El ángel exterminador

Película de alcance internacional, con reconocimiento y ventas incluidas a Turquía y Taiwán, Wakolda afronta este mes el desafío de enfrentarse al público local. Casi como una detective más, Lucía Puenzo cuenta cómo llego a trasponer su novela a la pantalla grande.

Entrevista publicada en la edición 140 de Haciendo Cine.

Wakoldaviaja mucho. Recién llegada de Francia tras el éxito que consechó en la sección Un certain regard de Cannes (cuenta la leyenda que, tras una encendida presentación a cargo de Thierry Fremaux el mismo día de la muerte de Jorge Rafael Videla, la película fue ovacionada y aplaudida de pie), hace su desembarco en los cines argentinos y parte nuevamente para estar en San Sebastián y para competir en el 22 Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz. Y seguirá el viaje incluso a tierras más lejanas, ya que la película fue vendida rápidamente a una enorme cantidad de países entre los que se cuentan casi toda Europa, una buena parte de América Latina, Estados Unidos y Japón, entre muchos otros.  Aquí, la directora de XXY y El niño pez nos habla de su tercera película y de otro viajante, uno que llegó a tierras barilochenses escapando de la justicia internacional: Josef Mengele.

 

 

Le fue muy bien a Wakolda: fue aplaudida de pie en Cannes y se vendió a varios países. ¿Cómo viviste todo eso?

Con nervios y con vértigo, porque llegamos como llegamos siempre: con la película recién salida del laboratorio. Entonces: con el envión de haberla terminado justo a tiempo y con un poco de nervios por el hecho de estar en una sección como Un certain regard, y la verdad es que fue muy cálida la recepción; la película tuvo muy buena críticas y se vendió a muchísimos países.

¿Cómo pensaste la transposición de la novela?

Cuando estaba escribiendo la novela había algo que me gustaba y que me parecía atractivo para llevar al cine: los detalles; la novela está repleta de un universo microscópico. Cómo el personaje de Mengele disecciona el mundo y ve todo como si lo estuviera observando a través de un microscopio o de una lupa, y también la mirada de esa nena (Florencia Bado) tiene el juego de lo microscópico: ellos están todo el tiempo observando detalles. Entonces estaba entre ese mundo de los detalles y el de los grandísimos planos generales del universo en el que ellos se meten, de la Patagonia, del desierto. Había algo allí que ya proponía cómo podía ser llevar esa novela al cine. Igual, el primer cambio grande es que en la novela, aunque no sea la voz de Mengele la que narra, sí la sensación es que la historia la está contando un fanático, un perverso que ve el mundo como un gran laboratorio, casi como un zoológico. Entonces hay, por ejemplo, una disección constante en razas, que es muy violenta. Eso en la película no está, entonces tenía que encontrar cómo mantenerlo. Y  eso apareció con los cuadernos, que son reales; los empecé a rastrear hace años hasta que los encontré. Y eran mucho más densos de lo que está en la película. Los cuadernos volvían a meter lo que estaba por debajo de este tipo, que parecía carismático, encantador, culto, buen mozo.

¿Sentís que tuviste que negociar esos detalles por esa cosa más amplia, más funcional que a veces pide el cine que, entre otras cosas, suele condensar un relato en menos tiempo que un libro?

Eso es inevitable y es parte de lo que me divierte cuando estoy trabajando con alguna novela para adaptar, mía o de otro autor, y es que hay que elegir. La literatura es muchas veces el universo de los desvíos y en las digresiones puede estar lo mejor de una novela; eso te permite irte por las ramas, no avanzar, ramificarte infinitamente. Ahí está la novela, para mí. En el cine se puede hacer poco de eso, necesariamente hay menos digresión, es un poco más direccionado. Hay muchas elecciones, y hay mucho de la película que quedó afuera, pero si fueran idénticas no tendría sentido hacerlas, ¿no? Hasta hay una diferencia de punto de vista muy radical entre uno y otro: en la novela el mundo está mirado a través de ese personaje fanático y nazi, y la película yo creo que es más la historia de una familia y de una adolescente fascinados por un extraño. A pesar de que los espectadores sepan de qué trata la película, quién es él, creo que el suspenso está dado por el hecho de caminar de la mano de una familia que no lo sabe, y la tensión va por ahí: ese tipo sería capaz de todo y no se sabe hasta dónde va a llegar.

Es un relato imaginado pero muy verosímil al mismo tiempo.

Había muchos datos reales y el corazón del relato es ficción. Es una mezcla permanente de ficción y realidad, todo el tiempo se están tocado las dos cuerdas.

Hay algo un poco políticamente incorrecto en el hecho de mostrar cómo funcionaba el colegio y Bariloche y cómo se avalaba el nazismo. ¿Buscabas hacer un comentario político o fue algo que pedía la historia?

