Conciencia coreográfica

El lugar común es decir que es una mujer orquesta, pero Romina Paula se parece más a una melodía. De esas que pegan bien en el cine, en el teatro y en la literatura, y que pueden ser parte de un entramado coral (el cine de Piñeiro) o un estribillo hitero de narraciones tanto propias como ajenas. Si hasta suena lindo cuando es entrevistada.

Además de las muchas entradas de su currículum, entre las que se cuentan actriz, dramaturga y escritora, Romina Paula ostenta el raro privilegio de ser una de las figuras más reconocibles del cine de Matías Piñeiro. Ahora que se estrena La princesa de Francia, le preguntamos por su experiencia en las películas de Piñeiro, pero también aprovechamos y le pedimos que nos cuente de Resfriada, la inhallable y singularísima ópera primade Gonzalo Castro (el prolífico hombre-orquesta del cine argentino) que la tenía como protagonista excluyente, y sobre sus dos libros, pequeños tesoros cuya clave pasa de unos lectores a otros como si se tratara de una contraseña secreta para la felicidad.

 

¿Cómo fue que entraste a esta máquina de hacer películas de Matías Piñeiro?

Fue antes de que fuera una máquina. Hicimos un corto que después terminó siendo El hombre robado, pero el origen verdadero fue A propósito de Buenos Aires, que era una película en conjunto con varios directores. Estábamos María Villar y yo, que todavía sobrevivimos, ya con un par de arrugas encima. Después de eso vino la primera película de Matías solo, El hombre robado, que en principio era un corto en fílmico y en blanco y negro. Ese corto se convirtió en largo y hubo algo accidental en el medio, como que se develó un rollo, o hubo un rollo vencido, había una cosa extraña. No sé si eso tuvo que ver con que se convirtiera en largo, no me acuerdo. Después pasó que Matías de alguna manera siempre consiguió ganar premios en festivales independientes, aunque sea para terminar las películas y, a veces, cuando los premios eran en plata, se guardaba algo para la próxima. Entró en un mecanismo: filma una por año, más o menos. Primero estaba el motivo Sarmiento, que después cedió ante el motivo Shakespeare. Es interesante eso: una película lo lleva a hacer otra en la que todavía no terminó de desarrollar lo de la anterior, y siempre con un procedimiento similar, profundizando, ampliando, experimentando con eso que le interesa que ahora es Shakespeare, y con esa forma de filmar medio fragmentada, con repeticiones y falsas pistas. Ahora yo estoy un poco vieja. ¿Viste que los muchachos medio que rejuvenecieron, siempre son jóvenes, y las chicas seguimos siendo las mismas? Ahora, enLa princesa de Francia, Julián (Larquier Tellarini) nos queda un poco joven a todas. La próxima tengo que hacer de madre joven. Quedamos los muchachos y las señoras (risas).

 

¿Y para vos cómo fue actuar en sus películas? ¿Te demandó un trabajo distinto a lo que ya habías hecho?

Es distinto. El trabajo en las películas de Matías no es psicológico ni psicologista, es bastante técnico. Los textos los termina de trabajar con nosotros en ensayos, pero en realidad después el guion es duro. Como las tomas son muy coreográficas, el movimiento de cámara suele ser muy preciso y muy importante, así que todo se hace al modo fílmico antiguo: vos tenés que ir, pararte ahí, ahí y ahí, y el texto tenés que decirlo acá, este acá y este otro acá. Mi recuerdo de filmar con él se relaciona mucho con una conciencia coreográfica, en la que además eso después tiene que estar diluido: que no parezca que estás mirando esa marca o esa otra marca, que no se vuelva demasiado rígido. La repetición hace que no haya tanto un personaje como una figura, y para mí como actriz eso demanda cierta naturalidad, ritmo y poder. Es estar resolviendo una coreografía con mucha conciencia de cámara, a diferencia de otras películas más narrativas, en las que estás más pendiente de llegar a un estado emocional.

 

Para el que ve las películas, también hay una cosa muy fuerte con el gasto físico. En El hombre robado a vos te pasaba menos, pero María Villar estaba toda la película corriendo por el Botánico.

Sí, es verdad: ella corre, corre, corre. En el corto de A propósito de Buenos Aires había más acciones todavía, y había muy poco texto: yo saltaba una verja, entrábamos en una fábrica, la recorríamos, yo rompía un vidrio, buscábamos cosas, desenterrábamos unos libros. Si bien ahora con Shakespeare la palabra terminó tomando preponderancia, lo coreográfico estuvo siempre.

 

Pero, incluso antes de Shakespeare, ustedes hablaban y leían en voz alta a Sarmiento mientras se movían. Esa cosa de moverse y hablar estaba todo el tiempo en marcha.

Sí, totalmente. “Moverse y hablar” podría llamarse una nota sobre el cine de Piñeiro, sin duda. Y en el caso de los textos de Sarmiento nunca hubo nada muy psicológico; era muy formal, lo que importaba era la musicalidad de ese texto. Nosotros, los actores, no teníamos un vínculo intelectual con lo que decíamos; se trataba de un texto y de su sonoridad.

 

¿Cómo fue tu experiencia en Resfriada?

