Crónica de un insider cachondo

Tras su paso por la 28º edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, el documental Gabor, de Sebastián Alfie, ganó el premio al Mejor Director y el Premio del Público en la Sección Documental del Festival de Málaga, que se desarrolló del 21 al 29 de marzo. En esta nota, el director argentino radicado en Madrid narra su fugaz día de gloria en la “red carpet”.

Cuando me despertó la llamada de mi productor a las 8:15, intuí que podía traer buenas noticias. “¡Te volvés a Málaga, boludo!”, soltó el catalán, que solo usa ese argentinismo cuando está muy contento.

Yo hacía dos días había vuelto del Festival, donde había presentado mi documental Gabor en una sala malagueña. La verdad, no tenía demasiadas ilusiones de premio. Hay 23 documentales en concurso, y Gabor no pintaba para candidato. No tiene denuncia social, casi no hay gente hablando a cámara, y aunque bascula sobre la ceguera es una comedia, motivo suficiente para que sea considerado una rara avis por los programadores que, sencillamente, no saben dónde ponerla. O, como dijo mi productor, Albert, “nos dan Mejor Director porque no pueden darle Mejor Documental, ya que es muy rara para recibir ese premio”. En fin, las reglas de la mercadotecnia cinéfila se van revelando siempre tarde para mí y, a pesar de lo que digan los gurús, uno nunca sabe lo que va a pasar con su peli.

Gaborse estrenó en la prestigiosa Seminci (fuera de competición) y pasó por Mar del Plata (también fuera de competencia). Yo me consolaba diciéndoles a mis amigos que “es tan buena que no la dejan competir”. Pero internamente deseaba calzarme los guantes y pasar por un festival en igualdad de condiciones, aunque sea para volverme con un ojo morado.

Pero esto no ocurrió, y la proyección fue bastante bien. No sé si en este caso fueron las risas de Ana, mi mujer, que desde mi lado le dio a la audiencia el permiso de reírse de un tema jodido. O quizás fue la presencia de mi protagonista, Gabor, que con su perro guía terminó por conquistar a los jurados en el coloquio posterior. (Gabor es todo un personaje, pero eso sería motivo para otra nota que, directores de Haciendo Cine, desde aquí les sugiero sutilmente).

La cosa es que sonó la flauta y un par de días después, recién despertado por mi productor, me llaman del Festival y me confirman que me tengo que volver de Madrid a Málaga. No solo eso: que me vaya preparado para la alfombra roja. The red carpet! Mágicas palabras que nos transportan inmediatamente al Teatro Kodak de Los Ángeles. ¿Cómo se prepara uno, que es de Villa del Parque, de al lado de la cancha de All Boys, para esa experiencia?

Google Imágenes. Miro fotos de otras ceremonias. Teatro Cervantes de Málaga. Mucho público. Groupies. Actores famosos. Antonio Banderas, Melanie, la mar en coche. Y todos los muchachos de riguroso pingüino. ¿Qué debo hacer? ¿Trajeado o un saco piola y unos jeans? Decido investigar al rey de los modernos y recurro a Wes Anderson. Nunca de negro, nunca una camisa blanca. Trajes de terciopelo marrón, camisas a cuadritos azules y blancos, corbatas tejidas a mano. Pero yo no tengo la onda de Wes. De hecho, estoy tan lejos de él como Álvarez Jonte de Sunset Boulevard. Decido que, por ser mi primer festival, voy a ir a lo clásico.

“¡Anaaaaa!”, grito a mi chica, “¡¿dónde está mi saco negro?! Luego de buscarlo infructuosamente por toda la casa y de descartar que mi hija adolescente lo haya birlado para hacerse una selfies eróticas para su Instagram, colijo que está en la tintorería desde tiempos inmemoriales.

Me presento allí, sin el cupón. Le digo a la dependienta: “Hola, hace unos meses, aproximadamente, dejé aquí un saco negro…”. “¿Tiene el ticket?”, me dice, con ojos que denotan irritación ante el poco respeto que el cliente, en general, tiene con las formalidades del mundo tintoreril. No alcanzo a decir “no” cuando con voz resignada me suelta “dígame sus apellidos”.

