Capturando a los Menis

En Mi histeria en el cine, María Victoria Menis decide abandonar su profesión de directora por las millones de dificultades que conlleva su trabajo. Convencida por su amiga Franca, comienza a filmar divertidas y emotivas escenas de su vida cotidiana, que lentamente y casi sin querer la harán reencontrarse con ella misma, y su verdadero amor por el cine.

¿Cómo surgió el proyecto? 

Un tiempo después de estrenar María y el araña, cuando ya había hecho el recorrido de festivales, me puse a pensar un nuevo proyecto y me choqué de frente con la Kryptonita roja (es peor que la verde, ¿no?). De repente me di cuenta de que iba a estar tres o cuatro años con una película, y me agoté antes de empezar. Ahí me vino una crisis existencial: ¿vale la pena seguir? Y la verdad es que lo vale, y debo usar el presente porque las cosas tampoco cambiaron en lo más mínimo, más bien el futuro parece cada vez más oscuro. ¿Dedicarle tanto tiempo a una obra que requiere tanto esfuerzo para producirla, que vamos a suponer que queda bien, que a la crítica parece interesarle, que va por distintos festivales, que la pasan en canales internacionales, pero que cuando se tiene que estrenar aquí en Argentina parece que todos los demonios del infierno caen sobre vos para distribuirla y exhibirla? En la película no trabaja ninguna estrella, de las dos o tres que hay que llevan público en este pequeño mercado, y no la apoya ningún canal, y hay que hacer un esfuerzo descomunal para llevar gente al cine. Y lo más kafkiano es que al público le gusta. Pero en ese momento en que la pueden empezar a recomendar justo suena la campana y te viene una trompada y te dan la despedida del ringside porque llega un peso pesado y vos ya tuviste tu tiempito, ¿qué más querés? Por eso yo me vi recorriendo ese destino fatal y me dije “no sé si puedo”. Pero lo que sí surgió, en base a reírme de mí para no llorar, y del humor de mi hija Cecilia, fue la posibilidad de documentar el estado de ánimo en que andaba en ese momento. Con humor, obviamente.

 

¿Cómo fue para vos ponerte delante de cámara, y cómo fue para tu familia convivir con eso?

Fue muy difícil pensar en ponerme delante de la cámara. No podía imaginarme a mí hablando, contando, protagonizando situaciones. No le encontraba ni la menor gracia ni el menor interés. Por eso lo conté como si fueran más bien notas fílmicas mías. Y, con respecto a mi familia, desde que empecé a estudiar cine, desde el primer ejercicio, usé a mi familia delante de la cámara. Actúan en mis películas, sin protagonizarlas, pero allí están. El que los empezó a usar para protagonizar fue Esteban, mi hijo. Y Cecilia. Y mi sobrino Martín Weisz. Entonces se convirtieron en una familia muy habituada a actuar. Aquí, en esta peli, hacían de ellos. Y estaban más sueltos que nunca.

 

¿Cómo te propusiste la dinámica de trabajo en cuánto a lo que filmabas y lo que no? ¿Cómo elegiste qué material quedaba y qué no?

Junto con Cecilia empezamos a escribir un guion. Usábamos muchas situaciones de familia que habían sucedido de verdad. Conversaciones acerca de películas, o de cómo mis viejos conseguían copias, o anécdotas divertidas. Y les tiraba una punta de eso y ellos empezaban a hablar, sin recrear. Volvían a tener las conversaciones de verdad. Y discutían, también. Y yo seguía filmando porque eran muy ellos. También los sorprendía con preguntas de las que no tenían la más mínima idea, y me contestaban lo que pensaban. Lo mismo me pasó con gente que fui entrevistando para la película: a la mayoría no le aclaraba que era directora, y les preguntaba sobre bajar películas truchas, de copiar, de vender; ¡tuve cada respuesta! Pero, volviendo a la familia, una vez mi vieja se enojó conmigo y dijo que estaba cansada. Y ahí paré. No la quise filmar protestando. Me pareció una falta de respeto que si colaboraba a full, una vez que estaba reventada, yo la filmara pidiéndome un descanso.

Con respecto al material, ¡filmé 50 horas y quedó una sola! Con Flor Efron, la excelente montajista con la que enfrentamos el material, fuimos buscando. El guion sirvió como guía, y nos dimos cuenta de que la historia de mis viejos con el cine era fantástica. Estaba en el guion, pero ellos le habían dado una vida increíble. Y colaboraba mucho con una idea que se desparramó en todo el documental y que es el transcurrir del tiempo. Mucho tiempo me lleva hacer una película, poco tiempo suele permanecer en los cines. Mi tiempo de vida pasa rápido. No tengo tanto tiempo por delante. El cine eclipsa el tiempo. Pero a su vez el tiempo está detenido para siempre en la película. El tiempo fue uno de los ejes fundamentales. Una escena que me gusta mucho al respecto: mis viejos, ya viejos, miran la primera película que vieron juntos, La ronda, de Max Ophuls, y dicen: “Mirá, la película está impecable, y nosotros estamos acá, 100 años después, hechos unos escrachos. ¿Cuántos viven de los que estaban con nosotros esa noche en la sala? ¿Y los actores? No sé si queda alguno vivo…”. Y yo me alejo con la cámara y los dejo allá con su película.

 

¿En algún momento lograste ver a tus propios familiares como personajes? ¿Cómo creés que se van a relacionar los espectadores con ellos?

No, nunca los vi como personajes. Eran ellos, porque reaccionaban como ellos mismos. Lo que sí, ¡empezaron a tener caprichitos de actores! El público, lo comprobé en el Bafici y otros festivales, se relaciona muy bien con mi familia. Quizás porque se reconocen en la forma de discutir, o mandarse la parte, o cargarse, no sé, pero al toque se identifican y se ríen y se emocionan con ellos.

 

A través de una voz en off decís que en cada película que filmás siempre te pasó algo: hepatitis, apendicitis, fracturas, etcétera. ¿Te sucedió algo de esta índole con este documental?

Durante la preproducción, nada; rodaje, nada; posproducción, tampoco. ¡Muy bien! Viajes, festivales, nada. Bafici, tampoco. Pero ahora entramos en etapa de exhibición y empezó a dolerme la cabeza bastante más seguido. ¿Tantas películas para tan pocas pantallas? ¿Por qué tan pocas? Y ahí empiezan los problemas, que son de vieja data, y muy profundos, y que hacen a la política cultural de un país. Y, en estos últimos días, antes del estreno tuve un tirón de espalda que no te cuento; por el estreno, y pensando en este momento muy complicado del cine argentino.