Roost (2005), verdadera muestra de cine grindcore, seguida por la extraña y paranoica Trigger Man (2007), pasando por la maravillosa muestra de horror inspirada en el cine de los setenta (algún crítico habló de slow-horror) que es The House of the Devil (2009), hasta la relectura del típico cuento de fantasmas en The Inkeepers (2011), su carrera parece un recorrido por la historia del género y un ejemplo de cómo todavía se puede volver sobre él y crear obras originales. En el medio, también hay que decirlo, está una muy fallida segunda parte de Cabin Fever (2009), saboteada por problemas de producción y esas cosas que suelen ocurrir, y algunos cortometrajes, entre ellos, uno para la tan despareja como desquiciada The ABCs of Death (2012) y otro para la primera entrega de Las crónicas del miedo / VHS (2012).

Pero Ti West no está solo en esta cruzada por mantener al cine de terror –valga la paradoja– con vida. West forma parte de un grupo de amigos y colegas dentro del cual podríamos nombrar a los directores y guionistas Adam Wingard (A Horrible Way to Die, You’re Next) y Glenn McQuaid (I Sell the Dead); al guionista Simon Barrett; a los actores Joe Swanberg (sí, en su faceta actoral), A. J. Bowen, Kate Lyn Sheil y Amy Seimetz; y al productor Peter Phok, entre varios otros. Todos estos directores, guionistas, actores y productores forman una especie de comunidad informal en la que cada uno de ellos suele colaborar en la película del otro. Establecer las conexiones y relaciones entre todos estos nombres y las películas en las que participan daría como resultado un posible mapa, de los tantos que conforman el cine independiente norteamericano actual.

The Sacramentrecurre al falso documental para contar la historia de un grupo de periodistas de la revista Vice, quienes viajan a un país latinoamericano para realizar un documental en busca de los secretos de una secta, comandada por un particular patriarca que se hace llamar “The Father”, y a la cual pertenece la hermana de uno de los protagonistas. Las cosas, ya lo sabemos, no serán lo que parecen, y las ondas de amor y paz se transformarán en algo oscuro y perturbador. Basándose muy libremente en la historia de Jim Jones y la masacre de Guyana, West vuelve a demostrar su sabiduría y paciencia a la hora de contar y desarrollar una historia, aunque esta vez, quizás por la forma elegida, quizás por ciertos recursos narrativos ya demasiado vistos o predecibles, la película termina, si no desilusionando, al menos dejándonos con la idea de que pudo habernos llevado un poco más al corazón de las tinieblas.

 

La película compite en la sección Género y Vanguardia, competencia sobre la cual escribimos el año pasado, cuando la que resultó ganadora fue Arraianos (notable película del gallego Eloy Enciso), representante del sector Vanguardia. Si bien ya sabemos lo que suele ocurrir con el terror (y, de paso, también con la comedia) en los festivales a la hora de repartir sus palmarés, esperemos que, al menos por esta vez, los premios vayan para el lado del género. Desde acá, al igual que las víctimas de The Sacrament, lo último que perdemos es la fe, aunque estemos equivocados.

MA 8, 23.30, V. Recoleta; VI 11, 20.50, V. Caballito; DO 13, 01.00, V. Caballito

 

LUNES 7

PANORAMA

Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch

Vampiros anémicos

Con exceso de labia pero sin sangre, un Jarmusch embriagado de nostalgia ensaya su gesta contravampírica y existencial.

