Cambio de hábito

Revelando una nueva y ambiciosa búsqueda, Camila Toker dirige por primera vez una película que se acomoda en el terreno del policial. La muerte de Marga Maier demuestra la maduración profesional de esta actriz, guionista y cineasta que nos deslumbró hace once años en Upa! Una película argentina.

Diez años pasaron desde el estreno de Upa! Una película argentina, la producción que ganó el Bafici modelo ‘07, la que puso a sus realizadores en el radar del nuevo cine argentino. Y, después de una segunda parte de ese éxito y de algunos proyectos personales, Camila Toker, una de esas nuevas cineastas mencionadas, se puso al frente de su proyecto más grande hasta el momento. En La muerte de Marga Maier, un cadáver llega flotando por capricho de la corriente del río hasta las costas de un pueblo pequeño que, como tal, desata su infierno grande. Y a partir de sus influencias se entiende la historia: “Me gusta Sergio Leone y sus westerns”, comenta Toker, y explica las razones de su estética y su épica narrativa; “me gustan las protagonistas femeninas”, sigue, y habla sobre la elección (acertada) de Pilar Gamboa como centro narrativo de la historia; “me gusta mucho Cassavetes y el trabajo de descubrimiento con los actores”, agrega, y da cuenta del trabajo con intérpretes de la talla de Mirta Busnelli o Luis Machín. Porque de eso se trata su trabajo, en definitiva: no solo de contar historias, sino, aunque parezca obvio, de pensar el cine en 360°, de llenarse de cada vez más cinematografía y, aun así, dejar un lugar para la improvisación.

 

¿Cómo surgió el proyecto de La muerte de Marga Maier?

Antes que nada fue el lugar. La ganas de filmar el bosque, el campo plano, el río gigante, abierto, planchado o furioso con las tormentas, que esconde y devuelve basura o crímenes en esa parte de la costa. Y los personajes que uno podía imaginar para las mil películas posibles en ese lugar. Estaba investigando un poco historias de Punta Indio y también leyendo policiales. Tenía eso en la cabeza cuando nos juntamos con Anne-Sophie Vignolles, la coguionista de la película. Nos pusimos a trabajar y en pocos meses apareció este policial sólido, de género, con personajes que trenzan la historia y que comienza con el cuerpo muerto de una mujer devuelto por el río en una sudestada.

 

La película tiene como protagonistas a algunos de los actores más experimentados y reconocidos del país como Luis Machín y Mirta Busnelli, ¿cómo es dirigirlos? ¿Desde qué lado se los puede orientar, corregir?

Con los actores de la película me di el gusto de mi vida. Un casting maravilloso de actores con los que trabajar es simplemente ser feliz en el intercambio. Dirigir, proponer, que te propongan y divertirse. A casi todos ellos los conocía de antes, con algunos había trabajado, con otros había compartido incluso clases en el Sportivo Teatral, el estudio de Ricardo Bartís, hace añares. Y entre ellos han trabajado y trabajan juntos también, con lo cual ya había un código común, un tono de actuación y una forma de entender la actuación desde el vamos, ya en las primeras lecturas. La película está planteada en planos secuencia por escenas, o al menos así la filmamos. Eso para el actor es sumamente gratificante porque puede explayar una gestualidad continua llena de sutilezas. Y puede probar toma a toma una nueva gestualidad. Para dirigirlos, poder ver y marcar en todo el recorrido de la escena tiene sentido. Así como lograr un diálogo con la cámara que también se modifica de toma a toma. Si bien no se improvisa la escena, se busca en cada toma algo diferente.

La experiencia de Machín y Mirta Busnelli los hace poder interpretar eso que uno se imagina y llenarlo de matices, propuestas. Y para uno es sencillo pedir, porque hay escucha y atención por parte de ellos. La manera en que un actor resuelve la marca tiene que ver con su experiencia y también con su inteligencia. Trabajé con actores inteligentes.

 

¿Qué creés que aporta de nuevo, desde tu lado como directora, este film con respecto a trabajos anteriores que realizaste?

