Dos o tres cosas que sé sobre el cine coreano

Luego de una conversación virtual, el editor de esta revista le pide al autor de la nota que sigue, programador del Festival de Mar del Plata, que escriba algo sobre la industria del cine en Corea del Sur. Le explica que no sabe mucho de la industria, que sabe de películas y hasta ahí. Le ofrece, en cambio, escribir algo “más personal”. Le da el ok, pero se pregunta sobre lo que puede llegar a escribir. Terminada la conversación, él también se pregunta lo mismo…

Nota publicada en la edición impresa del número de enero/febrero de 2013.

 

 

 

 

 

Corea en Mar del Plata (algo de auto bombo)

Después de más de un año de trabajo y muchos más de admiración por el cine coreano, logro programar para el festival en donde trabajo (el Festival internacional de Cine de Mar del Plata), una sección de nuevos autores del cine de ese país. Gracias a la colaboración del KOFIC (Korean Film Council, suerte de equivalente del INCAA local), siete directores asistieron al festival junto a varios miembros del KOFIC, incluyendo su máximo responsable, el Sr. Kim Eui-suk. Quizás la mayor comitiva de un país que haya visitado un festival argentino.

A pesar de mis dudas y miedos iniciales, el foco fue muy bien recibido por el público (entradas agotadas en muchas funciones) y por la critica (varios títulos presentes en el foco empiezan a aparecer en las listas de las mejores películas del año).

Días después, durante el mercado que se realiza en Buenos Aires llamado Ventana Sur, la gente del BAFICI se reunió con los representantes del KOFIC y algunos allegados al festival Pantalla Pinamar le hicieron saber a la comitiva de Corea, su interés sobre realizar actividades en conjunto.

Corea, en Argentina, vuelve a estar de moda.

 

Un poco de historia: Batman y Los ladrones

Los grandes cambios en el cine coreano comienzan en el año 1993 con la llegada de la democracia. Las comparaciones con Argentina, hasta cierto punto, son inevitables. Después de una larga transición democrática y una dura crisis económica durante los años 1997/98 el cine sufre varios cambios y reestructuraciones. Aparece el aporte de empresas privadas, el público local comienza a responder de manera sorprendente a los títulos locales, en el circuito de festivales empiezan a ser reconocidos autores y no sólo algunos títulos sueltos, aparecen las primeras camadas de directores surgidos de escuelas de cine. Todo esto apoyado por las inteligentes políticas de producción y difusión del KOFIC creado en 1999, sucesor del Motion Picture Promotion Corporation.

Estamos hablando, claro, a grandes (grandísimos) rasgos. La historia del cine en Corea es lo suficientemente complicada y extensa como para reducirla a un par de líneas.

Por otro lado, tratar de explicar algo a través de datos y números es falso si no se citan nombres propios. Basta hacer un pequeño resumen para darnos cuenta de la riqueza y variedad de esta cinematografía.

El critico Roberto Cueto reconoce tres líneas dentro del cine coreano. Por un lado, los autores: Im Kwon-taek (Chihwaseon, 2002), Jang Sun-woo (Timeles, bottomless, bad movie, 1997), Hong Sang-soo (Virgin stripped bare by her bachelors, 2000), Lee Chang-dong (Peppermint candy, 2000), Kim Ki-duk (La isla, 2000). Por otro, directores que a pesar de tener una fuerte marca autoral trabajan dentro de los parámetros del cine comercial y de género, ellos serían: Bong Joon-ho (The host, 2006), Park Chan-wook (Oldboy, 2003), Kim Jee-woon (A bittersweet life, 2005), Lee Myung-se (Nowhere to hide, 1999). Y finalmente, otros directores dedicados directamente al cine más comercial y  de consumo.

Por otro lado, el cine coreano logró también crear su propio star-system, con actores que empiezan a ser reconocidos mundialmente como Doona Bae (a quien pronto se la verá en Cloud Atlas) y Lee Byung-hun (protagonista de la franquicia G.I. Joe).

Basta ver todos estos nombres y títulos para, primero sorprendernos por su calidad y variedad, y después darnos cuenta del por qué del éxito del cine coreano.

En el presente, la cuota de pantalla del cine coreano es casi del 60 por ciento y sus películas más taquilleras compiten (y muchas veces sacan de las salas) a tanques norteamericanos.Por ley, las películas locales se mantienen 73 días en cartelera más allá de sus resultados en taquilla.

