Cantando bajo la tormenta

Parece que esta vez no conocemos la canción. O, mejor dicho, la que conocíamos era mejor que este cover. Ya sin Jason Moore para afinar el tono de la comedia musical, el regreso de esta saga cantora la pifia en más de un acorde.

Uno de los finales más inolvidables de la historia del cine es el de Jackass 3D (Jeff Tremaine, 2010), cuando Johnny Knoxville dice “voy a terminar esta película”, baja la palanca del detonador y los objetos que decoran la habitación comienzan a explotar como escuerzos fumadores. El estallido de un plasma contagia al resto, entre sillones, macetas y pianos. Todas las partículas flotan por la pantalla como piezas de rompecabezas: un big bang sin precedentes. El nacimiento de la película Ritmo perfecto (Pitch Perfect), basada en el libro Pitch Perfect: The Quest for Collegiate A Cappella Glory, de Mickey Rapkin, tenía el mismo espíritu rebelde y atrevido: alzaba la bandera de la amistad al igual que lo hacían los hombres que se divertían con sus fluidos en vez de con juegos de mesa. Como Jackass 3D, la ópera prima de Jason Moore no solo poseía la potencia de una bomba nuclear capaz de hacer volar por los aires todas las filas de las butacas; también prendía fuego los prejuicios de quienes piensan que la comedia no puede incluir arte con mayúscula.

Ritmo perfectoofrecía un festival de chistes verbales y físicos que convivían pacíficamente con momentos musicales en los que las protagonistas cantaban y bailaban tan bien que obligaban al espectador a tararear las canciones en el cine. Había espacio para todo: el humor se entrometía poco y nada en las performances de las bandas a cappella y viceversa; un respeto mutuo que permitía que las actrices se mostraran como artistas completas. Entre muchos aciertos, la película teen exhibía los números musicales sin cortes, las canciones sin pausas, porque el director Jason Moore sabía perfectamente cómo filmar el espectáculo dentro del espectáculo. Como si esto fuera poco, Ritmo perfecto tenía personajes tan fuera de serie que merecían transformarse en muñecos de Cajita Feliz: Fat Amy (el nombre está inspirado en el apodo que Amy Poehler se puso a sí misma cuando estaba embarazada), uno de los mejores personajes, llevó a la cómica australiana Rebel Wilson a la cima y, gracias a Beca, Anna Kendrick le demostró al mundo entero que no solo es preciosa y actúa muy bien, sino que también sabe hacer música con un par de vasitos.

Todo eso y mucho más había logrado una película en la que competían bandas a cappella que dejaban la voz y el corazón en el escenario como lo hacían Jem and the Holograms y The Misfits. El sorpresivo éxito de Ritmo perfecto y la cantidad de fanáticos que despertó desembocaron en una decisión más que lógica: producir una secuela con nuevas canciones y campeonatos, pero también con nuevo director, debido a que Jason Moore ya estaba trabajando en Sisters, la comedia protagonizada por Tina Fey y Amy Poehler. La elegida para tomar las riendas del proyecto fue Elizabeth Banks, porque la productora y actriz que nos hacía reír hasta el llanto con su papel de presentadora sarcástica en la primera película fue justamente quien tuvo la idea de trasladar al cine a las bandas a cappella luego de leer el libro.

El debut como directora de la protagonista de Zack and Miri hacen una porno rompió el récord de taquilla al duplicar el número que había obtenido Ritmo perfecto, pero la calidad de la secuela es inferior al film madre. Si en la primera todo explotaba como si fuera una película bélica festiva, en Más notas perfectas (Pitch Perfect 2) el detonador está fallado cual producto marca ACME. Los chistes, además de ser impuntuales, funcionan como un déjà vu al repetir las mismas bromas que sucedían en la película anterior, como si hubieran reproducido los gags con un stencil. La nueva aventura consiste en que las Bellas de Barden deben ganar el mundial de a cappella al mismo tiempo que se sobreponen a una humillación en público. En ese camino de ensayos y presentaciones desfilarán nuevas bandas que expondrán lo que mejor saben hacer: construir instrumentos invisibles gracias al poder de sus gargantas. El problema es que el relato no logra ser corpulento, se encuentra débil como la autoestima de las Bellas. No hay una historia sólida como sucedía en la película de Moore: los personajes sufrieron una especie de vaciamiento y terminan provocando poca empatía en el espectador. La novela de amor eléctrico entre Beca y Jesse (Skylar Astin) se diluyó, y las parejas recién formadas parecen estar enamoradas solo porque los obliga el guion. Lo único que brilla en la película son las escenas musicales, en las que Anna Kendrick nos vuelve a hacer creer que, como Edith Piaf, puede entonar con magia hasta la guía telefónica. Aunque la decepción duela, podemos consolarnos practicando los pegajosos covers del nuevo disco mientras se filma la tercera entrega de la franquicia que nos hizo volver a cantar y a bailar en el cine.

 

Más notas perfectas

Elizabeth Banks

Estreno: 6 de agosto

2015 / Estados Unidos / 115 minutos

UIP