Al final no sé cómo hizo, pero apretó un botón y mi saco negro apareció en un riel automático, oculto entre otras ropas. Y ahí, querido lector, me emocioné: mi saco olvidado y rescatado era la metáfora perfecta del director que espera su momento y que, mágicamente, es rescatado por algún Dios distraído que perdió su ticket.

¿Camisa blanca? Tengo. ¿Zapatos? También. No me falta de nada, como dicen acá. Hasta aparece el cinturón negro que me acompaña desde las épocas de Coppa y Chego.

El viaje en tren no tuvo mayor interés que el frenesí que en las redes sociales causó la noticia del premio. Evidentemente es mi día de gloria, y al llegar a la estación de Málaga tengo 15 followers más.

Me espera una malagueña con un cartel con mi nombre y un Audi Quattro. Me siento Victoria Beckham y, para confirmar que soy una Spice Girl, una andaluza teen, smartphone en mano, me pide hacerse una foto. “Así que esto es la fama”, pienso, hasta que un comentario de mi admiradora me devuelve a la Tierra: “Gracias por la foto, no importa que no seas famoso”. En fin, corramos un tupido velo.

Al llegar al hotel nos reciben las gritonas. El festival es famoso por estas groupies que aguardan horas la llegada de sus ídolos, actores que vienen aquí a darse un baño de masas y a competir por quien genera más decibelios de estas simpáticas y hormonales adolescentes. Ellas, que al verme bajar del Audi no pueden ocultar su decepción: no, no soy Hugo Silva, Mario Casas o alguno de los musculosos héroes gallegos de la pantalla.

Check in. Habitación 310. Pido plancha y Ana me hace la raya del pantalón negro, que se había ido por fade hacía varios Bar-Mitzvah. Tengo que aclararles que esto no es el Bafici. Aquí no valen unos chupines, una remera de Félix y unos anteojos gafapasta. Esto es show business, las chicas van de largo y nosotros, elegantes.

Y qué chicas. Unos fuselajes que harían la envidia de la aviación norcoreana. Les hablo de lo más granado del ADN local. Unas bestias alimentadas durante generaciones con jamón pata negra. Realmente, para un hombre casado, cuesta mucho que los ojos no se vayan a pasear por ahí. Cuando bajo al lobby del hotel tengo que recurrir a un autocontrol de hierro, si no quiero perder puntos con Ana, que me mira como diciendo “disimulá un poco, por lo menos”. Momento duro.

15 h. Photocall y rueda de prensa. Me enfrento a una pared de fotógrafos que me acribillan y de nuevo me siento Susana, aunque sin Jazmín no es lo mismo. Pasamos a un cocktail en el que me presentan a los otros ganadores. Yo estoy en la sección documental, que es, como dice mi productor, “el rincón de los frikis”.

A grandes rasgos, el festival se divide en dos: la sección oficial y la documental. Yo recibí, en mi sección, Mejor Director y Premio del Público. Eso no impide que pase por un momento de semihumillación cuando me enfrento a los periodistas que ven desfilar, frente a sus ojos, a todos los ganadores. Hago una declaración de lugares comunes: “gracias al festival, estamos muy contentos de bla, bla, bla…”, y cuando se abre la ronda de preguntas ningún brazo se levanta. No están aquí por nosotros, sino por la carnaza, las películas de la sección oficial y los rostros conocidos. Para olvidar el momento me entrego a la bebida y brindo con otros frikis del documental.

Los que ganaron el primer premio son los chicos de Ciutat morta, un docu catalán que cuenta un caso de corrupción política y policial en Barcelona (¿qué, se pensaban que en el ISPA tenemos el monopolio? En todas partes se cuecen habas).

Resulta que en 2006 unos policías fueron a desalojar una casa okupa. Cayó una maceta y uno de los policías quedó en coma. Inmediatamente, salieron a detener a gente para hacerles pagar el pato. Entre ellos Rodrigo Lanza, que solo por pasar por ahí se comió seis años de cárcel. Otra chica, Patricia Heras, no pudo aguantar el hecho de estar acusada sin ser culpable, y en el primer permiso salió y se suicidó. Bienvenidos a Españistán.

