Breve guía para el usuario

Agudicen la vista. Es decir, cierren un poquito los ojos para leer con mayor atención este completísimo mapa de Han Cine - 1º Festival de Cine Coreano, un festival que se hizo rogar. Además, la cartografía está en manos de nuestro especialista, el gran Marcelo Alderete.

El cine coreano, merecidamente, goza de buena fama entre la cinefilia local. Basta recorrer los catálogos de los dos festivales más importantes del país (Mar del Plata y Bafici) para encontrar pruebas de esto. Los nombres de autores como Hong Sang-soo, Lee Chang-dong y Kim Ki-duk (más allá de los valores de cada uno) se repiten anualmente en sus respectivos catálogos, y sus películas agotan localidades durante los días que duran dichos eventos. Sin embargo, ese entusiasmo nunca tuvo su correlato en la cartelera comercial. Las contadas veces que el cine de este país llegó a las pantallas locales, lo hizo sin mayores estridencias; algo que, conviene aclarar, ocurre con todo el cine asiático. Con la excepción de moderados éxitos (valga la contradicción), entre los cuales podemos contar alguno de los títulos más budistas de Kim Ki-duk como Primavera, verano, otoño, invierno... y otra vez primavera y la afrancesada En otro país, de Hong Sang-soo, el cine proveniente de Corea suele pasar por la cartelera argentina con más penas que glorias. Si somos pesimistas, no hay más que ver las cifras. Si elegimos el optimismo, hay que festejar el milagro que significa poder ver en los cines argentinos la obra de un autor como Hong Sang-soo. Al fin de cuentas, hasta nuestras propias películas sufren en sus pasos por los cines.

Sin embargo, lo más extraño de todo esto es que los nombres conocidos por el público local sean los de autores tan personales como los nombrados anteriormente. Cineastas que en su propio país, más allá de reconocimientos artísticos, no gozan de ningún tipo de fama ni éxito comercial. Directores cuyas películas suelen ser estrenadas en pocas salas, para un público minoritario, consumidor de cine arte (si esta expresión continúa teniendo algún significado). El verdadero cine popular en Corea del sur, ese cine que suele derrotar en la cartelera a cualquier tanque hollywoodense que se le cruce en el camino, es desconocido por el público argentino (con la excepción de Bong Joon-ho y su maravillosa The Host, título que tampoco despertó entusiasmo al ser estrenada aquí, algo que, como cinéfilos, debería llenarnos de vergüenza).

Para entender de qué hablamos cuando usamos el término “cine popular” en Corea, podríamos echar mano a muchas cifras. Cifras que harían palidecer a los distribuidores, exhibidores y productores locales. (No incluyo a los directores: sabemos que a ellos no les interesa nada relacionado con el dinero…). Para dar cuenta de esto, basta el siguiente dato: en el top ten histórico de películas más taquilleras en la historia del cine coreano, solo aparece un film extranjero, la (obviamente) norteamericana Avatar, de James Cameron. Y encabezando esta lista, una película coreana de reciente estreno, el drama histórico Roaring Currents, que está camino a superar los 20 millones de espectadores, en un país con una población de algo más de 50 millones. Aquí podríamos hablar de economías, niveles de vida, salarios, educación y un montón de temas que nos alejarían del cine y nos acercarían –peligrosamente– a la sociología, o cosas peores. Dejo la tarea a otros interesados y vuelvo al cine.

