Dios está en los detalles

Ganadora del Premio Especial del Jurado en el Festival de Berlín, la octava película del texano expande su inagotable capacidad creadora con más ideas que nunca y con una milimétrica composición rítmica.

Nota publicada en el número 145 de Haciendo Cine.

En el ya casi eterno debate acerca de si el concepto de cine de autor sigue siendo –o fue alguna vez– relevante a la hora de hablar de cine, Wes Anderson es el ejemplo perfecto: un solo plano de cualquiera de sus películas basta para identificarlo al instante. El gran Hotel Budapest es, en ese sentido, la continuación de sus obsesiones; una variación más que no se desvía del camino que viene dibujando, pero sí lo ramifica y lo completa: en ella, el mundo de Anderson, siempre cerrado sobre sí mismo, se abre a su manera al devenir del siglo XX.

Jugando a repetir el recurso del relato enmarcado, El gran Hotel Budapest nos va sumergiendo en la saga del hotel del título, situado en una Europa del Este imaginaria, de la mano de una serie de narradores que se van relevando unos a otros: El gran Hotel Budapest es la historia de un escritor que cuenta la historia de Zero, un botones devenido millonario que cuenta la historia de su maestro Gustave, un conserje bon vivant que hereda de una amante anciana una pintura valiosísima que le trae muchos pero muchos problemas.

El gran Hotel Budapest es, entonces, muchas películas en una; en ella hay enredos y numerosos pasos de comedia, un asesinato que hay que resolver –con mayordomo incluido–, una fuga de la cárcel, un matón terrorífico, persecuciones a alta velocidad, una sociedad secreta, una historia de amor adorable, y una aún más adorable relación maestro-alumno que lo vertebra todo.

El gran protagonista omnipresente es el Hotel Budapest, que se abre ante nuestros ojos como una gigantesca casa de muñecas; sus habitantes, sus ritmos, su dinámica interna son el corazón de la película. Y es a través de él que Anderson trasciende su universo, en un movimiento prácticamente inédito en su filmografía: El gran Hotel Budapest es su primera verdadera película “de época”. Los saltos narrativos también son temporales (de los años 80 a los 60 a los 30), y en los cambios que atraviesan el edificio y sus personajes se reflejan buena parte de las transformaciones que sufrió la Europa del siglo XX. Pero Anderson no deja de ser Anderson y lo hace, por supuesto, a su manera, fagocitando hacia su propio mundo las que, en un principio, amagan con ser referencias históricas directas.

Por la misma dirección va su inédito trabajo con la banda sonora, esta vez despojada de las referencias pop para inclinarse por ritmos de la (falsa) Europa del Este en que transcurre la historia. La música sigue, sin embargo, siendo un elemento clave, una pieza central en la milimétrica composición rítmica de la película.

Porque Anderson tiene una concepción coreográfica de la puesta en escena, algo que el marco del hotel le permite llevar al extremo: la composición de los planos, el uso del color, los movimientos de los actores, el montaje; todo está calculado para acompañar y sostener la narración, con un nivel obsesivo de detalle que maravilla y se convierte en fuente de constantes placeres para el espectador. También el humor participa de esa coreografía, y muchas veces surge no tanto de los diálogos o del trabajo de los actores sino de ciertos recursos propiamente cinematográficos: el uso de la profundidad de campo, un plano que se abre, un reencuadre.

El mismo cuidado pone Anderson en la caracterización de sus personajes: todos, desde los protagonistas hasta los que tienen una sola escena, son seres singulares. El elenco de El gran Hotel Budapest es un verdadero y extensísimo dream team: Bill Murray, Jason Schwartzman, Owen Wilson, Tilda Swinton, Edward Norton, Ralph Fiennes, Jude Law, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Adrien Brody, Harvey Keitel, Mathieu Amalric, Léa Seydoux; muchos de ellos, presencias recurrentes en las películas de Anderson. Pero El gran Hotel Budapest, como todos los films del director, no es una película de actores: la fuerza del universo de Anderson absorbe todo lo que toca, y no hay nada ni nadie que pueda ponerse por encima de su poder demiúrgico.

De todos ellos, el gran protagonista es el Gustave de Ralph Fiennes, alma y espejo del Hotel Budapest, un hombre de otra época que encarna la obstinada nostalgia de un pasado ya desaparecido pero que no puede dejar atrás. Zero, que al fin y al cabo es quien lleva adelante la mayor parte del relato y la acción, es testigo y agente de estas transformaciones, hijo de una generación dispuesta a seguir adelante pero alcanzada también por la melancolía.

Una hipótesis: esta relación con el pasado que comparten los personajes principales del film cuaja perfectamente con las obsesiones formales de Anderson, porque su cine siempre estuvo atrapado en la nostalgia, en la añoranza de un mundo que ya no existe más que en la imaginación. Puede que compartir esa nostalgia sea la clave que permita o no disfrutar de su obra, esa que sus detractores acusan de ser una cáscara vacía. Y sí, es cierto que la superficie de las películas de Anderson es bella, pero por debajo de esa superficie, o más bien a través deella, se construye el sentimiento. En el momento casi imperceptible en que esa construcción milimétrica cobra vida ante nuestros ojos, en el placer de sentir que los seres que pueblan su universo dejan de ser juguetes para convertirse en personajes, es que reside su encanto.

 

El gran Hotel Budapest

Wes Anderson

2014 / Reino Unido - Alemania / 99 minutos

Fox