Por Eduardo E. Benítez

Un rasgo persistente atraviesa toda la obra de Jim Jarmusch, el adalid del cine independiente americano. Desde su experimental Permanent Vacation (1980), su universo temático siempre estuvo plagado de outsiders: personajes entregados al abandono y la desesperanza (Bajo el peso de la leyExtraños en el paraíso), solitarios empedernidos (el Bill Murray de Flores rotas, el Johnny Depp de Dead Man), misteriosos y circunspectos criminales (El camino del samuraiLos límites del control). Su último opus, Only Lovers Left Alive, sigue ese camino en el que sus héroes contradicen o se apartan de la norma. En este caso, construye un relato fantástico en el que dos vampiros sumidos en una extrema vacuidad existencial disertan, reflexionan, observan las pervertidas formas de vida contemporáneas. El contexto es postapocalíptico, y nuestra pareja de criaturas inmortales se encuentra entregada a un decadentismo cool, un afán por lo demodé (que va tiñendo las líneas de diálogo de una altanería un poco cansina), a partir del cual la película construye una mirada un tanto reaccionaria, que coquetea con un derrotismo nostálgico en clave “todo tiempo pasado fue mejor”. A diferencia de su película anterior, Los límites del control, una de suspenso basada casi en la ausencia de palabras, en Only Lovers Left Alive la tensión narrativa se apoya en la verborragia. Los personajes (inspirados en Adán –vampiro melómano que vive en la ciudad de Detroit, interpretado por Tom Hiddleston–y Eva –vampiresa hippie que vive en Tánger, encarnada por Tilda Swinton–) exhiben su erudición de seres perennes, dialogan constantemente evocando un universo referencial culturoso y plagado de citas musicales, literarias, filosóficas. Jarmusch decide filmar a sus extraños en el paraíso derruido de su propio presente, en una suerte de gesta contravampírica en la que las particularidades de la clásica película chupasangre han sido arrasadas. Aquí no hay que buscar el flirteo usual con el erotismo, o un derroche de vísceras y sangre; porque Adán y Eva son demasiado racionales y castos (se alimentan de sangre comprada de contrabando) como para reafirmar el clasicismo del género de vampiros. El propio director declaró en algún momento su intención por flanquear las reglas genéricas: “Lo que he intentado hacer con esta película es huir de la claustrofobia que suele estar presente en la mayoría de las historias de vampiros. Los vampiros más clásicos habitualmente viven confinados en lugares reducidos, duermen en ataúdes, no pueden exponerse a la luz del sol. Todo eso está muy bien cuando intentás generar terror, pero yo no buscaba hacer eso. Yo he intentado que mis personajes fueran más abiertos en general, a la cultura, a las ideas, a todo lo que los rodea”. Tal vez con la aparición del personaje de Mia Wasikowska las acciones parecieran desarrollarse con más soltura, porque le aportan a la película una cuota de frenesí, una imprudencia necesaria y un apasionamiento vampírico que parece faltarle a la historia en el resto del metraje. El minimalismo de Jarmusch llega conOnly Lovers Left Alive a un registro autocelebratorio que confina al relato a un profundo desaliento. Como si el director de Flores rotas se hubiera embriagado en su propia mirada… triste y melancólica.

LU 7, 17.55, V. Caballito; MA 8, 22.50, V. Caballito; DO 13, 23.00, V. Recoleta

 

COMPETENCIA INTERNACIONAL

Grand Central, de Rebecca Zlotowski

Melodrama radioactivo

El cine social de los Dardenne con el agregado de sexo, llantos y un triángulo amoroso memorable da como resultado Grand Central, una de las películas más potentes de esta edición.

Por Luciana Calcagno

Grand Central es una de esas películas que permanecen en la memoria hasta mucho tiempo después de que terminan. Y en un Bafici, con la cantidad bestial de películas que podemos ver, eso es mucho decir. La historia es sencilla: Gary (Tahar Rahim, Un profeta) es un joven de escasa formación que consigue trabajo en una central nuclear y se enamora de Karole (Léa Seydoux), la futura esposa de Toni (Denis Menochet, el granjero de la primera escena de Bastardos sin gloria, en la que interpretaba, casualmente, al padre de Seydoux), uno de sus supervisores.