Sung Kyoung-Moon vive en Sudamérica hace casi cuatro años y actualmente está radicada en la Argentina, donde se desempeña como representante del KOFIC (Korea Film Council, equivalente al INCAA) para esta parte del mundo. Ella, junto a los responsables actuales del Centro Cultural Coreano, es una de las encargadas de la programación y organización del 1º Festival de Cine Coreano en la Argentina, denominado Han Cine. Dice Sung: “Todas las grandes ciudades del mundo tienen un festival de cine coreano. Que Buenos Aires, una ciudad con tanta cultura, no tenga un evento de este tipo parecía una injusticia. Después de colaborar con el Bafici y el festival de Mar del Plat, y al ver la reacción del público local ante nuestro cine, decidimos organizar este festival. Al ser esta la primera edición, decidimos darle al festival un perfil popular y mostrar títulos que no son conocidos en el país, a pesar de que en Corea son películas, casi todas, de un enorme éxito y de taquilla. Esperamos en que en las próximas ediciones podamos ampliar la programación a películas clásicas del cine coreano y a autores más personales que ustedes conocen y admiran mucho. Esperamos que este sea el punto de partida de muchos intercambios culturales entre los dos países”.

Como espera Sung Kyoung-Moon, ojalá que esta sea la primera de muchas ediciones del festival y que la oferta de cine coreano crezca en la cartelera local y no se reduzca a unas pocas funciones durante los festivales de cine. Más allá de las cifras y los números, el cine de esta procedencia tiene algo que lo hace diferente (y más atractivo) que otras cinematografías del mundo. Para descubrir de qué se trata ese secreto tan a la vista, solo hay que ir a ver las películas que propone el Han Cine, 1º Festival de Cine Coreano.

Con ustedes, las películas.

 

Todo sobre mi esposa, de Min Kyu-dong.

A pesar del guiño almodovariano en su título, Todo sobre mi esposa es la remake de Un novio para mi mujer (Diego Kaplan, 2000), éxito de la factoría Pol-ka protagonizada por el televisivo Adrián Suar y la gran Valeria Bertuccelli. A pesar de lo extraño que pueda sonar la adaptación de una película local a la sociedad coreana, el film es bastante respetuoso de su original y solo se ocupa de mejorar la lógica de ciertos personajes y evitar momentos de ridiculez (recuerden el personaje de Goity disfrazado). El director es conocido aquí por la terrorífica Memento Mori (1999), vista en alguna –ya lejana– edición del Bafici.

 

La receta final, de Gina Kim.

La carrera de Gina Kim es muy extraña, desde sus comienzos como egresada del CalArts y sus primeros (y experimentales) trabajos: Invisible Light, Gina Kim’s Video Diary, hasta llegar a esta gran coproducción entre Corea y Tailandia. La receta final pertenece a esas películas que muestran la comida y su preparación como una de las llaves secretas para el acceso a la felicidad (y de paso, por qué no, al ascenso social). La película, como suele ocurrir con la mayoría de las coproducciones, no logra superar los problemas que estas formas de realización genera. Actores coreanos, chinos, japoneses y australianos, todos hablando en un discutible inglés, algo que termina minando las mejores (y lacrimosas) intenciones del film. La historia de la película trata sobre padres, hijos y la vieja disputa (reality-show televisivo de por medio) entre el progreso y las tradiciones. Pero lo más interesante, sin dudas, es asistir al desfile de delicias de la cocina oriental frente a nuestros ojos (galbitang, bibimbap, dim sum y otras delicias de las cuales, reconozco con cierta vergüenza, desconozco el nombre). Las actuaciones están a cargo de la interminable (y aún bella) Michelle Yeoh, el singapurense Chin Han (Batman, el caballero de la noche, Capitán América y el soldado del invierno) y la estrella del K-Pop Henry Lau, integrante de la banda Super Junior.

 

Señorita abuela, de Hwang Dong-hyeuk.

Señorita abuelaes una comedia, y las comedias funcionan con fórmulas que utilizan como punto de partida comportamientos sociales que conocemos. Y aquí surgen algunos problemas. Poco y nada sabemos de las normas sociales de los países asiáticos, y quizás esta sea una de las explicaciones por las cuales es mucho más fácil disfrutar una película de acción de, digamos, Hong Kong que una de amor proveniente del mismo lugar. Al fin de cuentas, una persecución automovilística (más allá de la pericia del director) no varía entre distintos orígenes geográficos. Ahora, cuando nos enfrentamos a una charla entre una familia, o a la forma en que los jóvenes se dirigen a sus mayores, la cosa cambia, y para entender realmente lo que estamos viendo necesitaríamos de una información de la cual carecemos. Por suerte el cine, un arte generoso (aunque cada vez menos), nos sigue dando la chance de aprender y de disfrutar, aunque no terminemos de comprenderlo todo.

