Cadena de favores

Años después de haber ganado en Mar del Plata con Beyond the Hills, Cristian Mungiu vuelve a las salas argentinas. En La graduación, el director de 4 meses, 3 semanas, 2 días ensaya el tono neutral del cine rumano, pero frente a una historia terrible.

La última década el mundo vio al cine rumano en un auge de producción, exposición y valoración que en nuestro país se tradujo no solo en presencia en festivales sino también en pequeños estrenos dentro del cada vez más asfixiado circuito de “cine arte”. Cristian Mungiu, quien tuvo su aparición fulgurante con 4 meses, 3 semanas, 2 días y ganó en el Festival de Mar del Plata con Beyond the Hills, regresa con otra historia intensa de contradicciones morales que atraviesan lo individual y lo colectivo.

En la primera escena, una piedra destroza una ventana de la casa de la familia Aldea. Nadie sabe quién fue ni imaginan posibles sospechosos, y el hecho solo se atribuye a una sociedad enferma e imprevisible. Para Romeo, el pater familias y médico bien reputado, no existe nada más importante que sacar a su hija Eliza de Rumania, y más concretamente de Cluj, mediante una beca para estudiar en Inglaterra, donde aparentemente reina la legalidad. Pero, un día antes de tomar el examen para ganar la beca, Eliza sufre un intento de violación camino a la escuela.

No vamos a encontrar en las películas de Mungiu música incidental, ni diálogos en plano y contraplano, ni grandes juguetes narrativos o parlamentos moralizadores. Según cuenta el mismo Mungiu, a menudo necesita rodar treinta tomas hasta que encuentra el nivel de profundidad y vigor emocional que dan forma a sus historias de complicaciones morales. Los diálogos interminables y el movimiento son la ley del juego, con la cámara siguiendo a los protagonistas de espaldas, mientras caminan o intentan comunicarse entre una ruidosa multitud. Es en la obsesión detallista que Mungiu habilita su potencia dramática. Su cine descansa mucho en los diálogos, en esos vanos intentos de racionalizar lo irracional, que terminan embarrando aún más las decisiones. Esa es su fortaleza, pero a veces también su refugio, o alguno diría su zona de confort. Cuando se aparta muestra que también puede expresarse de una manera más sutil, como cuando un desesperado doctor Aldea entra a tientas en un barrio del Cluj profundo para encontrar un sospechoso del ataque de su hija o vaya a saber qué. Ese tanteo de Aldea en la otredad es manejado con un timing y un uso del fuera de campo extraordinarios, pero es una rareza en la dinámica dialoguista de la película. Esa rareza bien puede ser una estrategia para nutrir estas escenas de una mayor potencia, pero aun así es pensable que Mungiu podría confiar más en otras formas de expresión, y no tanto en el diálogo, para llevar adelante el relato.

Ante la negativa de las autoridades de permitir que Eliza rinda en otro momento, y ante la necesidad de obtener una calificación perfecta en el último examen para recibir la beca, el doctor Romeo mueve sus contactos para asegurar esa calificación sin depender de la excelencia de su afectada hija. Quien lo ayuda es un lumpen desclasado, un ex conocido del ejército, que a cambio pide ser adelantado en la lista para recibir un trasplante de hígado. A partir de allí comienza una cadena de favores sin fin que involucra a policías, enfermeros y burócratas varios. La película es clara en su mirada: no se puede hacer algo en Rumania si no es por medio del compadrazgo y de un sistema semimafioso de intercambio de ilícitos. El buen doctor Romeo no logra escapar de ese sistema, al tiempo que le repugna.

Una cuestión que aparece en la película, de manera un tanto bourdieuana, es la reproducción de conductas, la cuestión del legado. Tanto para el doctor Romeo como para el policía o el enfermero que lo asiste, quedarse en Rumania significa quedar atrapado en esa lógica de corrupción. Ya les pasó a sus antepasados; creían que podrían ser diferentes y hacer algo mejor para ellos y para la sociedad, pero se atascaron en Cluj y terminaron siendo un engranaje más dentro de un sistema viciado. Por ello, el exilio de Eliza se vislumbra como su única salvación posible, aunque para eso primero deba entrar en ese mismo laberinto de ilegalidades del que busca huir.

Cuando se habla sobre el cine de Mungiu se remarca su carácter neutral, e incluso el mismo director afirma que “filma sin juzgar”, que intenta mostrar a sus personajes con honestidad y distancia, lo que resulta a todas luces imposible y puede ser más bien un norte que un objetivo concreto. La mirada de la película sobre Romeo y sus circunstanciales cómplices no es ni puede ser condescendiente o, mucho menos, neutra. Puede haber cierta comprensión, pero en la visión de la película no dejan de ser unos hipócritas con doble discurso que optan por el camino fácil. Mungiu está lejos de ser un morboso, o uno de esos cineastas europeos misántropos que tanto gustan, pero tampoco tiene la sutileza ni la profundidad conceptual ni poética de otros autores. Lo que propone, y en lo que se ha demostrado tremendamente eficaz, es fabricar representaciones intensas, vigorosas y con una fuerte ilusión de realismo sobre las contradicciones que atraviesa una sociedad inmersa en una profunda crisis de identidad y que parece odiarse a sí misma.

 

La graduación

Bacalaureat

De Cristian Mungiu

2016 / Rumania - Francia - Bélgica / 128’

Estreno: 11 de mayo (Distribution Company)