Bajo el rayo del sol, yo no era así

Atlántida es una película fresca, alegre, fulgurosa, que a la vez contiene, sin forzarlos, los temas opresivos de películas con adolescentes en pueblos chicos. Hablamos con Inés Barrionuevo sobre las óperas primas y los modismos de un viejo Nuevo Cine Argentino, y sobre por qué lo autoral debería ser una marca personal más que una marca registrada.

En Atlántida, dos hermanas adolescentes intentan combatir el tedio de un día en su pueblo del sur cordobés, esperando el regreso de sus padres de un velatorio. La mayor (Lucía) saca al perro a pasear en la chata mientras la menor (Elena) lleva un verano horroroso enyesada en la pieza, y decide salir a pasar la tarde con Ignacio, el médico del pueblo. La jornada se organiza alrededor de una feria de apicultores en la que Andrés trabaja con las colmenas, y donde Lucía se encontrará con una amiga de Elena. El día termina siendo trascendental para todos, especialmente los más jóvenes, que comenzarán a atravesar las experiencias que uno no identifica pero sabe que necesita imperiosamente a esa edad.

La película, por su parte, ya tuvo un recorrido considerable por festivales como la Berlinale, Toulouse y el Bafici, y llega lo suficientemente madura para ser estrenada en Córdoba Capital, la ciudad natal de su directora Inés Barrionuevo (en la misma provincia ya pasó por Cosquín y Almafuerte). Después de una larga jornada de trabajo –está dirigiendo un proyecto documental para la televisión digital, mientras escribe su segundo largometraje–, Barrionuevo se dispuso a charlar sobre la adolescencia, el aburrimiento, la gente en los pueblos chicos y la razón por la cual no hay que quemar etapas, tanto en la adolescencia como en el cine.

 

Me gustaría que arrancaras por el proceso de la virtud más notoria de la película, que es el trabajo con los chicos.

Junto a Soledad San Martín, la directora de casting, ya habíamos decidido que los personajes de las dos hermanas fueran para Florencia Decall –que ya tiene alguna experiencia en cine acá en Córdoba– y Melisa Romero, que hizo su primer trabajo en Atlántida. Los otros personajes no estaban definidos, y por eso hicimos un casting muy abierto; buscamos gente en el pueblo y en la ciudad donde filmamos (el chico que hace de apicultor es del pueblo y jamás había actuado). Soledad me ayudó también con la dirección de actores; fue un trabajo muy exhaustivo y de muchos meses. Sabíamos que estábamos frente a un desafío muy grande, pero trabajar con gente que tiene poca o nula experiencia en actuación es a la vez muy gratificante, porque es muy lúdico y no hay tantas reglas o consideraciones sobre cómo debe encararse un papel. Por eso me sorprendió y me pareció grato el trabajo con los chicos.

 

Teniendo en cuenta que los actores tienen la edad de los personajes que representaron, ¿la delineación de esos personajes fue conjunta o todo vino desde tu guion?

Este guion lo vine trabajando desde hace mucho tiempo, por lo que en todo lo relativo a los diálogos y las escenas yo tenía bastante pensado lo que quería hacer, y eso se siguió fielmente. En cuanto a los personajes, trabajamos mucho sobre los vínculos, y eso sí se fue dando más libremente. Por ejemplo, las tres chicas –Decall, Romero y Sol Zavala– fueron un mes antes al lugar donde filmamos, y mientras nosotros hacíamos la preproducción las dejamos que estuvieran ahí para que pasearan, fueran a la heladería, etcétera. La idea era tratar de construir ese vínculo de forma más libre. De hecho, yo no sé ni qué hacían, porque se iban las tres caminando, pero venían con un ritmo citadino que a mí me parecía que estaba bueno sacar, o incluso apaciguar un poco (la ciudad te hace hasta caminar diferente). Entonces fueron a vincularse con el entorno, estuvieron parando un mes en el hotel donde paramos durante la filmación, y eso sirvió muchísimo.

 

Creo que la historia, por estar ambientada en un pueblo en los ochenta, tiene ciertos detalles que llevan con fuerza a que las chicas salgan de sus casas para realizar sus búsquedas personales y satisfacer sus deseos. El yeso de Elena, los cortes de luz o el aburrimiento de tener que estudiar en verano, ¿los planteaste como para catalizar las ganas de las chicas de encontrarse a sí mismas?

Sí. Más allá de ese contexto de verano, calor y sopor que nombrás, yo siempre imaginé una película en movimiento. No soy quién para ponerme a analizar mi película, pero creo que habla de personajes en movimiento, aunque estén en esa quietud, y me parecía bueno que fueran adolescentes que están en una búsqueda. Eso me llevó a tomar una decisión formal de cámara, también. Por momentos me la imaginaba como una película de aventuras; yo trabajé desde ese lugar.

