A dos goces

Es raro este mes en el que se estrenan, con pocos días de distancia, Spielberg y Zemeckis. Nos hace sentir que estamos en otra década, allá entonces cuando ambos directores eran los máximos representantes del cine de espectáculo. Juntos hicieron nada más y nada menos que Volver al futuro –además de alguna que otra belleza como Autos usados– y renovaron para siempre, y con mucha conciencia cinéfila, el cine grande de género. Además, siempre fueron la garantía total de que, viendo una de sus películas en una sala de cine, se disfruta en grande.

Como todos los que nacieron en la década del 80, el cine de Spielberg y Zemeckis atravesó toda mi infancia. Mi primer acercamiento a Spielberg fue con Los Goonies, que en realidad dirigió Richard Donner pero que Spielberg produjo. El enamoramiento fue inmediato: fue tal vez la primera película de acción en vivo que vi en cine (en Villa Gesell, para ser más específico), y luego recuerdo que fue una de las varias películas que alquilaba sin parar y que veía un millón de veces. Mi primera película dirigida por Spielberg, en cambio, fue Indiana Jones y el templo de la perdición, la cual vi directamente en VHS. Recuerdo que estaba enfermo y mis hermanos me la alquilaron; cuando empezó la película y apareció Kate Capshaw en escena para arrancar el musical de “Anything Goes en Shanghai”, pregunté si esa era “Diana Jones”.

Eso habrá sido aproximadamente en el año 86, pero tengo todo el recuerdo de haber visto E.T. en una sala de cine un tiempo después; tal vez en algún ciclo. Y de esa manera vi (creo que en Hebraica, pero puedo estar totalmente equivocado; de lo que estoy seguro es que, aunque parezca raro, lo vi en una sala) el compilado de tres episodios de Cuentos asombrosos que conformaba el volumen 1 de la seguidilla de VHS que se editaron de la serie. El programa arrancaba con Go to the Head of the Class, el episodio 8 de la temporada 2, dirigido por Robert Zemeckis y protagonizado por Christopher Lloyd, y continuaba con los episodios 4 y 5 de la primera temporada: Mommy Daddy, de William Dear, y el extraordinario The Mission, de Steven Spielberg y con Kevin Costner. Ese fue otro de los VHS que gasté, junto al volumen 2 de la serie que incluía El tren fantasma, también de Spielberg, y que en realidad era el S01E01 casi 20 años antes de que todos empezáramos a usar ese tipo de denominaciones.

Extrañamente, cuando vi la primera Volver al futuro en VHS no me volví totalmente loco. La primera película de Zemeckis con la que me pasó eso la vi un poco después de Volver al futuro y fue su ópera prima, la injustamente olvidadísima Quiero tener tu mano, de 1978, y eso era porque por esa época, a mí siete u ocho años, estaba atravesando mi proceso de enamoramiento con los Beatles. Y esta película, donde Zemeckis adelantaba un par de técnicas que usaría después en Forrest Gump, trataba sobre fans de los Beatles en épocas del Ed Sullivan Show.

Y después llegó ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y, con ella, la revolución: debe ser la película que más veces vi en una sala de cine. A mis ocho años, me enamoré de los personajes que no conocía, y además podía pasar un rato reencontrándome con otros personajes que veía todo el tiempo en la tele y también en alguna de esas funciones de cine que hacían con cortos de la Warner o de Mickey y similares, algo que no se hace más. Recuerdo lo mucho que me aterraba el Juez Ruina, especialmente cuando se convertía en brujo en el final y su voz se convertía en un chillido insoportable (“Remember, Eddie, when I killed your brother?”). Y por esos años estaba empezando a hacerme fan del cine de terror, así que ese momento que, visto hoy, resulta altamente perturbador para un niño en esa época me hizo feliz.

La segunda revolución llegó con las dos películas inmediatamente posteriores de Zemeckis: Volver al futuro II y III, que se estrenaron con apenas seis meses de diferencia. Si unos años antes Volver al futuro me había gustado pero no me había vuelto loco era porque todavía necesitaba que Marty McFly viajara al futuro (a ese futuro –octubre de 2015– desde el que estoy escribiendo esta nota), que volviera a un 1985 alternativo y que tuviera que ir nuevamente a 1955 para arreglar las cosas. Especialmente aquello del 1985 alternativo causó estragos en el niño de nueve años en vías de convertirse en cinéfilo que estaba viendo eso por primera vez en el cine Maxi, y fue así como Volver al futuro II se convirtió oficialmente en una de las películas que más amo en el mundo. Y Volver al futuro III, una película excelente a la que no se suele tener demasiado en cuenta, me acercó a un género tan hermoso como el western, así que también tengo eso para agradecerle a Zemeckis.

Pero unos meses antes de Volver al futuro II había visto otra de las “películas que me cambiaron la vida”, también en sala pero esta vez en el cine Metro. Se trataba de Indiana Jones y la última cruzada y, si bien ya había visto y amado las dos películas de Indy y ya estaba familiarizado con películas más “adultas” de Spielberg como El color púrpura y El imperio del sol, esa película fue una especie de momento epifánico en mi vida y hoy sigue estando en cualquier top five que haga de las mejores películas de la historia del cine.

