Cuando la fantasía se concreta

Con el correr del tiempo, aquel amor fugaz de verano se ha convertido en una historia de vida que ha dejado huellas indelebles a un lado y otro de la pantalla. A nueve años de coincidir en París, y a 18 de su primera noche juntos en Viena, nos toca la dicha y el sufrimiento de volvemos a reencontrar con Jesse y Celine -esta vez en Grecia-, y, de paso, con nosotros mismos, en el que tal vez sea el mejor, el más complejo y el más triste capítulo de esta extraordinaria saga filosófico-amorosa.

Cuando -hace ya unos cuantos años- Richard Linklater anunció que estaba preparando una continuación de Antes del amanecer, fuimos varios los que nos agarramos la cabeza. Antes del amanecer no parecía ser una película que necesitara una secuela. Pero Antes del atardecer no sólo sorprendió a los más escépticos sino que dejó más que felices a los amantes de la primera entrega de la (ahora) trilogía e hizo que ganara nuevos adeptos. Es que con Antes del atardecer, Linklater trasnformó a Antes del amanecer en otra cosa. Cuando su secuela no existía, la película era una historia de amor fugaz y un retrato cálido de un cierto estado de ánimo, de cierto tipo de personajes y de relaciones, de un determinado momento de la vida. Pero Antes del atardecer la transformó en pasado, y nos habló de algo más: del paso del tiempo, que en ella no era tan sólo una abstracción, sino que se materializaba en los rostros de sus actores, por ejemplo. Linklater pasó así a formar parte del reducido grupo de realizadores que asumió el desafío de ver crecer a la par y en la pantalla a sus actores y personajes; el más emblemático de esos casos es, seguramente, el de François Truffaut y su alter ego Antoine Doinel, encarnado por su otro “otro yo”, Jean-Pierre Léaud. El tiempo ha sido desde siempre objeto de reflexión y materia del cine, pero en estas películas se vuelve palpable en el movimiento que va y viene de la pantalla a la platea: en ese paso del tiempo que identificamos en los personajes reconocemos también el nuestro.

Si Antes del amanecer estaba enraizada en la libertad del presente de sus jóvenes protagonistas, sobre Antes del atardecer pendía lo contrafáctico: el “¿qué habría pasado si…?” era la idea que ni los personajes ni los espectadores se podían sacar de la cabeza. Y Antes de la medianoche viene a darnos una especie de respuesta; una respuesta que, sin embargo, tal vez no se ajuste a la fantasía. Una vez más, nueve años después, en Antes de la medianoche nos reencontramos con Jesse (Ethan Hawke) y con Céline (Julie Delpy), ahora sí -¡por fin!-, con una vida en común. Sí (y que deje de leer acá mismo quien no quiera enterarse): Jesse eligió perder ese avión y con él dejar atrás su matrimonio fracasado; se instaló en el viejo continente con Céline y tuvieron dos hijas hermosas, pero (siempre hay un “pero”, o varios) vive con toda la culpa a cuestas de tener un océano de por medio entre su hijo y él. Un hijo que se está acercando a la adolescencia y vive en Estados Unidos con su ex mujer, que, por supuesto, lo odia. El film se abre con un reencuentro y una despedida: los espectadores nos reencontramos con Jesee mientras él se despide de su hijo en un aeropuerto, tras unas vacaciones familiares en Grecia (que será aquí el marco de la acción). Toda esta información (que ya se desprendía del trailer) se revela en los primeros minutos de la película; iremos completando a pedazos los nueve años que nos perdimos, pero unos pocos elementos bastan para establecer un estado de situación más complicado que lo que parece a simple vista.

Lo que se percibe desde el comienzo no es tanto la felicidad del sueño de amor cumplido sino el peso de la cotidianeidad; una cotidianeidad que ha ido horadando no tanto el afecto como el deseo. Y aquí ocurre algo similar a lo que ocurría con Antes del amanecer:Antes de la medianoche transforma y le da otra densidad a la película anterior. La fantasía del happy end que pudimos haber construido como espectadores a partir del final que -astutamente- Linklater había dejado abierto en Antes del atardecer acá es complacida sólo a medias, porque las cosas no son tan fáciles. Desde sus primeras escenas, la película establece una pregunta básica: ¿qué pasa cuando la fantasía se concreta? Y una vez más el movimiento es doble: tanto los personajes como los espectadores vemos confrontadas nuestras fantasías con una realidad más dura, menos edulcorada, pero también dramáticamente más rica. De entre las tres películas que –al menos por ahora- completan la trilogía de Linklater, Antes de la medianoche es la más melancólica, y puede que también la más compleja; o tal vez esta sensación resida en el modo en que se enlaza con las anteriores.

Es posible también que Antes del atardecer sea la mejor película de Linklater. Su realismo hiperestilizado se asienta sobre un guión y una puesta calculados hasta en el menor detalle, y si durante buena parte del film esto apenas se percibe es no sólo por la depuración que ha alcanzado el estilo del realizador sino también por el trabajo impecable de sus dos protagonistas. Delpy y Hawke –también coguionistas, como en Antes del atardecer- construyen una química que atraviesa la pantalla y hace brillar todos y cada uno de los planos que comparten, y son capaces de hacer fluir, como si nada, las escenas más complejas; bastan como pruebas inapelables el viaje en auto que nos pone en situación y una tremenda, interminable, dolorosa discusión en una habitación de hotel.

Sí: Antes de la medianoche es la más triste de las tres, por muchos motivos a los que cada espectador sabrá dar nombre. Pero su amargura está encarada -tanto por el director como por los personajes- con una buena cuota de humor y calidez, que la dota de un perfecto equilibrio. Acá también, como en las otras dos, Linklater va tendiendo –entre el pasado perdido y los reproches presentes- líneas de esperanza hacia el futuro. Una esperanza a la cual tanto ellos como nosotros nos aferramos con desesperación. No cabe duda, insistimos, de que el tiempo es el tercer gran protagonista de esta serie. Ese tiempo que, como decíamos, pasó también para los espectadores, y que juega a favor no sólo en lo que respecta a los vínculos afectivos que la película construye en el interior de su fábula, sino también con nosotros. Puede que nuestros tiempos no coincidan con los de los protagonistas, pero seguramente todos podamos recordar cómo, cuándo y con quién vimos Antes del amanecer y Antes del atardecer; recordar qué nos pasaba a nosotros mientras eso le pasaba a ellos. Por eso, entre otras cosas, es muy probable que todo el que haya visto las dos películas anteriores salga corriendo al cine sin pensarlo a ver Antes de la medianoche: porque al fin y al cabo no es nada más y nada menos que un reencuentro; un reencuentro con dos viejos amigos y con nosotros mismos.