El docu dura dos horas y representa el movimiento de cine de denuncia que comenzó con el 15-M, los famosos indignados. Se denuncia la represión, la corrupción y el trato que se les da a los inmigrantes ilegales. Hace un mes la Guardia Civil disparó pelotas de goma a unos pobres marroquíes que intentaban llegar a nado a Ceuta. Murieron 14. Por supuesto, ningún cana fue preso y no hay culpables. El Ministro ni siquiera estornudó. Pero bueno, hagamos como los españoles de bien, cerremos los ojos y dediquémonos a la buena vida.

Quedan dos horas para la ceremonia y aprovecho para cumplir con mi deber conyugal y tomar una pequeña siesta, como mandan los cánones. Se viene la entrega de premios y hay que prepararse. Haciéndole caso a Darín, tomo la segunda ducha caliente del día y me disfrazo de pingüino. La raya del pantalón impoluta, enhiesta, es un símbolo de las grandes cosas que están por venir.

Lobby. Famoseo. Otro Audi, más grande aún, nos lleva a la experiencia suprema: la alfombra. Es como si todas las teenagers desde Sevilla hasta Granada se hubieran dado cita en 200 metros de frenesí y gritos. Polis, fotógrafos, bellas relacionistas públicas con tres teléfonos, seguratas grandes como un mueble. ¡Y encima a la hora mágica!

Yo bajo del coche intentando que me confundan con alguna estrella, pero no logro despertar el entusiasmo de las chicas. Solo cuando me acerco a ellas y les pido que griten como si fuera alguien importante logro una reacción tipo Beatles, pero muy descafeinada. Quévacé. Me refugio en el catering.

Hay comida como para una boda o dos y nos dedicamos a la pitanza y la libación. Empiezan a llegar los famosos: algún argento, como Ernesto Alterio, Esmeralda Mitre o Alejandra Almirón, otra integrante de nuestro grupo friki, que ganó con Equipo verde el Premio Especial del Público. Y amigos gallegos, como el director Chema Rodríguez, que presentaba Anochece en la India, con su productora llamada, proféticamente, Sin un Duro. Y es que la cosa aquí no está fácil.

Actualmente en España no hay marco legal. Están todos peleados, gobierno facha y cineastas, y por lo tanto no se promulgó la ley de cine ni la de mecenazgo. O sea, las productoras chicas no tienen crédito, por lo tanto no hay producción de clase media. Están las millonarias, tipo Lo imposible, o las de bajo costo, como 10.000 kilómetros, que acaba de ganar mejor película del festival y se produjo con 300.000 euros. Dos actores en un piso, como dice un amigo. Crowdfunding y pedir muchos favores. Es la única fórmula a la que podemos optar los que estamos empezando. O las coproducciones con Argentina: para muchos cineastas y productores españoles Ibermedia empieza a ser una muy buena opción, pero poniendo como socio importante al INCAA y dejando la parte menor a los hermanos pobres, los españoles. Como lo escuchan.

Pero no hay más tiempo para canapés: nos llaman a sentarnos en nuestras butacas.

El teatro es muy lindo y de postín: construido en mil ocho y algo, representa una especie de Colón en miniatura. Miro las luces y los palcos, miro a Pepe Sacristán con su polera y a Lolita Flores de largo, y me alegro de haber recuperado mi saco negro de la tintorería.

Soy el quinto en la lista de los que suben a recoger el premio, y cuando dicen mi nombre me arrepiento de no haber tomado el Lexotanil que Ana, tan sabiamente, me ofrecía en el hotel. Mi corazón es como una paloma que intenta escapar. Encaro el pasillo e increíblemente, al subir al escenario, no me caigo en la escalera. Un par de actores tipo Ken y Barbie me reciben y me besan. La estatuilla parece un arma homicida de novela de Agatha Christie y pesa un huevo.