Señorita abuelacuenta la historia de la malhumorada (podríamos decir, con todo respeto, grosera) abuela del título, quien por esas cosas de la magia del cine, luego de visitar un estudio de fotografía (apropiadamente llamado Forever Young), recuperará el cuerpo que tenía a los veinte años. A pesar de que su punto de partida suena a reiterado y visto muchas veces, los cambios de registro son muchos y variados (como suele ocurrir con el cine coreano), quizás el secreto para hacer funcionar materiales –a priori– de segunda mano. Un drama social que nos habla de la falta de lugar para los ancianos en un sociedad capitalista hasta una disparatada subtrama en la que una banda punk (¿quizás glam?) terminará, gracias a la rejuvenecida abuela, accediendo a la fama televisiva, interpretando aggiornadas versiones de antiguas canciones populares. Las protagonistas y verdaderas responsables del funcionamiento de la película son las dos intérpretes encargadas de representar a la abuela del título en sus dos versiones. La joven está interpretada por Shim Eun-kyung, conocida previamente por Hansel y Gretel (Yim Pil-sung, 2007), la emotiva y generacionalSunny (Kang Hyeong-Chel, 2011) y el taquillero drama histórico Masquerade (Choo Chang-min, 2012); y la (verdadera) abuela está a cargo de Na Mun-hee, quien supo ser parte de la particular familia de The Quiet Family (1988), épera prima de Kim Jee-woon (El último desafío, I Saw the Devil, The Good, The Bad, The Weird, A Bittersweet Life), película que más tarde Takashi Miike reversionaría en la genial y lisérgica The Happines of the Katakuris (2001). El director Hwang Dong-hyuk logra, casi milagrosamente, pasar del ridículo a la emoción (y viceversa), hasta llegar a un final tan absurdo y disparatado como lleno de vitalidad.

 

El gran golpe, de Choi Dong-hoon.

El gran golpe(The Thieves, en su título original) remite a las grandes películas de Hollywood sobre imposibles y sofisticados robos de bancos. Y obviamente a La gran estafa (Ocean’s Eleven). Aunque si comparamos despliegues de producción y la puesta en escena de ambos films, el de Soderbergh parece filmado en un casino del Tigre con una cámara de video. Obviamente, se trata de una exageración. Pero no tanto. Choi Dong-hoon lleva al límite todos los lugares comunes y explota con éxito el enfrentamiento entre los diferentes bandos, uno coreano y otro chino, las traiciones cruzadas y los desplazamientos geográficos de la trama, siempre siguiendo la historia y sus simpáticos personajes (un elenco plagado de estrellas asiáticas), y no los requerimientos de forzadas coproducciones. El momento en el que, en plena fuga, ocurre un terrible accidente automovilístico que cambiará (momentáneamente) el tono del film rankea como una de las mejores escenas de acción de los últimos años. Que esta sea, también, una de las escenas más tristes de la película solo indica que, detrás de tanto despliegue visual, hay un director de cine con un dominio absoluto de su oficio.

 

The Berlin File, de Ryoo Seung-wan.

Si redujéramos The Berlin File a su trama, estaríamos frente a una de esas paranoicas películas norteamericanas de la década del 70, seguramente protagonizadas por Robert Redford. Sin embargo, hay mucho más allá de su trama argumental, en la que se cruzan espías, traiciones y problemas diplomáticos. El director Ryoo Seung-wan, autor de Die Bad (2000) y Crying Fist (2005), demuestra en un par de secuencias prodigiosas por qué es uno de los nombres más importantes del cine coreano, y no solo en lo que se refiere al cine de acción.

