Centauros del desierto

Ante la competencia por los Oscar, el escocés David Mackenzie muestra lo suyo con Sin nada que perder. Las grandes secuencias de puro cine se mezclan con mensajes innecesarios y aclaraciones burdas, pero siempre vamos a darle la bienvenida a un western forastero en el mundo de los estrenos.

Son las 8:30, no hay gente en la calle. La avenida principal está asfaltada por el polvo. Descansa hasta el viento. Una mujer detiene su auto en el estacionamiento de un banco. Ella desconoce un dato clave: algunos minutos antes, otro coche se anticipó a su llegada. Es muy temprano, pero las armas de Toby y Tanner Howard ya apuntan contra el primer rostro aterrado del día. Una vez obtenido el botín, ambos escapan. Nadie los persigue. Minutos más tarde entran a otro banco y, aunque el procedimiento se complica por la reacción inesperada de un cliente armado, logran huir con la cifra requerida. Y, nuevamente, la deuda del antagonista, la ausencia de la ley.

En Sin nada que perder (Hell or High Water), Toby y Tanner recorren las rutas y roban bancos, pero no son Bonnie y Clyde. No hay glamour, lujo ni fama. La motivación es distinta. No asaltan por diversión ni porque están aburridos; necesitan una cantidad exacta de dinero para salvar su granja familiar. Son seres crepusculares, bautizados y marcados por el sol de Texas. Sus robos ni siquiera tienen la trascendencia suficiente para ocupar espacio en los diarios locales. Apenas son dos puntos que se mueven en pueblos fantasma, que se resguardan en una casa venida a menos y preparan su físico a base de un desayuno con aceite usado. Llegado el caso, su muerte no estará moldeada por la épica; por el contrario, será un hecho lógico: la consecuencia de sus actos.

En una de las mejores secuencias del film, el policía interpretado por Jeff Bridges coloca una frazada encima de su torso desnudo y sale a la intemperie. Lo recubre la luz del amanecer. La silueta oscura del sexagenario –nada ejercitada– se recorta sobre el fondo azul marino. Detrás de él, los destellos naranjas del sol, tímidos, alumbran los camiones que descansan al costado de la ruta. Es el instante de calma necesario. Marcus Hamilton deambula por el suelo que en algún momento les perteneció a aquellos indígenas que ahora pisan la tierra y se sienten forasteros. Tal vez sea el cosmos (la espada del sol atraviesa la noche), pero la postura de este hombre recuerda la presencia mística de un cacique que agradece a sus dioses el comienzo de un nuevo día.

Si el director David Mackenzie puede crear una secuencia tan delicada sin necesidad de palabras, ¿por qué arruina otras con subrayados innecesarios? A los segundos de película, se exhibe delante del espectador un grafiti pintado en una pared: “Tres veces en Irak, pero no hay ayuda para nosotros”. Esto, que recuerda al título de Sobreviven (They Live, John Carpenter, 1987), no tiene la gracia ni la crítica voraz de Carpenter. Es la obertura de un discurso que se extiende durante todo el film. Cuando los personajes sentencian cosas sobre el pasado y el presente, las imágenes que ya habían aclarado el mensaje minutos antes se extinguen. Es un ejercicio irritante de destellos de grandeza y tropiezos insólitos.

Sin nada que perderse posiciona en el medio de la ley y la ilegalidad. No elige bandos, los observa. En este sentido, el reflejo deforme de los dos ladrones se encuentra en Marcus y en su ayudante descendiente de indígenas. Cada personaje que interactúa con los protagonistas opta por una posición ética y legal. Ante un vecino armado que les dispara a los ladrones, otro decide ayudarlos. Nadie parece indiferente. En una escena, la mesera de un restaurante se sienta a hablar con Toby. El deseo de ella es evidente, el respeto de él también. No se trata de un juego de seducción. En la charla hay complicidad. Se evidencia dolor en sus voces, en especial cuando recuerdan otros tiempos y oportunidades perdidas. Y, si bien ella le deja su número de teléfono, esto es lo menos importante. En su caminar (otra vez el movimiento) los pasos son densos, como si en esos hombros se recostase el peso de su dolor y el de un mundo entero.

Menos nostálgica que Sin lugar para los débiles (Joel y Ethan Coen, 2007), el film también analiza el pasado, pero sin detenerse en el culto al dinero, en la violencia y en la inhumanidad de las personas. Es una película sobre la pertenencia, sobre el derecho fugaz que nos da el universo en nuestra parcela minúscula de tierra. En los minutos finales, como en todo western, hay un duelo. Pero Sin nada que perder confía en un buen enfrentamiento oral, en el que la rapidez corporal está determinada por la sagacidad del cerebro. Y, como en todo western, el sol alumbra (otra vez el cosmos) y deja al descubierto la nobleza que aún yace en todos nosotros.