Cuestión de principios

Dos años atrás, Tiempo de revanchacumplía 30 años de su estreno y nos daba la excusa para hablar de esta, de Adolfo Aristarain y del hueco que su intermitencia productiva deja en el cine argentino. Ahora el BAFICI le dedica una retrospectiva casi completa y, sin dudas, imperdible.
Haydée Padilla y Federico Luppi, por la revancha.

Nota publicada en la edición impresa del número de julio de 2011.

Cualquier excusa es buena para hablar del cine de Aristarain. No hace mucho que fue el lanzamiento en DVD de La discoteca del amor, ninguneada por la crítica de todas las épocas (aunque el director diga que es la película suya que más quiere); ahora es el aniversario de Tiempo de revancha. Esta necesidad casi desesperada de escribir sobre un cineasta que no estrena desde hace siete años, ¿será el síntoma de un malestar que aqueja al cine argentino y de todo el mundo? El género, y sobre todo el género bien trabajado, es una especie de vórtice alrededor del cual orbita la historia del cine clásico, moderno y contemporáneo, siempre, de una manera u otra, atraída por fuerzas gravitatorias demasiado fuertes, imposibles de sortear.

Después de más de una década de Nuevo Cine Argentino, o sea, de la modernidad cinematográfica más plena, son poquísimos los directores que se siguen acercando a los géneros con respeto y maestría, sin hacer pastiches de inspiración posmo ni desplegar una visión entre paródica y cínica sobre la historia que se cuenta. Pero Adolfo Aristarain no. Aristarain fue y sigue siendo el amante insobornable de los géneros, un artista anacrónico eternamente fuera de su tiempo. En los 80, en pleno auge del cine post dictadura que apostaba a la denuncia urgente más que a una elaboración cinematográfica de los temas, filmaba policiales y comedias (desde su ópera prima, La parte del león, que es del 78). Y cuando se va a España a trabajar en televisión, hace un policial. En los 90, cuando el cine argentino entra en crisis y lentamente asoman los restos de una sociedad partida, rota, Aristarain realiza westerns y dramas. En el nuevo milenio, durante el pico más alto del NCA, vuelve a los dramas y hasta filma una película de época. Más allá de logros (muchísimos) y falencias (algunas), la carrera de Aristarain trasluce una coherencia y una tozudez que son los gestos del cine clásico por excelencia: la creencia empecinada en narrar una historia que es conocida por todos pero que por alguna clase de misterio indescifrable pide a los gritos ser contada (y vista, y vivida) una vez más, así hasta el infinito. Es la insistencia siempre inclaudicable del género.

Entonces, el género se vuelve un lugar en el mundo, un espacio habitable.  Tiempo de revancha es una película cincelada a puro golpe de un clacisismo elegante, económico, funcional. Aristarain maneja como nadie el estilo clásico y sus recursos más típicos, prácticamente lugares comunes que se actualizan en un paisaje que les es más bien extraño: la Argentina pre-democrática signada por las injusticias laborales. En ese terreno se desarrolla el viejo combate contra el poder económico de turno: Pedro Bengoa, un sindicalista que borra su pasado de los documentos oficiales, consigue empleo en una multinacional como dinamitero en un yacimiento de cobre. Allí, entre condiciones de trabajo paupérrimas, en una tierra de nadie regida casi por una ley de la frontera, Pedro se reencuentra con Bruno Di Toro, un viejo amigo de los tiempos de militancia. Di Toro le confía un plan para sacarle a la empresa unos cientos de miles de dólares mediante un accidente fraguado y Bengoa, no sin dudas, acepta. Ambos quedan en ir a mitades iguales, ninguno quiere la parte del león (algo parecido ocurrirá con el abogado Larsen cerca del final). El plan fracasa, Di Toro muere y Bengoa ocupa su lugar como víctima que, debido al trauma del hecho, queda sin habla. Ahora se trata de cobrar la plata que la empresa ponga sobre la mesa a cambio de no ir a juicio, pero Bengoa, incluso después de recibir la oferta de quinientos mil dólares, no transa y va en busca de otra cosa: una reivindicación moral por la vía de la ley, una venganza dirigida al corazón mismo del sistema.

Las lecturas en clave de metáfora que pueden hacerse de la película en relación con el momento en que fue estrenada son múltiples, y van desde el silencio y el encierro al que se somete voluntariamente Bengoa (con la imagen impactante de la cinta en la boca) hasta las relaciones conflictivas y oscuras entre capital económico, leyes y justicia. Pero si por algo se caracterizan las grandes películas de género es por soportar el paso del tiempo y el peso de una mirada de época. Las metáforas de Tiempo de revancha pueden resultar hoy un poco gruesas y efectistas, pero su fuerza, como relato de resistencia, permanece intacta y la estampa clásica de su director impresiona por su exquisitez a la vez que por su simpleza. Luppi hace una actuación magistral casi sin diálogos y a base de puros gestos, y así y todo se las arregla para estar en sintonía con el clima del resto de los personajes: cortantes, decididos, poco dados a los discursos, de frases breves y precisas, los hombres de Aristarain (porque sus películas son eminentemente masculinas -cuando no abiertamente machistas), villanos o héroes, conservan el porte de los duros más recios del cine clásico. Las escenas son justas, duran lo que tienen que durar y tienen la cantidad de planos y de movimientos de cámaras estrictamente necesarios: en su segunda película Aristarain ya demuestra un pulso cinematográfico increíble, un rigor formal que no coarta la carga emotiva de las imágenes.

Lo más probable es que sigamos agarrándonos de cualquier excusa para poder hablar del cine de Aristarain. No importa que nos repitamos, que digamos siempre cosas parecidas; en este caso, la crítica se comporta como el público que ve una película de género sabiendo con lo que va a encontrarse pero con la conciencia de que ese encuentro es enriquecedor, que lo conecta con un conjunto de historias y con una gramática caídos en desuso, olvidados. Por lo pronto, la próxima cita es en 2012, cuando se cumplan treinta años del estreno de Últimos días de la víctima.