Como una mezcla entre el melodrama hollywoodense y un retrato de las precarias (extremas, peligrosas e infelices) condiciones laborales a las que se ven sometidos los trabajadores de la central, el film de Zlotowski es un cóctel radioactivo que funciona a la perfección. Sorprende que esta sea apenas la segunda película de la directora, que tiene tanto pulso para las escenas de mayor tensión (el riesgo dentro de la rutina laboral es tal que solo estamos esperando el próximo accidente) como para la dirección de actores: desde Olivier Gourmet hasta la hermosa Seydoux, pasando por Nahuel Pérez Biscayart, todos están a tono con el verosímil que propone el film. En otras palabras, es como si a una de los hermanos Dardenne (ya dijimos que actúa Olivier Gourmet, ¿no?) le agregaran escenas de sexo, llanto y triángulos amorosos, y el resultado no solo no fuera hilarante sino también (muy) satisfactorio.

El contraste entre el mundo del trabajo y las situaciones de intimidad está también plasmado en la imagen: la fría y límpida paleta de colores de la planta nuclear se opone al amarillo y verde intenso de los bosques donde Karole y Gary tienen sus encuentros amorosos. Lo mismo pasa con la música: es tensa, grave, estridente para las escenas laborales y dulce (casi melosa, es cierto) para las otras.

No sabemos si la estrenarán (esperemos que sí) pero por las dudas no dejen pasar la oportunidad de verla en pantalla grande.

LU 7, 20.10, V. Recoleta; MI 9, 17.50, A. Belgrano; JU 10, 23.10, A. Belgrano

 

DOMINGO 6

VANGUARDIA Y GÉNERO

Upstream Color, de Shane Carruth 

Dejarse llevar

Además de ser atípico y notable, Upstream Color, el segundo largometraje de Shane Carruth, deviene en una experiencia desconcertante y a la vez fascinante para el espectador.

Por Griselda Soriano

Upstream Color aúna género y experimentación narrativa de un modo muy poco habitual. De ahí lo acertadísimo de su inclusión en la competencia Vanguardia y Género: no es nada fácil encontrar películas en las que ambas cosas vayan de la mano.

Si lo desnudáramos hasta llegar a una sinopsis, este relato de experimentos, parásitos, pseudohipnosis, subjetividades usurpadas, memorias compartidas a la fuerza y una vuelta de tuerca sórdida y material al problema de la predestinación y el libre albedrío podría convertirse en la base de un film clase Z, o, quizás, de una vieja película de David Cronenberg. Pero Shane Carruth elige un camino poco transitado para una historia de esas características, desarticula la narrativa clásica y ofrece una película desafiante y enigmática, que exige una participación atenta y deja a sus espectadores sacudidos y llenos de preguntas.

Y es así que lo más fascinante de Upstream Color es el modo en que descompone y recompone el mundo a través del cine. La película trabaja hasta la obsesión con el fragmento y el detalle, construyendo a partir del montaje –visual y sonoro– un relato que, en el fondo, no deja de ser lineal, de contar una historia, pero lo hace de modo tal que obliga al espectador a relacionarse con él desde otro lugar, un lugar menos racional (aunque sea perfectamente racionalizable a posteriori, o casi) y más ligado a lo sensorial: Upstream Color es una película sinestésica. Lo cual es coherente, por otro lado, con unos personajes que han perdido todo punto de referencia en lo que respecta a la construcción de sus identidades: perdidos como están en una cotidianeidad enrarecida, sin un pasado sólido al cual aferrarse, los protagonistas van a tientas en un mundo de estímulos y señales confusas, y así los acompañamos. La experiencia es fuerte y desconcertante a la vez, y es probable que moleste a aquellos que necesitan sentirse firmemente orientados en medio de una historia. Pero Upstream Color tampoco es de esas películas que proponen una narrativa de datos ínfimos y vueltas de tuerca constantes, que invitan a una serie de visionados sucesivos para desentrañar el misterio. Aquí la propuesta parece apostar por otra cosa: el desafío no es cuánto podemos llegar a comprender de lo que vemos, sino más bien cuán dispuestos estamos a dejarnos llevar.

DO 6, 23.40, V. Recoleta; MA 8, 21.55, V. Recoleta; SA 12, 21.05, V. Recoleta 5

 

SÁBADO 5

PANORAMA

Night Moves, de Kelly Reichardt

Todos tenemos un plan (pequeño)

Kelly Reichardt sigue el día a día de tres ecoterroristas en Night Moves, la que parece ser su película más mainstream a la fecha.