Básicamente esta vez partí de un guion fuerte, armado, sólido, que contenía la puesta. La liberaba de decisiones narrativas para ir por decisiones estéticas o de puesta en escena. En esta película me di el gusto de escribir para locaciones donde quería filmar, y filmé ahí donde quería. Pude elegir actores, trabajar previamente en algunas lecturas conjuntas del guion para definir los personajes, aunque no hubo muchos ensayos, porque prefiero no fijar las escenas de antemano. Planteaba una puesta de cámara que se parece en algún punto a los trabajos anteriores, en el sentido de la cámara en mano o el plano secuencia, pero con más detalle, por no hablar de cierto rigor. Tuve la posibilidad de trabajar con un equipo de técnicos que aportaron su magia a mis ideas, haciendo crecer la puesta. Pero también en esta película, con el guion en mano y planteada la puesta, intenté no perder esa lucidez de la improvisación. La atención que implica la búsqueda, más que la concreción. Y, para eso, los planos secuencia y la cámara en mano siguen permitiéndome encontrar, como en las anteriores, la frescura de la marca en el momento. Es decir, sigo hablando durante las tomas, sigo hablándole al oído a la cámara para buscar con ella, y sigo sorprendiéndome en el momento de lo que estamos haciendo.

 

En los últimos años trabajaste como actriz y también como guionista, ¿qué te aporta esa experiencia para estar del lado de la dirección?

Creo que se nutre una cosa de otra. A esta altura de mi vida, cualquier definición en ese sentido me parece pifiada, uno ya es esa mezcla. Pero supongo que a los actores, como actriz que también soy, les puedo pedir las cosas en un mismo idioma, pensando en qué información les es útil para delinear un personaje o para encontrarle una forma a un estado. Ser actriz me sirve para el guion, para encontrar el habla de los personajes. Como guionista, encuentro cierta claridad en la totalidad de lo que se cuenta. Como directora, puedo olvidarme de que soy guionista y actriz y disfrutar de todos los rubros que aportan a una idea que ordena las demás.

 

Upa! Una película argentina tuvo un largo recorrido por festivales, ¿por qué creés que tuvo tal recepción?

Creo que después de diez años de Nuevo Cine Argentino, en los que ya se habían instalado vicios en las dinámicas de producción, había que reflexionar sobre esto. Y Upa! llegó para hacerlo desde el humor. Y también desde adentro de ese sistema. Fue una película generacional. Nosotros (Santiago Giralt, Tamae Garateguy y yo) habíamos estado en la carne de esos personajes muchas veces, intentando hacer nuestras primeras películas, haciendo presentaciones eternas, esperando la dádiva de algún festival extranjero. Y decidimos hacer algo con eso. Pasar a la acción. Y hacerlo con lo que tuviéramos a mano, sin depender de ningún medio por fuera de nosotros mismos. Y eso, creo yo, también fue convocante. Es decir, Upa! como tema y Upa! como forma de producción. Por eso nos volvimos a juntar e hicimos la parte 2, y próximamente vendrá la 3. Porque, más allá de las otras películas de cada uno, con diferentes sistemas de producción, hay algo en hacer Upa!, que siempre interpela al hacer del cine.

 

Cuando encarás una película, ¿pensás en los festivales? ¿Pensás en el público?

Cuando pienso en una película, como cuando pienso en una fiesta, quiero convidar al otro con eso mismo que yo disfruto, que creo atractivo, con lo que yo como espectadora quisiera ver. Pienso en el público más que en los festivales. Y quizás me falte especulación. Pero los festivales siempre me sorprenden. La primera versión del guion fue seleccionada en el Festival de La Habana, y ese mismo festival la seleccionó luego para el concurso de posproducción. El Festival de Miami nos premió con un desarrollo de proyecto y luego nos invitó a estrenarla este año. Mientras que el Bafici, que es el lugar que yo creía natural para esta película, por un tipo de producción, por un elenco acá muy reconocido, porque ahí crecí como actriz y como directora con Upa!, la rechazó. Finalmente, creo, los criterios de los festivales no tienen nada que ver con las películas. Y el destino de ellas son los espectadores. Y es a ellos a los que me interesa convocar.