 

Por eso, justamente creo que ese movimiento está provocado por el sopor del verano en un pueblo que, entre el calor, estar encerrado en una casa…

¡Un bajón!

 

Todo eso termina intensificando la búsqueda de las chicas por salir, y eventualmente descubrir cosas nuevas. Creo que están en movimiento también porque no les queda otra.

Claro. Sí, no les queda otra.

 

Una presencia bastante fuerte que noté es la de la muerte. Está instalada en varias charlas que tienen las chicas, así como en el momento en que Elena acompaña al médico del pueblo a atender al hombre moribundo. ¿Lo pensaste para enfrentar a las chicas con ese miedo, y para que también las impulsara a salir?

Uno cuando es adolescente fantasea mucho con la muerte; es una idea que ronda mucho en la cabeza, como también en la música oscura que se escucha. Pero la adolescencia también es uno de los momentos en los que más movimiento y vida hay, y en el que se van construyendo un montón de cosas de las que uno no tiene conciencia. Entonces me parecía bueno hacer esa contraposición, como si dijeran: “Acá estamos nosotras, hablamos de este tema, pero los que se mueren son los otros; nosotras estamos viviendo más que nunca, a más no poder” (risas).

 

Ese contraste también puede encontrarse en las ganas y la curiosidad de las chicas por dejar el pueblo: una hermana quiere estudiar en Buenos Aires, la otra le pregunta al doctor qué lo hizo volver, o coquetea con un camionero. Sé que tu experiencia personal en el pueblo fue cuando estabas de vacaciones, pero existe cierta noción de la muerte en ese lugar y la intención de salir a explorar.

Córdoba es una ciudad muy estudiantil y, más allá de que pasé veranos en lugares así, yo conocí mucha gente que se vino a vivir acá para estudiar. La gente que viene de lugares chicos es muy especial, y la adolescencia se vive de una manera muy particular en estos lugares. Son lugares en los que se mira mucho a los otros –porque, obviamente, cuanto más chico es el lugar, menos anónimo se es–, y la libertad para vivir ciertas cosas se consigue lejos de la gente y de esas miradas.

 

En una entrevista, el crítico Roger Koza señaló que lograste atravesar el costumbrismo con la película. ¿Fuiste consciente del equilibrio entre el tema universal del crecimiento y la adolescencia con ese elemento costumbrista? ¿Debiste modificarlo sobre la marcha cuando la película estuvo a consideración de distintos productores?

Una vez una productora me dijo: “Mientras más local, más universal”. No sé si yo quería conscientemente hacer una película que tuviera cierto costumbrismo, sino que quería hacer algo más naturalista, que tuviera que ver con la forma en que quería contar lo que sucedía. Me pasó de ver cierto cine de los noventa, muy citadino, en el que los personajes no hablan, y cuando veía todas esas películas adolescentes decía: “¡Pero yo no era así!”. Yo no estaba muda, bajo el rayo del sol yo no era así. El adolescente estaba representado en ciertas películas del Nuevo Cine Argentino por personajes que no hablaban, no decían nada, en planos eternos… Y yo tenía ganas de contar otra cosa, que tenía que ver con una realidad que yo había vivido, o con cómo pensaba que era la adolescencia. Es una visión melancólica, también, porque es una visión de mi adolescencia. Por eso está puesta en otra época, porque yo tampoco sé cómo son ahora los adolescentes.

 

Me gustó algo que trajiste a colación sobre la forma en que el Nuevo Cine Argentino retrataba esa etapa, más teniendo en cuenta que tu película tuvo producción internacional, porque creo que lograste esquivar una mirada exótica que abunda en mucho cine que pasa por festivales.

Para mí la clave está en la sinceridad, tratar de contar algo sin someterse a fórmulas, que no sé cuáles son. Yo sí he visto películas formateadas, un formateo que tiene que ver con fondos, festivales, residencias y cosas que van llevando a la película hacia un lugar. Es una cuestión personal; yo tuve un coproductor francés que jamás me dijo qué tenía que hacer o cómo tenía que hacerlo, de qué manera tenía que mostrar, o si tenía que haber elementos exóticos. La clave es ser sincero y no contaminarse con este tipo de cosas, que por ahí para un director que recién empieza es muy seductor. Uno sabe cuáles son las tendencias, qué funciona y qué les gusta a los críticos, pero bueno, hacer eso es otra cosa. Yo pensaba en las óperas primas: hay una visión muy grandilocuente de lo que deben ser que es muy propia de esta época; se hacen obras que parecen terceras o cuartas películas, y eso es peligroso porque se pierde cierta frescura o espontaneidad. Y también hay películas incorrectas que son muy lindas justamente por eso, porque cuentan la visión de un director nuevo.

 

Atlántida

Inés María Barrionuevo

Estreno: 30 de octubre

2014 / Argentina / 88 minutos

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