 

Demente, de Park Jung-woo.

Dementefalla ahí donde el resto de las películas coreanas triunfan. En su mezcla de película de terror, drama familiar y crítica social, nunca termina de encontrar el punto justo para hacer que esos elementos funcionen, o de tomar el riesgo de transformar todo en un disfrutable delirio clase B. Pero no es solo su falta de audacia (o exceso de solemnidad) lo que condena a la película. Su fórmula (familia en crisis + elemento sobrenatural invasor + crisis social) e incluso el diseño de su afiche remiten a la maravillosa The Host, de Bong Joon-ho. Y compararse con esa película/monstruo es llevar las de perder. Sobre todo para el espectador.

 

El rey de los cerdos, de Yeon Sang-ho.

El rey de los cerdoses una película brutal. En el panorama actual del cine coreano, existe un pequeño movimiento de realizadores que trabajan de manera independiente y siempre con bajos presupuestos en el arte de la animación. De ese grupo, surge el nombre de Yeon Sang-ho, quien, con esta película, recorrió el circuito de festivales (y no solo los dedicados al género) cosechando premios y elogios. La historia remite a un tema que se repite con asiduidad en el cine coreano: los traumas ocurridos durante los años escolares y sus efectos en el presente. “¿Sabés lo que es el verdadero mal?”, pregunta uno de los personajes. A pesar de que obviamente no hay respuesta, en el abismo que genera esa pregunta está el corazón del film.

 

Confesiones de un asesino, de Jung Byung-gil.

El comienzo de esta película, sus primeros diez minutos, antes que sepamos nada de la trama, son tan veloces y brutales que no solo confirman el talento de su director, sino también su valentía. Confesiones… arranca con dos personajes corriendo y disparándose bajo una lluvia torrencial, por los techos y callejones de un barrio iluminado solo por luces de neón. Nada sabemos, y tampoco nada nos preparó previamente para semejante despliegue de virtuosismo y vértigo visual como el que el director Jung Byung-gil propone como introducción del film. Al final de la trama (aunque no conviene aclarar demasiado), habremos asistido al enfrentamiento entre un asesino y un policía, sacudidos por miles de sorprendentes idas y vueltas. Pero lo importante es que, recién sobre los créditos de cierre, el espectador recupera el aliento de ese inicio tan brutal como inesperado.

 

Relato de un arquitecto, de Jeong Jae-eun.

Jeong Jae-eun es la realizadora de Take Care of My Cat (2001), quizás una de las películas más sensibles de las últimas décadas. Sin embargo, el fracaso comercial de esta película (y de otra posterior) llevó a que la carrera de la realizadora se encontrara con dificultades imposibles de esperar después de semejante debut. Con Relatos de un arquitecto (extraña traducción de Talking Architecture), la directora realiza por primera vez un documental, y se lo dedica a la figura de Chung Gu-yon (1943-2011), un arquitecto que, al igual que la realizadora, se encuentra en la vereda de enfrente a los rutinarios pensamientos sobre la profesión que suelen tener sus colegas. La inteligencia y placidez del film demuestran que el talento y la sensibilidad de Jeong Jae-eun continúan intactos.

 

Vigilancia extrema, de Cho Ui-seok/Kim Byung-seo.

En Vigilancia extrema se cuenta la historia de un grupo al estilo SWAT cuya tarea se limita a la observación. Los policías encargados de la acción y el trabajo sucio vienen después, una vez que ellos hayan realizado su trabajo. Con esa premisa tan cinematográfica (casi una metáfora de la tarea del director de cine: mirar, seguir y esperar), los directores Cho Ui-seok y Kim Byung-seo realizan un prodigioso y elegante ejercicio de estilo, en el que la ciudad se transforma en un tablero sobre el cual los protagonistas ponen en escena sus particulares obsesiones.