Por Diego Maté

Después de la proyección de un oscuro documental sobre desastres naturales y la responsabilidad de las grandes corporaciones, la directora toma el micrófono y explica a su auditorio, compuesto mayormente por jóvenes ambientalistas, que ella no es partidaria de un “gran plan” para revertir el deterioro ecológico, sino que cree en “planes pequeños, un montón de planes pequeños”. Ese bien podría ser el programa de Kelly Reichardt y de su cine siempre elaborado alrededor de actos minúsculos, de gestos cotidianos fugaces, de las cosas simples de todos los días que tantas otras películas parecieran haber olvidado. Una directora que dice creer en “un montón de planes pequeños”; esa escena puede leerse en clave autorreferencial, como si fuera Reichardt la que nos explica el propósito de sus películas. Dentro del público se encuentran Josh (Jesse Eisenberg) y Dena (Dakota Fanning), dos activistas de orígenes sociales distintos que, junto a Harmon (Peter Sarsgaard), habrán de diseñar y ejecutar un plan para hacer explotar una represa del sur de Oregón. Pero Night Moves no es una película sobre una gran causa: aquí no hay espacio para monólogos encendidos sobre la crisis ecológica básicamente porque, como ocurría en Wendy & Lucy o en Meek’s Cutoff, el mundo físico se impone con su lógica infranqueable, de manera tal que a los protagonistas no les queda otra opción que negociar siempre en desventaja con la realidad. El relato dedica una buena cantidad de tiempo a contar los preparativos previos al atentado, como la adquisición de una lancha usada o la compra (demorada por un trámite que pide un enorme local estilo Walmart) de un fertilizante necesario para la fabricación casera del explosivo. A su vez, las relaciones que entabla el trío se encuentran lejos de las emociones exacerbadas del cine mainstream: nada de grandes pasiones amorosas, rencores o lecciones de moral; solo queda a la vista la erosión lenta y constante que implica cualquier clase de convivencia humana en condiciones materiales precarias. Ese desgaste, mudo y devastador a la vez, es el corazón del cine de Kelly Reichardt que Night Moves viene a actualizar bajo la forma de un thriller silencioso y nocturno.

SA 5, 21.00, A. Belgrano; DO 6, 13.50, A. Belgrano; DO 6, 22.25, A. Belgrano

 

VIERNES 4

COMPETENCIA INTERNACIONAL

Mary Is Happy, Mary Is Happy, de Nawapol Thamrongrattanarit

Cine en 140 caracteres

Desde Tailandia llega esta alocada e ingeniosa película, tal vez la primera combinación exitosa entre un arte y una red social. Otro punto fuerte de la Competencia Internacional.

Por Juan Pablo Álvarez

No iba a pasar mucho tiempo hasta que Twitter sirviese como eje formal para una película, pero afortunadamente la primera (o una de las primeras, al menos) es esta muy buena de Nawapol Thamrongrattanarit, basada en 410 tuits consecutivos de una adolescente tailandesa anónima. Lo que surge del encuentro entre la narración tuitera y la cinematográfica es tan apasionante como desconcertante, y tiene la forma de un recorrido fragmentado, anárquico y siempre absurdo, en el que queda presa su protagonista, Mary, una chica sin mayores problemas, un poco slacker y un poco hipster.

Los tuits que ordenan la narración no tienen mucho de particular. Son los tuits que se pueden encontrar en el timeline de cualquier chica globalizada con ciertos aires de soñadora: contundentes conclusiones crípticas sobre el amor y la amistad, breves descripciones sin contextualizar, deseos repentinos e imprevisibles, reflexiones sobre el mundo, relatos de mucho menos de 140 caracteres. Los tuits ordenan la narración con su estilo deshilvanado y errático, mientras que Mary por momentos se entrega a esta locura que rige su vida, pero por otros resiste, al mismo tiempo que otras luchas la sobrevuelan y determinan: la de Twitter por imponer su dinámica, y la del cine por contraatacar y apropiarse de sus mensajes, deformándolos y liberándolos hacia el caos. Seguramente su estructura alocada y su absurdidad traigan a la mente del cinéfilo películas como Sedmikrásky, deVěra Chytilová, Céline et Julie vont en bateau, de Jacques Rivette, y, ¿por qué no?, las más recientes obras de Katsuhito Ishii, el maestro japonés del sinsentido y la asociación libre. De cualquier manera, Mary Is Happy, Mary Is Happy es sin dudas una película para ver, pero sobre todo para favear.