En mi visita a Corea, vi personalmente cómo The thieves (Choi Dong-hoon, 2012), superproducción sobre unos ladrones de guante blanco, desplazaba de las salas a El caballero de la noche asciende (Christopher Nolan, 2012). La pasión por el cine en Corea es tan grande que en algunos casos las funciones comienzan a las 8 de la mañana para extenderse hasta la 1 de la madrugada.Al día de hoy The thieves es la película más taquillera de la historia del cine coreano con más de 13 millones de entradas vendidas. Seguida de cerca por The host, ese milagro de cine popular de autor del gran Bong Joon-ho, un nombre que de alguna manera contiene y explica el fenómeno del cine de este país. La mezcla de la calidad con lo popular, esa quimérica búsqueda de la industria del cine en todo el mundo. Una conjunción que sólo parece dar resultados en Corea y ser motivo de grandes fracasos y frustraciones en el resto del planeta.

 

Dos autores

Todavía recuerdo el momento en el que vi por primera vez, en un VHS, Tímeles, botomless, bad movie (Jang Sun-woo, 1997). La película se exhibió en el primer BAFICI y despertó polémicas y chistes malos debido a su título y duración. Pocos vieron que se trataba de una película que se adelantaba a muchos autores y tendencias que el cine iba a explotar y agotar con el paso del tiempo. Desde Larry Clark a Pedro Costa. Su mezcla brutal de documental con ficción (por no hablar de formatos: 35mm, 16mm, video) era absolutamente novedosa, provocativa y agotadora en sus excesos. Más tarde pudimos ver Lies (1999), película que contaba la relación sadomasoquista entre un profesor y su alumna y que sufrió todo tipo de problemas con la censura. En 2002, por esos extraños giros del destino realiza Resurrection of the little match girl, adaptación ciberpunk del cuento de Hans Christian Andersen y por entonces la película más cara de la historia del cine coreano. Su fracaso en taquilla fue estruendoso y alejó a Jang Sun-woo del cine hasta ahora. Dice Bong Joon-ho que  The Road Of The Racetrack (1991), cuarta película de JWS, se adelanta y anticipa a los recursos formales y narrativos del cine de Hong Sang Soo. Cada película de JWS es única. Nunca intentó repetirse ni establecerse como un autor, a pesar de que el momento y su obra indicaban ese destino de consagración. “Con mis películas quiero cambiar a la sociedad” dijo alguna vez. Una ambición demasiado grande para los tiempos que corren. Como esos ajedrecistas que esperaban el retorno de Bobby Fischer, yo espero todavía poder ver alguna vez una nueva película de JWS. Película que seguramente va a ser diferente a todas y le va a explicar a unos cuantos de qué se trata esto del cine.

La historia de JWS muestra la otra cara de una industria poderosa, en la cual es muy difícil para un director recuperarse luego de un fracaso financiero.

Durante la cena de bienvenida que algunos de los programadores del festival de Mar del Plata les brindamos a los representantes del KOFIC, surge la pregunta de por qué a los argentinos nos gusta tanto Hong Sang-soo, cuando en Corea es un director para una minoría. Primero les explicamos lo que ocurre con las películas coreanas en Argentina, que suelen agotar entradas en los festivales, pero que al ser posteriormente estrenadas de manera comercial, fallan de manera estrepitosa. Volviendo a Hong Sang-soo, nuestro argumento entre chorizos, morcillas, pan y vino tinto, está en las actividades que realizan los personajes en sus películas: hablan (mucho), caminan, se enamoran, se emborrachan, discuten. Pocas cosas más argentinas. Llegamos, finalmente, a una conclusión, quizás conducidos por el exceso de brindis: Hong Sang-soo es argentino. O, mejor todavía, todos somos coreanos. Ojala, pienso yo, a las dos posibilidades.

 

INCAA y KOFIC

Durante el festival de Mar del Plata se firmó un convenio de colaboración entre el INCAA y el KOFIC. Alguien llegó a decirme, via mail, que me lo tenía guardado. Como si yo fuera parte de dicho acuerdo o responsable en parte. Nada más alejado de la realidad. Leo lo que firmaron entre ambas instituciones y no termino de entender. La idea, por ahora, es colaborar en la difusión de ambos cines. Habrá que ver si se logra aprovechar el momento o será otra oportunidad desaprovechada. Tener de nuestro lado a una de las cinematografías más poderosas del mundo, no es poco.

Durante la charla que dio el KOFIC en Ventana Sur no hubo mucha gente. Fue el último día por la tarde cuando ya todo el mundo pensaba más en conseguir entradas para la  fiesta de clausura que en otra cosa. Y fue una lástima, ya que las posibilidades de co-producción entre Corea y Argentina son ciertas y, aunque suene extraño, menos artificiales que las que se realizan con otros países. Lo dicho, habrá que ver si estamos a la altura.