¡Era así! Lo puse ahí porque era así. Porque el Primo Capraro existía, porque existió antes de la guerra, porque era abiertamente nazi , porque había fotos en las que está la bandera argentina junto con la nazi y todos los chicos haciendo el saludo fascista. Sin decir que lo eran todos, la gente de la comunidad alemana acepta que en Bariloche, incluso antes de la guerra, había claras simpatías nazis. Después de la guerra el colegio cerró, cambió su nombre, ocultó su pasado y empezó a enterrar libros, pero seguía teniendo a (Erich) Priebke de director. Eso no es invento, puede molestar pero era así. Yo trabajé mucho con alumnos del colegio como Carlos Etcheverría, que para mí es de los grandes documentalistas vivos que tenemos; me contacté con él y fue como un consejero de la novela y durante el rodaje. Él y un grupo de alumnos lo filmaron a Priebke y fueron parte de los que hicieron la denuncia. Las redes de complicidad de cómo recibían a los alemanes, les conseguían documentos, los reubicaban, lo de las cirugías plásticas… nada de eso es ficción.

Wakoldaes claramente una película de personajes: ¿cómo elegiste a los dos protagonistas?

Primero empezamos a buscar el de Lilith y el de Mengele, que eran los más complejos y los que a mí más me preocupaban. La nena se carga la película al hombro; lo que hace Florencia Bado es impresionante, era una niña de once años cuando filmamos y que no tenía idea lo que era un rodaje: nunca había hecho un casting ni estado en una clase de teatro. Hicimos un casting muy largo, de meses, vimos a setecientas chicas, hasta que encontramos a Flor en la puerta de un colegio de su barrio y la empezamos a entrenar. Era difícil encontrar a alguien que fuera tan inocente y tan sexual, con esa mirada tan cargada, muy inteligente al mismo tiempo, muy bella pero muy rara. Y después, con el de Mengele, podía ocurrir que no existiera ese hombre sobre la faz de la Tierra, porque tenía que ser parecido a Mengele, hablar perfecto alemán, muy bien español. La verdad, que exista (Alex) Brendemühl es una felicidad.

Casi todas las críticas reconocieron la eficacia narrativa de la película, que les deja espacio y tiempo a los personajes para que crezcan, para que se desarrollen. ¿Cómo pensaste la estructura general?

Era delicado porque Wakolda no tiene un género puro, y siempre que se desbalanceaba para algún lado no funcionaba.  La película se va metiendo con el género pero lo hace atípicamente, no empieza en ese lugar. Era un equilibrio muy delicado en el montaje; lo tuvimos que ir encontrando.  Sobre todo el off de Lilith: eso fue algo que entró y salió muchas veces del guión, en la versión final no estaba  y empezó a aparecer a lo largo del rodaje. La estructura se terminó de volver a armar en el montaje, no era un guión de hierro. Y en cuanto al género soy consciente de que resulta muy atípico el tono que toca porque es como un híbrido, no es puramente una película de género.

¿Es un tema de tu cine el de los cuerpos no aptos, no preparados para lo social, y que deben ser modificados, “arreglados” porque los personajes, por el hecho de ser distintos, sufren?

La verdad es que le veo muchos puntos de contactos conXXY. Pensé que nadie se los iba a ver, pero mucha gente se dio cuenta, me dicen que Mengele podría ser el cirujano de XXY, y que las dos nenas tienen mucho en común. A mí del nazismo siempre me intrigó más su costado fascinado con la genética que el militar o bélico. Me parece que eso está en el corazón del movimiento, y que el lugar que ocuparon los médicos es tremendo. La faceta esotérica y cómo creían que podían manipular genéricamente una raza es una locura. Y sí, coincido en que eso está presente en otras cosas que hago.

¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Vas a seguir filmando? ¿Escribiendo?

Tengo muchas ganas de escribir y lo estoy haciendo mucho. Estoy escribiendo Los invisibles, una novela que abandoné cuando empecé con la parte más intensa de XXY; estoy escribiendo todos los días, muchas horas, estoy muy sumergida.  Además estoy escribiendo dos guiones, para filmar uno en México y otro en Colombia; son dos proyectos bastante encaminados que ya están para ser filmados.  Así que por ahora escribo y lo disfruto mucho después de un año como el pasado, que entre el rodaje de Wakolda, la post, la pre, y el rodaje de Bomba, la película Sergio (Bizzio, escritor, director y esposo de Puenzo) de la que fui productora. Fue un año de rodajes y preproducciones y de cine, básicamente. Y este es un año de escritura, pero sí, obvio, quiero seguir escribiendo y filmando.