Clásico y moderno

Entre el costumbrismo y la fusión de géneros. Recuperando la tradición sin dejar de mirar hacia el futuro, después de filmar Gomorra, Matteo Garrone se reinventa sin dejar de ser el mismo con su nueva película: Reality.

Tal vez porque se inscribe en un universo fabular algo alejado del crudo retrato de la mafia que existe en Gomorra (2008), tal vez porque las fichas técnicas (esa promesa del anclaje genérico) hacen circular un “rumor” que nos prepara para ver una comedia costumbrista ramplona; tal vez porque su tema despertaba la imaginación de aquellos que esperaban un manual frankfurtiano contra la enajenación televisiva; Reality (2012) no goza del mismo consenso que su predecesora. Lo cierto es que gran parte de la munición gruesa de la crítica no dejó de considerar al último film de Matteo Garrone como un mal desvío en su filmografía, como un cambio que relega las ambiciones de los “grandes temas”, en favor de un cándido (y menor) gesto de folclore napolitano.

Hay una impronta neorrealista emplazada en aristas temáticas bien contemporáneas que ayudan para describir el recorrido íntimo de un personaje frente a su languidez espiritual, frente a los límites de su neurosis. Las cosas se resumen así: Luciano, un simpático pescadero de un barrio humilde de Napoles con anhelos actorales, decide presentarse a un casting para ingresar a Gran Hermano. A la espera de un llamado de la productora, los días pasan al ritmo de una sustanciosa obsesión, mientras su vida y la de su mundo circundante irá transformándose de a poco. Los ribetes de la trama podrían antojarse superficiales u ociosos, pero la película elude siempre con elegancia exhortar a su héroe -inmerso en los mecanismos del negocio audiovisual- mediante una mirada enteramente compasiva o sobradamente condenatoria. No sorprende que muchos esperaran un film que se ubicara en la trinchera frente al mundo televisivo. Pero Garrone explicó, dejando bien clara su postura: "mi intención no era hacer una película de denuncia o contra un cierto tipo de televisión. Queríamos hacer una fábula moderna, así como un viaje a los infiernos de un personaje que pierde su propia identidad”. Por eso definió al personaje de Luciano como un “Pinocho moderno, cándido, ingenuo, que persigue el sueño del éxito fácil en la televisión, el nuevo Eldorado que nos acerca el Olimpo, un nuevo País de los Juguetes”.

Con un equilibrio exquisito para oscilar entre la remisión al cine clásico italiano y a cierta ambigüedad del cine moderno, el film conjuga un clima en ciertos tramos balsámico y en otros irresolublemente arrollador. Pero sobre todo se destaca, una manera de empatizar con los actores mediante el recurso de la cámara en mano, y la progresión de extensos planos secuencia remitiéndonos a la estructura coral de algunas obras de Fellini; y el virtuosismo dramático de su actor principal que reactualiza la comicidad de Alberto Sordi o Vittorio Gassman. Valga el dato de color: Garrone esperó varios años (desde el proyecto de Gomorra) para trabajar con Aniello Arena, un prodigio de la actuación salido de la cantera dramática de la Compagnia della Fortalezza, que se encuentra cumpliendo condena hace 22 años (tiene cadena perpetua) en la cárcel de máxima seguridad de Volterra en Pisa, por haber sido sicario de la Camorra.

Si bien Garrone dialoga con la tradición del cine italiano, construyendo un monumento evocativo de estereotipos, y motivos variopintos (la grande famiglia bulliciosa omnipresente en las decisiones privadas, lo comunitario como esencia benevolente, rostros grotescos, tragicómicos  que prefiguran una “arquitectura” de la humildad); hay algo en el tratamiento que se escapa al simple homenaje nostálgico, una cuota de abstracción en el desenlace, un relato que siempre va corriéndose de su eje, que por momentos se pierde en subtramas y no parece buscar un centro neurálgico para aferrar sus acciones a un hilo preciso, para -finalmente-  reencauzar el pulso de la historia en la non sancta redención de un personaje aturdido.

Porque en definitiva, en Reality el héroe protagónico fagocita su propio escenario con un dilema irresoluble en el juego relacional con la multitud que lo rodea. Los laberintos de la psiquis de Luciano (su obsesión por triunfar en la TV como señuelo) terminan por eclipsarlo todo. Hasta el pintoresco barrio, la familia, la dimensión del trabajo, los entretelones mismos del Big Brother se diluyen, en la comedia de enredos que tiene a su propia mente como única locación. Luciano es un personaje que comienza sin ofrecer demasiados matices y que -conforme pasa el tiempo- cobra una complejidad en la que incluso, gradualmente, va perdiendo las cifras perceptuales del mundo cotidiano. La gradación que se percibe en Reality es la que va de la comedia familiar al film de cuña paranoide, con un dejo onírico que va haciendo trastabillar nuestra noción de realismo. Cierta parábola también podría apreciarse con lo que sucede entre Gomorra y Reality. La primera dejaba el gusto amargo de registrar un mundo corrompido y sin escapatoria, el de la estructura criminal: la mafia y el poder empresarial. En la segunda -en esa especie de extravío espiritual en los jardines artificiales del deseo masmediático– se puede vislumbrar una redención posible.