Con ojos de niña

Luego de haber viajado por una larga lista de festivales internacionales, Carla Simón visitó Argentina para presentar su película Estiu 1993 en la Competencia Internacional del 19° Bafici. Además de cautivar al público y a la crítica, conquistó al jurado oficial, quien la eligió como la mejor directora de la competencia. Perplejos ante la sorpresa de esta valiosa película, entrevistamos a la directora española que transformó su historia personal en una obra maestra.

Antes de filmar Estiu 1993, una película protagonizada por dos niñas, hiciste un documental y un cortometraje también con niños. ¿Por qué elegís de manera recurrente narrar desde el punto de vista de un niño?

Supongo que el hecho de haber vivido una experiencia muy fuerte durante mi infancia hizo que tuviera más sensibilidad hacia las historias sobre niños. Me parece que la infancia es una época muy importante en la vida de las personas y a mí siempre me ha interesado explorar la psicología de los niños, su complejidad y sus procesos de crecimiento. De hecho, llevo toda mi vida trabajando con niños. De los 15 a los 25 trabajé en una escuela de verano como monitora, y a partir de los 25 empecé a darles clases de cine a niños. Ahora mismo colaboro en un proyecto muy bonito que se llama Cine en Curso. Y evidentemente me encanta dirigir niños en películas porque es como jugar con ellos, ofrecen momentos imprevisibles y mágicos que ayudan a dar mucha verdad a la historia que estás contando.

 

¿Cómo es trabajar con niños y que resulten espontáneos y creíbles?

Para mí lo más importante es que los niños puedan creerse lo que están haciendo; si ellos se lo creen, el público también. Pero para llegar a eso hace falta un proceso de trabajo largo e intenso. En el caso de Estiu 1993 el primer paso fue encontrar a dos niñas que se parecieran a los personajes de la historia, de esta manera no tenían que actuar o crear otro personaje sino que podían ser ellas mismas jugando a interpretar las escenas del guion. Hicimos un largo proceso de ensayos en Barcelona. Juntaba a las niñas con los adultos para que se fueran conociendo y hacíamos improvisaciones previas a la historia. Eran improvisaciones muy largas, de horas, en las que los actores jugaban a ser los personajes haciendo acciones muy cotidianas, como ir de paseo, ir a comprar, cocinar… Trabajamos por grupos en función de las relaciones de la historia. Por ejemplo, Marga, Esteve y Ana pasaron mucho tiempo juntos mientras que Frida pasó mucho tiempo con Lola y los abuelos. Luego nos trasladamos dos semanas a la Garrotxa, donde rodamos la película. En ese momento entró Laura Tajada, la coach de las niñas, ya que era importante que ella también las conociera bien. Durante estos días ensayamos las escenas concretas de la película en las localizaciones donde rodaríamos, fue muy útil para que las niñas tuvieran una idea de lo que tendrían que hacer y para que nosotros viésemos cuál era la mejor manera de sacarles lo que necesitábamos de ellas.

Durante el rodaje no teníamos un método concreto, había escenas en que les contaba a las niñas exactamente lo que tenían que hacer y decir, hablándoles durante la toma y guiándolas, y otras en que les dábamos más libertad, para que improvisaran el diálogo siempre a partir de momentos que les habíamos observado. Una cosa importante fue la decisión de rodar planos largos para que los actores entraran en la acción de principio a fin. Esto ayudaba mucho a dar esta sensación de espontaneidad ya que con las tomas largas siempre surgen cosas imprevistas, aunque a veces también lo complicaba ya que una sola mirada a cámara nos hacía repetir toda la escena.

 

Estiu 1993es un relato basado en una experiencia personal. ¿Cuánto tiene de autobiográfico y cuánto de ficción?

La historia de Frida es mi propia historia, yo perdí a mis padres por SIDA cuando era pequeña y me fui a vivir con mis tíos durante el verano de 1993, cuando tenía seis años. Cuando eres tan pequeño y vives algo tan fuerte la memoria se borra, como si quisiera que empezaras de nuevo sin recuerdos anteriores. Por esto hice un ejercicio de evocar sensaciones y emociones que podía sentir durante este período de mi vida, buscando luego situaciones ficcionadas que me permitieran expresar estas emociones. También me apoyé muchísimo en lo que me contó mi familia, que siempre eran anécdotas muy reveladoras de la situación que estábamos viviendo. Así pues, la película es una mezcla de memorias y ficciones, hasta el punto de que ahora mismo ya no sé qué pasó de verdad y qué me inventé yo. De hecho, cuando has contado tantas veces tu propia historia y has transformado los recuerdos que la rodean, esta se convierte en un relato con el que a veces te identificas y otras veces parece un cuento o la historia de alguien ajeno.

 

La película, a pesar de estar llena de muerte y duelo, es un relato luminoso y chispeante. ¿Por qué elegiste ese tono en lugar de uno trágico? ¿Cómo se logra eso?

Para mí era muy importante defender la idea de que los niños son niños, que a pesar de que les pase algo trágico no dejan de jugar o de reír. Frida acaba de perder a su madre pero no se pasa todo el día pensando en la muerte y echándola de menos. Se pone en “modo supervivencia” para tirar adelante, intentando encajar en un nuevo mundo con una nueva familia. Esto implica que la niña vive situaciones complicadas pero también otras que son bonitas, las relaciones que se van creando siempre contienen algo de la esperanza de volver a ser amada. Al final es una historia feliz, Frida llega a una familia donde crecerá fuerte y sana, y era importante que esto quedara reflejado. Y evidentemente la muerte está presente todo el tiempo, porque aunque Frida intente volver a empezar no puede ignorar que aún tiene que pasar su duelo y entender lo que significa que su madre no va a volver nunca más.

Para que la película no tuviera un tono sentimentalista era importante trabajar eso desde el guion, buscar maneras de no ser explícitos, de construir la información con sutileza, y también desde la cámara, rodando las escenas con la distancia justa entre el personaje y la cámara, sin ser intrusivos ni querer invadir sus sentimientos. De todas maneras, que la película se ajuste al tono que el director tiene en la cabeza es algo muy complicado en mi opinión: siempre hay algo que se te escapa, como si la película tomara su propia forma. La verdad es que una de las cosas con las que más satisfecha estoy es precisamente esto, haber conseguido este tono que para mí era importante pero no sabía hasta qué punto podía ser crucial para la película.

 

Una de las escenas más intensas de la película es la del llanto explosivo de Frida, es imposible no ponerse a llorar con ella. ¿Imaginabas que iba a generar esa respuesta en el espectador?

Esta escena siempre estuvo en el guion, desde la primera versión tuve la intuición de que la película tenía que terminar así. De hecho, me acordaba de que de niña tenía cierto sentimiento de culpabilidad por no haber llorado el día de la muerte de mi madre. Cuando mi madre-tía me contó que un día saltando en la cama empecé a llorar sin parar, me pareció que ese llanto tenía que llegar en un momento importante de la historia. Lo que nunca imaginé era la respuesta que generaría en el espectador, fue una absoluta sorpresa y lo sigue siendo cada vez que proyectamos la película. ¡Es muy fuerte ver a la gente llorando cuando se encienden las luces! Es la magia del cine, para mí es muy especial haber contado la historia que quería y que le llegue a la gente de esta manera tan emotiva.

 

Estiu 1993

De Carla Simón

2017 / España / 96’