VI 4, 22.05, V. Recoleta 6; SA 5, 14.25, V. Recoleta 6, DO 13, 20.00, V. Caballito 7

 

JUEVES 3

COMPETENCIA INTERNACIONAL

20,000 Days on Earth, de Iain Forsyth y Jane Pollard.

¿Puedes sentir mi corazón latir?

Nick Cave se luce como protagonista y coguionista de la elegante y emotiva 20,000 Days on Earth, una de las candidatas a llevarse el máximo premio de la Competencia Internacional del Bafici.

Por Esteban Sahores

“And some people
say it's just rock'n roll
oh, but it gets you
right down to your soul”

("Push the Sky Away", Nick Cave)

Un Nick Cave aparentemente desnudo, desperezándose en su cama, instantes antes de abrir sus ojos y de interpelarnos por primera vez en la película con esa mirada filosa de animal agazapado en la oscuridad que porta, nos da la bienvenida. A su lado está Susie, su mujer, pero la cámara la esquiva. Solo vemos su larga figura recortada sobre el blanco radiante de unas sábanas que iluminan sus anillos y cadenas de oro tanto como la sala en la que nosotros, privilegiados espectadores, empezamos a hipnotizarnos con esta película coescrita (y protagonizada) por el propio Cave.

Es, nos dice el australiano, el comienzo de su día número 20.000 habitando esta tierra. Y es solo el primero de uno de tantos otros actos de intimidad que Cave y la película tendrán la generosidad de mostrarnos a lo largo de unos luminosos 95 minutos. Juntar dos opuestos, enfrentarlos y ver qué pasa (“encerrar en un cuarto a un niño y a un psicópata mongol”) es, según nos explica en un tramo, el modo en que van surgiendo sus canciones y escritos. Y también parece ser lo que intenta hacer esta película con su milagrosamente imprevisible y perfectamente fluido montaje. Porque luego lo veremos a Cave comiendo pizza junto a su hijos mellizos mientras los tres ven Scarface, pero también contestando preguntas de un periodista/analista que apuntan directamente sobre sus miedos, su infancia, el paso del tiempo, su relación con su padre (y su lectura en voz alta del comienzo de Lolita, que lo marcó para siempre), sus motores creativos, sus parejas (no todas: a PJ Harvey ni se la menciona) o sus años de entrega a la heroína y a la religión (curas y dealers: a ambos, cuenta con mucha gracia, les estrechaba periódicamente las manos con segundos de diferencia).  No hay ningún plano de la película que sobre: todo es goce para el espectador, presumimos que se trate de fans de Cave o no. Cuando él almuerza distendidamente junto a su ladero Warren Ellis mientras cuentan anécdotas sobre Nina Simone, cuando supervisa la grabación de un coro de niños para una de las canciones de su último disco, o cuando sale a manejar por las calles de su adoptiva y siempre lluviosa Brighton, sea junto su ex Kylie Minogue o junto a un ex músico que abandonó la banda, trayendo el pasado para iluminar y dar sentido al presente; nada es banal, pero tampoco nada es solemne, y todo parece volverse trascendente bajo los ojos de este artista y de esta película.