 

Tony Rayns, crítico

Tony Rayns es el crítico cinematográfico con mayor conocimiento sobre cine oriental en todo el mundo. Desde su visita por primera a vez a Corea, en 1988, la relación de Rayns con el cine de este país fue tan estrecha, que es imposible pensar en la relevancia de esta cinematografía sin su tarea crítica y de difusión. Como bien lo aseveran en el documental Tony Rayns, the-not-so-distant-observer (Seo Won-tae, 2012) las declaraciones de directores como Hong Sang-soo, Lee Chang-dong y Jang Sun-woo.

Pienso en el apoyo y la confianza que el KOFIC, los directores y cierto sector de la industria le brindan a Tony Rayns y creo ver en esto un gesto inteligente y sofisticado. Las instituciones relacionadas con el cine suelen desconfiar y despreciar la tarea de los críticos. Por no hablar de los directores. Creo que parte del estancamiento del cine argentino se debe a esta falta de dialogo entre realizadores y críticos. Tony Rayns no es un crítico cualquiera. A él le debemos haber conocido a, por ejemplo, Apichatpong Weerasethakul. Pienso en su equivalente local y se me ocurre un nombre, pero no en el director que podría realizar un documental sobre su persona.

 

Ausencias en el foco de nuevos directores coreanos: Mujeres y animación

Durante el encuentro con directores realizado durante el Festival de Mar del Plata, alguien pregunta sobre directoras mujeres. Yo me hago cargo de la pregunta y respondo que fue un error mío no haber incluido ningún título realizado por una directora. A pesar de que descreo de la programación basada en el sexo (o inclinaciones sexuales) de sus realizadores. Hubo varias películas dando vueltas que por uno u otro motivo no llegué a incluir. Al día de hoy me arrepiento de no haber programado Talking Architecture (2011), documental sobre la tarea del arquitecto Chung Guyon, realizado por Jae-eun Jeong, realizadora de aquella maravilla llamada Take care of my cat (2001) una película con un grado de sensibilidad pocas veces vista (no sólo en el cine coreano) y que resultó un fracaso de taquilla que marcó el futuro de su realizadora.

Otra ausencia fue la del cine de animación, que, a pesar de no ser tan fuerte en Corea como en otros países asiáticos (en Japón, sin ir más lejos), existe y con un movimiento muy interesante de directores y productoras independientes que logran resultados sorprendentes a pesar de sus reducidos presupuestos. The king of pigs (Yeun Sang-ho, 2011), una historia de bullying adolescente y sus consecuencias en el presente, un tema recurrente en el cine y la sociedad coreana, tuvo su estreno internacional en la Quincena de realizadores, en Cannes, y a partir de ahí cosechó premios en la mayoría de los festivales en los que se presentó. Padak (Lee Dae-hee, 2012), otro buen ejemplo, cuenta la historia de unos peces que conviven en una pecera mientras esperan a ser el ingrediente principal de los platos de un restaurante, funciona como la contracara de Buscando a Nemo (Andrew Stanton, Lee Unkrich, 2003) y sorprende con la calidad de su realización. No se trata de un cine para niños, se trata de cine.         

 

Todo sobre mi esposa

La industria del cine en Argentina (lo que sea que esto signifique) suele jactarse de lo que consideran triunfos. Ya sean artísticos o comerciales. Premios en festivales, prestigiosos o no, apariciones de actores locales en películas internacionales, co-producciones y esas cosas. Sin embargo, la remake coreana de Un novio para mi mujer (Juan Taratuto, 2008) pasó sin pena ni gloria para la prensa local. La versión coreana se titula All about my wife (2012) la dirigió Min Kyu-dong (conocido por el público local por la película de horror  Memento mori, 1999) y no difiere mucho del original. Excepto por algunos cambios en su trama, más delirante por momentos y en su realización, más pop y elegante, se trata casi de la misma película. Y, sobre todo, de una misma idea que consiste en aceptar de antemano la gracia de la situación planteada y el encanto y humor de sus protagonistas. Un ejemplo más de que el cine concebido desde la industria como una fórmula, es el mismo en todas partes del mundo.

