Crónicas de Cannes: la pista nacionalista

Transcurridos sus primeros cinco días, el festival llegó a su punto más alto con La Chambre bleue, del francés Mathieu Amalric, y al más bajo con The Captive, del canadiense Atom Egoyan. Breve comentario sobre el entusiasmo generalizado por Relatos salvajes, de nuestro Damián Szifrón, y sobre la dormida invernal del turco Nuri Bilge Ceylan.
Wintersleep

En un festival en el que el nacionalismo rankea muy alto (y no estoy hablando solamente de mis compatriotas), los franceses pueden quedarse tranquilos. La Chambre bleue, de MathieuAmalric, presente en la Quincena, es hasta ahora la mejor película vista en el festival. Después de esa obra maestra que es Tournée, Amalric cambia de registro y realiza una adaptación de la novela de Georges Simenon del mismo título. Filmada en formato 4:3 (adelantándose a Lisandro Alonso y su Jauja) y pequeña en el mejor de los sentidos, la película parece destinada a pasar desapercibida en un festival que sufre de elefantiasis y apuesta por películas que no pasarían jamás un control antidoping. En este estado de las cosas, Amalric elige ir por otro lado y realiza un film de cámara, heredero de Chabrol y con algunas imágenes que remiten a Manoel de Oliveira, sin transformarse jamás en un simple juego de referencias cinéfilas. La historia de la película cuenta, como en gran parte de la obra del escritor, un crimen pasional en un pequeño pueblo de la costa francesa. La película va y viene en el tiempo, acumula pistas y hasta se da el lujo de filmar una escena de juicio. Pero lo importante aquí no es resolver un misterio (Amalric es un cineasta y no un hábil guionista), sino registrar los cuerpos de los protagonistas, la ciudad, la habitación de un hotel de paso que marcará definitivamente la vida de los protagonistas. De ser posible la definición, Le Chambre bleue es una pequeña obra maestra. Pequeña y grande a la vez, como Amalric, quien en un brillante momento de la película no duda en burlarse de su escasa estatura.

Los canadienses, por otro lado, están en problemas. The Captive, de Atom Egoyan, es una película tan ridícula como mala en todas las acepciones de la palabra. En la tierra donde Serge Daney utilizó la palabra abyección, Egoyan cuenta la historia de una familia afectada por la desaparición de su pequeña hija capturada por una red de pedófilos perseguidos por un grupo de policías especializados en ese tipo de crímenes. Esta breve descripción de la trama debería servirnos como una advertencia de que nada bueno puede salir de semejante historia. Pero esto no es todo: la película está protagonizada por actores “famosos” (Ryan Reynolds y Rosario Dawson) y otros ya olvidados pero recuperados por Egoyan de algún estante de un videoclub (Scott Speedman), quienes, en su intento de sufrida y solemne seriedad, solo hacen el ridículo. Alguien me comenta que la película, a pesar de su tema, no se toma nunca en serio. De ser esto así, a la ineptitud del director canadiense habría que agregarle también que se trata de un cretino. Los silbidos del público al final de la película y las risas con las que eran recibidas algunas de las situaciones y resoluciones de la historia dejaron en claro el lugar de escarnio que merece The Captive. El punto más bajo de un festival que no levanta vuelo.

Proyectada en un horario atípico y con una sola pasada (la excusa de esto es su duración de más de tres horas, pero lo mismo ocurre con la película de Alonso, que no llega a las dos horas), Wintersleep, del turco Nuri Bilge Ceylan, también cumple. Si bien algunas constantes de la obra del autor se repiten –los personajes perdidos en un paisaje tremendo, la historia del país atravesando las historias personales, las increíbles imágenes que logra el director de fotografía Gökhan Tiyaki–, hay algo en la forma elegida por el director que hace que la película funcione por escenas independientes. O quizás se trate del peso y la sombra de la película anterior de su director: Once Upon a Time in Anatolia.

Y por último, también se realizó el estreno de Relatos salvajes, de Damián Szifrón, representante argentina en la Competencia Oficial. La recepción de la crítica fue mayoritariamente positiva, y la presencia del productor Pedro Almodóvar funcionó como publicidad y aval para un director que la mayoría (prensa especializada y público) no registraba en el panorama del cine actual. La comitiva local, como buena parte de la prensa argentina presente en el festival, desborda de entusiasmo ante la película, algo que, debo reconocer, no comparto. Pero sobre esto escribiremos en la próxima edición de la revista. Los temas familiares es mejor arreglarlos en casa.

 

Entradas anteriores de nuestra cobertura en Cannes:

Crónicas de Cannes: un comienzo desgraciado

Crónicas de Cannes: de ingleses y franceses