Debés ser una de las cinco personas que la vieron, porque solo se dio en ese Bafici (el de 2008); de hecho, yo no la tengo. Justo hace un rato estuve con Gonzalo, y siempre me dice que está haciendo un nuevo corte, no sé bien qué. La quiero ver porque es tan sobre mí que sería como mirar un álbum de fotos de esa época.

 

Vos estabas en plano casi todo el tiempo.

Sí, bastante. La resfriada era yo. Nunca pensé que fuera a convertirse en una película, porque parecía que era solo Gonzalo experimentando con su cámara, y después estuvo la humorada de que la presentó en el Bafici, ¡con la mala suerte de que ganó el premio a Mejor Director! Fue el mismo año de Historias extraordinarias; parecía un chiste, eran las antípodas del cine.

 

¿Creés que hay algo incómodo enResfriada? ¿Por qué pensaste que nunca se iba a ver?

Pero es un problema mío eso; nunca creo que las cosas se van a dar, y después… Te tenés que hacer responsable en algún momento. Yo estuve delante de la cámara, no es que Gonzalo me lo robó. Todo fue medio inconsciente. En ese momento me generó cierta molestia porque la película estaba muy cerca de mí, y de hecho fue un tema entre nosotros, no de pelea pero sí algo incómodo. Cuando me dijo que la había presentado al Bafici no lo podía creer, me sentí violentada y, al mismo tiempo, jodete, piba: estaba haciendo una película, no fui engañada. Ahora igual me encantaría verla.

 

¿Y está preparando un corte nuevo de esa película?

Sí, pero creo que me lo dice porque yo se lo estoy pidiendo, no sé si es cierto (risas).

 

En otras entrevistas, cuando contás cómo fue la publicación de ¿Vos me querés a mí?, también lo describís como algo azaroso, que se fue dando como si vos no hubieras hecho nada para que ocurriera.

Sí, pensaba eso, estoy espantosamente lavándome las manos de todo. Se ve que es mi sensación respecto de las cosas; por ahí a esta altura de mi vida debería hacerme cargo de algo. Tampoco sé cómo hubiera sido todo el proceso si no hubiera sido azaroso, no sé si alguien dice “voy a escribir una novela”, lo hace y la pública. Sobre todo en un país como este, donde todo es bastante más random. Es que a los 25 años, en Buenos Aires y en ese momento (2005), no era tan probable publicar un libro. Ahora hay un montón de editoriales independientes y es bastante más posible. Además tenía un material que no sabía si se podía llamar novela, así que sí, para mí fue bastante azaroso que me la publicaran. Y que se leyera, aunque sea en un mundo muy pequeño: sigue estando a la venta y hay gente que la compra, no sé quién. Como que es un libro, eso quiero decir; cuando escribía esas cosas estaba lejos de pensar en publicar. Después de eso perdés la inocencia, y ya Agosto (2009) la escribí pensando en que era probable que alguien la leyera. Es algo parecido a las primeras películas de Piñeiro; ahora conocés más el mercado y sabés que hay ciertas causas y consecuencias que son esperables, como que una película de Piñeiro esté en el Bafici y que eso no sea raro. También sé que es probable que la novela que estoy escribiendo ahora me la publique Entropía.

 

¿Cómo armaste ¿Vos me querés a mí?? Es una novela muy particular, sobre todo a la luz de Agosto, aunque tengan puntos en común. Tiene una estructura un poco dislocada que se divide en diálogos y monológos.

Yo estaba escribiendo esos diálogos y me los tallereaba Juan Martini. Y por otro lado tenía los monólogos, que era algo mío, más confesional. No puedo recordar en qué momento se me ocurrió unir esas dos cosas. Sí sé que a lo de Martini llevaba los diálogos, y me parecía gracioso porque iba a su departamento, él era todo un señor escritor, y yo venía con esas pavadas y las tratábamos como si fuera material literario. Él fue el que me recomendó a Entropía.

 

Hay una oralidad que surge mucho de las palabras que usás, pero también del ritmo de la puntuación, por ejemplo: de la falta de comas, de pausas.

Yo siempre escribí cuadernos, pensamientos, que podían ser sobre cualquier cosa, sobre cómo me siento, una anécdota, una película; todo nace de una necesidad muy catártica. Ese tono sin pausa y de blablablá o de fluir de conciencia es un poco el modo en el que siempre escribí. Y para mí tiene mucho que ver con la escritura a mano: toda la escuela la hice “a mano”, tuve una computadora recién en el 96, en mi último año de secundaria. El cero de una novela es a mano, yo me formé escribiendo así, con ese silencio. La primera persona de mis libros viene de ahí.

 

Por un lado hay una cosa fuerte con la oralidad, con romper la gramática, pero a la vez está la imposibilidad de nombrar algo, no sé qué: alguna especie de experiencia, algo que vuelve todo el tiempo.

Sí, como que le da vueltas a la cosa, ¿no? Hay muchas repeticiones, mucho “bah, no sé, digo”, todo así. Me parece un libro muy angustioso, pero recuerdo toda esa época como muy angustiosa, la de los veintipocos como mujer en Buenos Aires; me acuerdo del libro como queriendo tratar angustias de ese período de mi vida, pero con pudor, por eso también está eso de no poder nombrar. Y ahora la novela que estoy escribiendo es la misma voz, tiene algo narrativo como Agosto pero es un poquito más ambiciosa: pasan un par de cosas más.