Diario de Invierno

Reseña publicada en la edición impresa del número de junio de 2012.

 

Faltaba un nuevo gran libro de Paul Auster. Era necesario un subterfugio que ayudara a olvidar Invisible, Un hombre en la oscuridad (la lista podría seguir), para volver al recuerdo feliz de La trilogía de Nueva York o La invención de la soledad. Y Diario de invierno parece venir adherido a un programa de refundación: la estima de un muy buen escritor que se vislumbraba en decadencia. En rigor, Diario de invierno es un volumen compuesto por fragmentos de memorias que Paul Auster ha decidido escribir a sus sesenta y cinco años; edad en la que “se acaba el tiempo”. Así es cómo el punto de partida de estos bosquejos se da con la llegada de la vejez, para luego pivotear por diversos estadios de la memoria que van de la niñez a la adultez, de la pre adolescencia a la pubertad. Si quisiéramos buscar en este libro el dietario íntimo de cómo el niño sensible encontró su verdadera vocación artística o hurgar en la “cocina” del escritor consagrado, estaríamos totalmente engañados. Más bien aquí importa la sensibilidad con que una marca de escritura pone en juego los resortes del mecanismo autobiográfico. Narrada con el recurso de una segunda persona emotiva y meditabunda, el libro reconstruye los sucesos como una nómina de heridas y raspones (iniciación onanista, accidentes de autos, cicatrices en el rostro). En este Diario de invierno la relación de una vida con el mundo, se recuerda generalmente por las marcas (físicas o simbólicas) que deja en el universo material. Por eso tal vez su prosa parece emprender la búsqueda de una lírica del cuerpo y su pregnancia. Tal vez por eso, también, su autor pretende entregarnos con este texto: “un catálogo de datos sensoriales. Lo que cabría denominar fenomenología de la respiración.”

 

Diario de invierno

Paul Auster

Anagrama