Me acerco al micrófono. Luces de frente tipo interrogatorio. Hablo de memoria y me aferro al guion que he repetido por lo menos treinta veces en las últimas 48 horas. Lo he repetido mentalmente en la ducha, en el tren, en el coche camino al teatro, mientras Ana me hablaba en la cena… (sorry, gordi).

Lo digo con solvencia. Suelto un chiste. Recibo unas risas tibias. El stand-up no es lo mío. Le dedico el premio a Ana y le declaro mi amor. Aplauso sincero del Teatro Cervantes. Digamos que saqué un empate, sumé puntos con la jabru, así que me retiro con mi premio a bambalinas.

A partir de allí todo es fiesta y algarabía. Hay una sucesión de brindis con otros premiados, un saludo a Emilio Aragón… ¿no saben quién es? Emilio es uno de los peces gordos del cine y la tele españoles. Presenta una peli en el Festival (protagonizada por Robert Duvall), fue dueño de un canal de tele que vendió luego por millones de euracos… quizás lo recuerden por su nombre artístico: Milikito.

Mi productor nos lleva a mí y a Ana a un bar típico, e invitan tragos los ganadores a la mejor película, los de 10.000 kilómetros. Tienen cinco premios sobre la mesa, junto a las botellas de Rioja que empiezan a acumularse y a las tapitas de pimientos, de patatas bravas y de calamares.

Salimos del bar y ya somos todos un grupo. Alguien propone ir a un karaoke que le recomendó un taxista. Bastante perjudicados ya, asentimos y comenzamos a caminar. Salimos del casco histórico. Salimos de los lugares iluminados. Yo creo que incluso salimos de Málaga. Al final llegamos a un barrio semiindustrial donde nos recibe un bar cochambroso que parece un puticlub, huele como un puticlub y tiene la decoración de un puticlub. Pero no. Es una especie de tablao flamenco improvisado, en el que un láser verde dibuja rayas en el humo, una tele gigante pasa un programa de invitados en el que una señora gorda vestida por una vestuarista llora porque le robó a su madre y ahora se arrepiente.

Nosotros entramos como elefante en una cristalería, con nuestras ropas de boda, nuestros premios y, lo más importante, la adorable Oona Chaplin, nieta de Charles y bisnieta de Eugene O’Neill y, por la forma en la que mueve el bum-bum como baila, una crack de las danzas flamencas.

Los tragos de licor malo pasan de mano en mano. Un gitano musculoso con barba cuidadosamente recortada agarra una guitarra y comienza a cantar. Le dedica una rumbita a la continuadora del apellido Chaplin (por cierto, Tania, de Juego de tronos), que responde bamboleando y zapateando como si un asteroide gigante estuviera por impactar con la Tierra en cinco minutos.

Todos damos palmas emocionados. Ana, incluso, me perdona por mirar demasiado rato a Oona (mi dedicatoria sobre el escenario dio resultado). Los gitanos (los verdaderos) y los del cine (nosotros) nos fundimos en un alegre grupo multicolor en el que no hay distinción de raza; es la maravillosa hermandad del ser humano etílico.

A partir de allí los recuerdos son borrosos. Gente visitando el baño. Un porro de hash que circula mientras otro se lía. Camisas sudorosas que huelen a perfume caro. Cuerpos esbeltos, manos de distintos sexos que sin sutileza recorren sus talles. El aire frío de la calle. La aparición milagrosa de un taxi, que nos devuelve la esperanza de que existe Algo Superior. La cama de hotel, enorme, en la que, dulcemente, nos vamos convirtiendo en mañana.

Sol. Tren. Otro tren. Casa. Valijas. La vida, cruelmente, me devuelve a mi sitio. La estatuilla del premio parece más pequeña y brilla menos. Los micrófonos se han apagado. No hay fotógrafos cuando saco la bolsa de basura ni cuando meto la ropa a lavar. El Audi se ha convertido en calabaza, y yo, cual Ceniciento resacoso, me maldigo secretamente: por qué corno no tendré una peli nueva en marcha.