 

Luna de Dae Yon Dong (*)

Luna es una joven coreana que en un momento de su vida dejó su país rumbo a América Latina. Perú primero, Bolivia y finalmente, por ahora, Argentina. Desconocemos los motivos que la llevaron a esto, más allá de su valentía, y sus ganas de viajar y conocer el mundo. Como muchos de los que trabajamos en festivales de cine, Luna comenzó realizando diversas tareas para el festival de Jeonju y ahora, se desempeña como representante del KOFIC para esta parte del mundo. Caminando con ella por San Telmo vemos el reciente libro del escritor y periodista Martín Caparros sobre sus impresiones de Corea. Su título es Palipalí y es uno de esos libros elegantes de tapa dura con muchas fotos y precio inaccesible. Le pregunto a Luna sobre el significado del título y me responde, en ese esperanto moderno que es el ingles, que quiere decir algo así como “hurry, hurry”. En castellano “rápido, rápido” o “dale, dale”. Saco mi vista del libro y me doy vuelta para decirle a Luna que el título me parece muy apropiado para describir a los coreanos. Pero al hacerlo, Luna ya salió corriendo para otro lugar.

 

(* El barrio coreano de Luna)

 

Corea y el resto del mundo

Durante el 2013, dos de los nombres más representativos del cine coreano harán su desembarco en Hollywood: Park Chan-wook con Stoker, drama familiar con visos de horror protagonizado por Nicole Kidman tendrá su estreno mundial en Sundance y Kim Jee-woon con The last stand, vehículo para un nuevo retorno de Arnold Schwarzenegger como renovado (aunque desde sus achaques de hombre mayor de 66 años) héroe de acción.

El festival de Berlín acaba de confirmar en su competencia oficial la nueva película de Hong Sang-soo, Nobody’s daughter Haewon y se rumorea que habrá una nueva película de HSS lista para el próximo festival de Cannes. En donde seguramente (y es una apuesta fácil) también se presentará la esperadísima nueva obra de Bong Joon-ho con producción de Park Chan-wook, titulada Snow Piercer. Una enorme producción basada en una historieta de ciencia ficción y rodada alrededor del mundo con un elenco internacional y recientemente adquirida para su distribución por la compañía de los hermanos Weinstein.

Y detrás de ellos, los nombres más conocidos, un grupo de nuevos realizadores dispuestos, habrá que ver, a revitalizar o cambiar el canon de directores consagrados.

En el festival de Rotterdam ya se confirman títulos como la coming of age melancólica que es Sunshine boys (Kim Tae-gon), la ya vista en Mar del Plata Sleepless night (Jang Kun-jae), el intricado drama que es The russian novel (Shin Yeon-shick) y una obra extraña y particular como Jiseul (O-Muel).

En Berlín, además del gran Hong Sang Soo, en varias de sus secciones  se presentarán  Pluto (Shin Su-won), similar en su trama a la sorprendente Bleak Night (Yoon Sung-hyun) también vista en Mar del Plata, el drama queer White night (Leesong Hee-il ), el docu-drama Behind the camera (J-Yong E) y Fatal (Lee Donku) otro drama sobre estudiantes y errores cometidos en el pasado.

Y, si bien no sabemos nada todavía sobre la calidad de alguna de estas películas (a varias de ellas esperamos verla en futuros festivales locales), no hay dudas que no existe otro país que genere tanto interés y recambios en su cinematografía como ocurre con el coreano.

 

Una anécdota

Viajo a la ciudad de Puchon invitado como jurado por el festival PIFAN, dedicado al cine fantástico. Después de más de treinta horas de viaje, llego con una lluvia torrencial y 36 grados de sensación térmica. Una vez en el hotel, la lluvia se detiene y en su lugar aparece un sol tremendo. Salgo a recorrer la ciudad y no veo gente por las calles. Apenas una anciana caminando con su paraguas devenido sombrilla. A lo lejos se escuchan gritos de niños jugando. Al preguntarle a una de las personas del festival sobre la ausencia de gente en la calle, me da una respuesta que, de tan obvia, nunca se me hubiera ocurrido, me dice: “Están todos trabajando”.

 

Final

Mientras termino de escribir esto se realizaron las elecciones presidenciales en Corea del Sur, en donde resultó electa la candidata del partido conservador Park Geun Hye con el 51,6 por ciento de los votos. Será la primera mujer en ocupar ese cargo y es, un dato impresionante, la hija del ex dictador Park Chung Hee, asesinado en el año 1979 por el jefe de su propia guardia de seguridad. Mis amigos coreanos, la mayoría de ellos jóvenes, están enojados y desilusionados. Es difícil hablar y entender la política de un país tan diferente y lejano. Otro amigo me dice: “Tenés que ver The president’s last bang (2005) de Im Sang-soo, que cuenta, justamente, la vida del padre de la futura presidenta”.

Pienso entonces en la cinefilia, no como una manera de relacionarnos con el cine, sino como una forma de entender el mundo a través del cine. Algo así dijo Serge Daney, a quien también le gustaba viajar a países lejanos para tratar de entender este mundo misterioso en el que vivimos.

Después de todo, quizás Corea del sur y Argentina no queden tan lejos.