Crónicas de Cannes: un comienzo desgraciado

Flojo arranque para la edición 67 del Festival de Cannes, cuya película de apertura, Grace of Monaco, provocó silbidos y carcajadas involuntarias. Horas más tarde, aunque en sus antípodas, se pudo disfrutar de Timbuktu, del mauritano Abderrahmane Sissako.

Es bastante tentador empezar este informe sobre el Festival de Cannes asegurando que la decisión de comenzar tan magno evento con la proyección de un biopic llamado Grace of Monaco, película dirigida por un tal Olivier Dahan, es una de las peores elecciones en la historia del festival. En realidad basta recorrer la lista de films que supieron contar con ese privilegio para darnos cuenta de que la aseveración no es del todo verdadera, pero sí que tiene bastante de cierta.
Como si no lo dejara suficientemente en claro en su día a día (aquí todo depende de jerarquías expresadas en los diferentes colores de las credenciales), el festival eligió como película de apertura un canto de amor a la monarquía, y no solo a la de reyes y reinas, sino también a la de Hollywood.
Aunque, a decir verdad, la película está más cerca de esos olvidados euro-puddings –en los que absurdos elencos compuestos por actores de diferentes continentes luchaban contra el imposible verosímil de elefantiásicas superproducciones– que de un virtuoso y elegante homenaje al glamour perdido.
La historia comienza en el año 1957, momento en el que Alfred Hitchcock (actuado por un intérprete a quien no nombraremos y que condensa, en pocos minutos, todos los clichés posibles sobre la figura del director) viaja a Mónaco para ofrecerle el papel protagónico de Marnie a la por entonces ya princesa Grace Kelly. Obviamente este hecho desatará una crisis en la vida íntima de la noble actriz, a la que se le sumarán un conflicto político entre la Francia comandada por Charles de Gaulle y el principado de Mónaco. La princesa, entonces, luchará entre sus deseos y obligaciones para finalmente llegar al trágico desenlace que todos conocemos (aunque la película, en un extraño gesto de decencia, elige no mostrar). Todo en el film está narrado con una sorprendente acumulación de lugares comunes. Los momentos de dudas de la princesa, los malestares que le genera su falta de aplicación a los protocolos, su lucha interna entre el deber y los deseos, las feroces internas del principado, su necesidad de realizar beneficencias y, finalmente, su enfrentamiento triunfal contra Charles de Gaulle (“Sobreviví a un intento de asesinato, no le voy a tener miedo a una actriz”, dice el por entonces presidente de Francia, y despierta carcajadas en la audiencia), momento en el que Grace Kelly asumirá, definitivamente, su lugar en el mundo. Así de interesante como suena. Se podría pensar que el uso de un material tan poco noble podría liberar a su director para transformar la historia en algo más que un simple y rutinario recuento de la vida de una celebridad, pero no es así. Apenas se rescatan las apariciones de Parker Posey como una malvada de caricatura y de Jeanne Balibar haciendo de una bella condesa, además de los extraños paneos que la cámara realiza sobre el rostro de Nicole Kidman. Por ahí también andan Frank Langella interpretando a un cura (¡norteamericano!) comprensivo, Derek Jacobi como un experto en protocolo y Tim Roth en el papel del príncipe Raniero. La función terminó con algunos silbidos, pero es tan absurdo tomarse esta película en serio como elegirla para arrancar un festival; incluso este alicaído (al menos en los papeles) Cannes.
En funciones de prensa, también se proyectó Timbuktu, de Abderrahmane Sissako, primera película de la Competencia Oficial, una obra en las antípodas de las intrigas internacionales de la princesita y el verdadero punto de partida del festival. El film de Sissako, en su descripción llena de furia y poesía de una sociedad que no puede escapar de la violencia, se relaciona con A Touch of Sin, de Jia Zhang-ke, pero sobre esto ampliaremos en la próxima edición impresa de la revista.
Pocas horas antes se había informado que la película de clausura sería una versión restaurada de Por un puñado de dólares, de Sergio Leone, con el plus de la presentación a cargo de Quentin Tarantino.
Thierry Frémaux parece estar seguro de que todo tiempo pasado fue mejor y, al igual que la princesa de Mónaco, para él primero están las obligaciones.