Cuidado, bebé suelto

Lolo, el hijo de mi novia, de Julie Delpy

Los viajes parecen ser el gran tema de Julie Delpy. A veces como invitada y otras como anfitriona. Los torbellinos fatales que provocan una mudanza, con poco o exagerado equipaje, la atraviesan por todo el cuerpo como actriz, guionista y cineasta. En 1995 viajó en tren a Viena para tropezarse con un amor intenso que la tomó por asalto (Antes del amanecer); en 2007 visitó París para que su novio estadounidense conociera los encantos de su país, y los desencantos de su compleja familia (Dos días en París); en 2011 recibió en su casa de Nueva York a sus parientes parisinos con el fin de presentarles a su concubino (Dos días en Nueva York); en 2013 conquistó Grecia con aquel candidato que había conocido en Viena 18 años atrás, hoy padre de sus hijas gemelas, con el objetivo de descubrir en qué se transformó esa pasión que los impulsó a tener sexo desenfrenado sobre el pasto húmedo de un parque (Antes de la medianoche). Lolo, su sexto largometraje como directora, también retrata las consecuencias de un viaje: Violette (Julie Delpy) se toma una semana de vacaciones en el sur de Francia para dejar un par de kilos en la pileta de un spa. Lejos de regresar a su hogar más liviana, la rubia de caderas infinitas se enamora de un hombre muy distinto a ella que lanzará una bomba de estruendo en el medio del living de su casa. No interesa cuántos corazones le dibuje Jean-René (Dany Boon) sobre la frente: el hombre más importante en la vida de Violette es Lolo (Vincent Lacoste), su hijo de 19 años. El pintor que se pasea en slip como si tuviera cinco años hará lo imposible para no tener que compartir a su madre. Dos machos peleando por la misma mujer. Al igual que Cyrus, la comedia escrita y dirigida por los hermanos Duplass,Lolo narra con humor florido todo lo que es capaz de planear un bebé con pelos en las piernas para evitar cortar el cordón umbilical invisible que lo une a sus tetas favoritas. “Las madres perdonan siempre: han venido al mundo para eso”, decía el escritor francés Alejandro Dumas. Delpy se pregunta en su nueva película hasta dónde puede ceder una madre cuando su “conejito alpino”, como llama cariñosamente a su hijo, salpica todas las prendas de su pretendiente con un polvo que le produce una agresiva urticaria. “Sus orejas me hacen acordar a mi personaje favorito: Dumbo”, le dice Lolo a su Yocasta mientras escupe veneno, intentando persuadirla de que su amante es un insulto a la estética. Es en esos comentarios, y en las reacciones de Violette, donde saltan como sapos los prejuicios de la dama parisina, quien teme enamorarse de un ser humano que viste orgulloso sandalias con medias. Lolo es funcional a la estructura cómoda y cobarde que protege a Violette de los cambios que puede producir un amor gigante. Al fin y al cabo, el amor también es un viaje que implica modificar costumbres y adaptarse a un destino extraño.