Entre sus tantas escenas memorables, hay una en la que la cantante pop que le dio su gran espaldarazo comercial (con “Where the Wild Roses Grow”) le describe qué sintió cuando lo vio por primera vez moviéndose en un escenario, como “un árbol alto que era sacudido por una tormenta”. La imagen es poderosa, aunque no sepamos bien por qué. Algo parecido nos pasa con sus letras, de las que, como bien sugiere Cave en esta película, no le interesa ponerse a explicar sus sentidos, sino que más bien recomienda dejarse entregar al misterio que esconden. Porque el sentido no está en la superficie de las palabras, sino que aparece únicamente, como dice él (palabras más, palabras menos), “cuando un monstruo cargado de conocimiento emerge de las aguas profundas para iluminar por unos instantes e, inmediatamente, volver a desaparecer”. He allí el propósito (y el logro) declarado de un artista dotado del talento y la sensibilidad de Cave: que, de tanto en tanto, una canción, un estribillo, un alarido escupido al viento o un plano de una película como esta nos aporten un poco de luz.

20.000 Days on Earth retrata a un hombre que lleva años en las rutas, que ha atravesado y que ha hecho las paces con todo tipo de tormentas, y que a los 57 años parece haber encontrado una suerte de equilibrio (aunque siempre precario), de estado de gracia, y que tiene el don de ofrendárnoslo. “You grow old, and you grow cold”, canta en un tramo de su último disco, y no podemos menos que desconfiar de que esas palabras estén siendo dirigidas a él mismo.

Hay un plano al final, cursi en cualquier otra película menos en esta, en el que un Cave agachado sobre el escenario repite el estribillo que reza “¿Puedes sentir latir mi corazón”?, mientras una fan llora a la vez que prácticamente introduce su cabeza entre sus piernas para, finalmente, apoyar su cabeza sobre el corazón del músico. Todo el público que se ve en ese plano está en éxtasis, viviendo una suerte de limbo emocional. Nosotros, de este lado de la pantalla y a esta altura de esta gigante película, también. En esa generosidad reside parte de su encanto (el de Cave y el de la película): mirarnos a los ojos, abrir su corazón y, en ese trayecto, como quien no busca la cosa, abrir, transformar y hacer vibrar el nuestro.

JU 3, 22.50, V. Recoleta 6; VI 4, 14.35, V. Recoleta 6, MA 8, 20.40, V. Caballito 7

 

VANGUARDIA Y GÉNERO + SELECCIÓN OFICIAL FUERA DE COMPETENCIA

La última película, de Raya Martin y Mark Peranson +Double Play: James Benning and Richard Linklater, de Gabe Klinger

Los últimos críticos

Dos críticos deciden pasarse al otro lado de la pantalla y ponerse del lado de los criticados con dos películas. Una de ellas, entre muchas cosas, se pregunta qué es y qué será del cine. La otra retrata las andanzas de dos de los realizadores más personales del cine norteamericano.

Por Marcelo Alderete

Mark Peranson y Gabe Klinger son críticos de cine que pertenecen a una élite. Peranson es el editor de la revista Cinemascope, y trabaja como programador para el festival de Locarno. Klinger, quien supo ser el crítico más joven del mundillo festivalero, es también programador (colaboró previamente con el Bafici, y en un reportaje cuenta que su primer encuentro con Benning fue, justamente, en el festival porteño), colabora en varios medios y, recientemente, fue editor de un maravilloso libro sobre la obra de Joe Dante. El libro en cuestión se llama Joe Dante, fue editado en colaboración con Nil Baskar y publicado por la prestigiosa colección del Filmmuseum de Viena. Ambos críticos, desde sus diferentes tareas, marcan –y delimitan– qué es lo que tiene valor en el cine actual. En síntesis: son cinéfilos y críticos implacables que ocupan un lugar de privilegio. Entonces, ¿por qué deciden pasarse al otro lado de la cámara y ponerse del lado de los criticados? ¿Será cierto, después de todo, aquello de los cineastas frustrados?