Después, con mi adolescencia, llegó la cinefilia propiamente dicha. Y conocí a Truffaut, a Hitchcock, a Billy Wilder, a John Carpenter. Y mi amor por Spielberg y Zemeckis no hizo más que crecer, básicamente porque siguieron haciendo películas enormes, pero además porque yo había adquirido las armas para entender y disfrutar más las películas de ellos que ya había visto. Y, encima, a mis 13 o 14 años vi una película de Spielberg que no conocía y me habían recomendado. El título local era Reto a muerte, y no recuerdo bien si la alquilé en LiberArte o en Errol’s, que era donde se conseguían ese tipo de películas “viejas” en ese entonces, pero fue ahí, varios años después de haberme vuelto loco con Indiana Jones y la última cruzada y luego de haber pasado por eso mismo con Jurassic Park, donde tuve mi segundo momento epifánico-spielbergueano: me di cuenta de cuánto se puede llegar a admirar a un director, y el director que yo más admiraba era Spielberg. Y lo mejor de todo esto es que todavía me quedaban algunas epifanías spielbergueanas más, porque todavía me faltaba presenciar el mejor momento de la carrera de Spielberg. Porque sí, el Spielberg de los 70 y los 80 fue hermoso, y el de los 90 lo fue un poco menos pero siempre tendremos Jurassic Park y su subvaloradísima secuela, pero la mejor etapa de la filmografía de Spielberg arrancó en el año 2001 con Inteligencia artificial, una de las películas más hermosas de la historia del cine y una de las más ambiciosas y desgarradoras de la carrera de Spielberg, y sigue hasta el día de hoy. Y entre medio de eso nos dejó obras maestras como Atrápame si puedes, Guerra de los mundos, Munich y Caballo de guerra. Y aprovecho este espacio para reivindicar una película bella y noble como Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, cuyo principal problema fue de expectativa: lo que se esperaba que fuera algo enorme y rimbombante terminó siendo una película de aventuras pequeña, de perfil bajo y con mucho de screwball comedy en la relación entre los personajes de Indy y Marion (recordar aquella extraordinaria escena de las arenas movedizas, donde se resuelve un conflicto de larguísima data entre esos dos personajes mediante un intercambio de palabras preciso y brillante).

En cuanto a Zemeckis, su etapa equivalente al Spielberg post-2001 fueron los noventa. Fue ahí, y en películas supuestamente “menores”, donde demostró más que nunca que se trata de un director extraordinario. Antes que nada, no se puede dejar de mencionar que, durante esta época, Zemeckis hizo La muerte le sienta bien (1992), una de las mejores comedias de la historia y la mejor actuación de Meryl Streep en toda su vida. Pero las películas “menores” a las que me refiero son Contacto (1997) y Revelaciones (2000). En el caso de la primera, busquen en YouTube “contact mirror shot” y verán una secuencia de una perfección técnica abrumadora; un simple truco de puesta en escena que convierte una secuencia que podría haber pasado desapercibida en algo extraordinario pero que, al mismo tiempo, se percibe como perfectamente natural y no altera en lo más mínimo el clasicismo de la película: acá no hay ostentación sino talento al servicio de contar una historia. Algo así pero en mayor medida sucede en Revelaciones (2000), una obra maestra que en su momento fue recibida con una tibieza inexplicable donde Zemeckis juega a dos niveles: por un lado, narra de forma totalmente clásica un bellísimo y aterrador cuento de fantasmas protagonizado por unos perfectos Harrison Ford y Michelle Pfeiffer. Y, por el otro, hace la película más orgullosa y autoconscientemente hitchcockeana de este lado de Brian De Palma. Zemeckis llena su película de referencias al cine de Hitch; desde cuestiones más bien sutiles hasta planos calcados de películas de Hitchcock, con una banda de sonido a cargo de su eterno compositor Alan Silvestri que es puro Bernard Herrmann.

Y finalmente, en los 2000, Zemeckis conoció y se enamoró de aquella espantosa técnica llamada “motion capture” y llegó la debacle. Es increíble que el director de películas como Volver al futuro II haya hecho algo tan espantoso como El expreso polar, pero no solo lo hizo sino que después la remató con las igualmente feas Beowulf y Los fantasmas de Scrooge. Con El vuelo, Zemeckis parecía haberse recuperado del hecho de haberse convertido en un cineasta horrible (y dejó atrás el “motion capture”, por el bien de todos), y esa película tiene una primera hora que está entre lo mejor de su carrera. Pero con En la cuerda floja, Zemeckis volvió a perder el rumbo. En principio, ver En la cuerda floja implica tener que soportar dos horas de Joseph Gordon-Levitt haciendo morisquetas y hablando con un acento francés altamente irritante. Encima, el tipo está en casi todos los planos de la película. Y no solo eso: también es quien estructura el relato desde la Estatua de la Libertad, en un recurso bastante pobre tanto visual como narrativamente. Pero más allá de eso, la película es bastante ágil y no está mal narrada. El problema llega en el clímax de la película, cuando el personaje concreta su sueño de hacer equilibrio entre ambas Torres Gemelas: ahí donde la película debería estallar en emoción, donde necesita exactamente lo que Zemeckis ha demostrado que sabe dar, la película flaquea. Zemeckis parece haber perdido completamente el sentido de la aventura y, lo que es peor, la confunde con el vértigo: sí, si uno sufre de vértigo es probable que la pase muy mal durante esta secuencia, y más aún si la ve en IMAX, pero generar vértigo no es ninguna virtud. Y finalmente, cuando creemos que la película no puede seguir empeorando, a Zemeckis no se le ocurre una idea más anticlimática que hacer sonar “Para Elisa”, y es ahí donde, con todo el dolor del mundo, nos damos cuenta de que es posible que lo hayamos perdido para siempre. Por suerte nos queda Spielberg.