En el caso de Peranson, se trata de su segunda película y la primera que realiza en colaboración con otro director (Raya Martin, nombre clave de lo que podríamos llamar cierto cine moderno), luego del documental en el que registraba un particular backstage de El cant dels ocells(El canto de los pájaros ), de Albert Serra, llamado Waiting for Sancho. Peranson actúa en Elcant…, y también se lo puede ver haciendo de sí mismo en Les Coquillettes, otra ficción con recursos tomados del documental. La última película (así, en castellano) también es, de alguna manera, el registro de un rodaje. Entre muchas otras cosas. Esas muchas otras cosas son: un homenaje a Dennis Hopper y a su película The Last Movie (uno de los títulos más malditos de la historia del cine), una remake del documental The American Dreamer (realizado por L.M. Kit Carson y Lawrence Schiller, mientras Hopper editaba The Last Movie) y un recuento de vicios y taras a los que el cine moderno nos tiene acostumbrados. Y también es, a pesar de que suene extraño, una película muy divertida que se pregunta, desde su misma forma y registros, qué será del cine. (En el press kit se nombran los siguientes formatos/cámaras utilizadas: iPhone, HD, DSLR, GoPro, Super 8, 16 mm y el hermoso capricho de terminar –al menos una copia– en 35 mm; en el Bafici la película fue proyectada en DCP). La historia que (no del todo) cuenta el film es la de un director norteamericano interpretado por Alex Ross Perry, quien también es realizador– (un chisme asegura que nuestro Lisandro Alonso fue tentado con este papel). El personaje recorre México en busca de locaciones junto a su ladero, el actor Gabino Rodríguez (protagonista de varias películas de Nicolás Pereda); ambos filman con enloquecidas puestas en escena y deliran sobre el estado del cine y su futuro o (probable) muerte, mientras el apocalipsis maya se cierne sobre el mundo.

La película también funciona como una especie de catálogo de lugares comunes a los que nos tiene acostumbrados el cine moderno o (perdón por usar esta horrible expresión) el cine festivalero. Pero lo hace con una amorosa ironía por momentos y, por otros, con una actitud un tanto sobradora que le resta méritos a una película que más se acerca al cine cuando menos en serio se lo toma.

Double Play: James Benning and Richard Linklateres un documental realizado para la mítica serie Cinéastes de notre temps, comandada por André S. Labarthe, y es tan directo como su título (aunque ese título también podría referirse a la doble condición de Klinger de cineasta y crítico). Al contrario de lo que indica el catálogo del festival, los puntos en común entre Benning y Linklater son varios: ambos son realizadores solitarios (uno dentro de la industria y el otro sin necesidad de una industria); son metódicos con sus trabajos y consecuentes con sus obsesiones; el tema de los dos (si es que existe algo así) es el paso del tiempo, sobre los paisajes en uno, sobre las personas en el otro; y también los dos son directores profundamente norteamericanos (aunque este punto es demasiado extenso como para poder desarrollarlo en este breve texto).

A partir del encuentro entre estos dos cineastas, a raíz de la exhibición de las películas de Benning en el Austin Film Society, Klinger se dedica a seguirlos y registrar las conversaciones entre ellos. La forma que elige el director para hacer esto es tan cercana como respetuosa, y su presencia –se agradece– es casi invisible y deudora del trabajo realizado por Pedro Costa sobre esa otra pareja, Straub y Huillet, en el documental Où gît votre sourire enfoui?. Linklater y Benning conversan sobre cine (obviamente) y sobre béisbol (también lo juegan, en una brillante escena en la cual Benning se da un tremendo porrazo contra el piso), visitan la sala de edición donde la montajista Sandra Adair está trabajando sobreBoyhood, la por ahora última película de Linklater (que le llevó doce años de realización), y así transcurre el documental, como si se tratara de una apacible tarde en la que uno se pasea escuchando a dos amigos. Que esos amigos sean dos de los más notables y personales realizadores del cine norteamericano es otro de los méritos (y aciertos) de la película y de su realizador. 

La última película: JU 3, 19:30, Village Recoleta; VI 4, 16:15, Village Recoleta; LU 7, 18:20, Arte Multiplex Belgrano

Double Play: James Benning and Richard Linklater:DO 6, 23:45, Village Recoleta; MI 9, 13:10, Village Recoleta; SA 12, 22:15, Village Recoleta