El año del perro

El cineasta de Ituzaingó no tiene descanso. Estrenará en Hamburgo dos películas nuevas, será reconocido con una retrospectiva tanto en el Festival de Viena como en la Universidad de Oxford, cuenta con una nominación a los Premios Fénix de México y se prepara para el estreno comercial en Buenos Aires de Ragazzi y Fávula, ambas realizadas el año pasado. “Las películas viajan por mí”, dice desde la localidad que ha transformado en una especie de Meca del cine independiente.

“Quisiera tapear todo esto y convertirlo en un estudio”, bromea Raúl Perrone refiriéndose a Ituzaingó, localidad que viene registrando desde todos los ángulos posibles desde hace más de 25 años. Sus calles componen un set personal por el que alguna vez deambularon adolescentes abúlicos en busca de sentido, pero desde P3nd3jo5 (2013) se ha transformado en la onírica maqueta de una de las exploraciones más radicales del cine contemporáneo. Es que la obra del Perro se ha vuelto extraña y sensorial. Sus últimas películas parecen reliquias improbables, cintas arcaicas encontradas en los sótanos de la historia.

Nadie sospecharía, sin embargo, que Ituzaingó se transformaría en el escenario para una historia de guerreros japoneses. Samuray-S, que inauguró el Festival de Cine de Valdivia, es una fábula expresionista en la que el director radicaliza los experimentos que ha venido realizando en los últimos años. La cinta se proyectará posteriormente en Hamburgo junto a Hierba, otro de sus nuevos proyectos. El prolífico cineasta contará también con una robusta retrospectiva en el Festival de Cine de Viena, donde se exhibirán diez de sus películas. Como si fuera poco, la Universidad de Oxford dedicará toda una jornada a revisar su obra, y dos de sus cintas –Ragazzi y Fávula– se estrenarán en noviembre en Buenos Aires, tanto en la sala Lugones como en el Malba. Coronando un año de triunfos, Fávula cuenta además con una nominación a Mejor Música en los premios Fénix, que se entregarán en la Ciudad de México; un logro compartido con Dj Negro Dub, Che Cum-be y Sebastián Wesman.

La vuelta al mundo sin salir de Ituzaingó. “Yo no viajo nunca”, confiesa desde un restaurant ubicado cerca de la estación de trenes. “No me gustan los eventos ni los festivales. Está demostrado que no tengo que estar ahí para que las películas sean apreciadas. Ellas viajan por mí”.

 

¿Cómo nace un proyecto tan singular como Samuray-S?

Es una película que está estructurada en un sueño. Todo lo que hago ahora es cada vez más radical, en el sentido de que no necesito la palabra para poder contar una historia. Puedo narrar películas de otros pero no las mías porque son sensaciones viscerales que tienen que ver mucho con imágenes, con los sentidos. Esta en particular es muy arriesgada porque es una película japonesa, de lo que en verdad no entiendo un carajo. Es una versión muy mía. No voy a hacer peleas como las de Kurosawa; esto tiene más que ver con la poesía y con el teatro Kabuki. También me interesaba trabajar con argentinos haciendo de japoneses.

 

¿Y cómo hiciste para integrar o ignorar la tremenda tradición de cine sobre samuráis?

No sé si soy cinéfilo. Me lo pregunto desde hace años porque no miro cine. No tengo esa cosa devoradora que tienen los críticos. Veo muy poco. Ahora estoy muy enganchado con la época del 20 y el 30. Creo que en esos años se hicieron las mejores películas de la historia, a todo nivel. La vanguardia es el pasado.

 

El sondeo de Perrone en tiempos pretéritos abarca también imágenes cosechadas en otras disciplinas. Hierba, su primera película en color tras Las pibas (2012), se basa en el cuadro Almuerzo sobre la hierba que el impresionista Édouard Manet pintó en 1863. Perrone lo recrea con detallismo, permitiendo que la magia del cine lo dote de movimiento. “La película arranca con el cuadro y luego cobra vida”, explica. “Todo el largometraje es a partir de esa obra. Son pinturas que se mueven”.

 

“Ya no puedo ver películas habladas”

Desde hace dos años, Perrone ha venido realizado largometrajes rupturistas que han marcado su distanciamiento definitivo de la linealidad narrativa, los diálogos, el color y, digamos, la representación fidedigna de la realidad. P3nd3jo5 (2013) es una suerte de megamix audiovisual al ritmo de la cumbia electrónica; Fávula (2014), un cuento quimérico que podría ser una obra perdida de F.W. Murnau, y Ragazzi (2014), un retrato abstracto de adolescentes callejeros marcado por el fantasma de Pasolini. “Era una idiotez ponerme a pensar en un biopic”, aclara. “Me interesaba acercarme a él por el lado de los pibes. Hago una versión muy libre de eso. Son los pendejos que hay en ese lugar donde está este tipo que aparece no más de 25 minutos. Todo era una excusa para poner en la película un texto de él”.

 

Exploraste por años los diálogos a través de tus películas. ¿En qué momento dejaron de interesarte?

Cuando me di cuenta de que si una película está bien contada no los necesitás. A mí me distraen mucho. Ya no puedo ver películas habladas. Mi fuerte antes eran las conversaciones, me interesaban que fuesen espontáneas. Pero desde P3nd3jo5 me propuse dejarlas de lado y usar carteles de cine mudo. Fue como desnudarme y empezar a vestirme de nuevo. Y la verdad es que lo asumí con un resultado impensado. Fávula va un poco más allá. En Ragazzi hay textos que jamás dirían esos pibes porque son poesía. Y Samuray-S está narrada como un cuentito. Te adelanto que las películas que vienen no tendrán carteles. No habrá una sola línea que te indique lo que está pasando.

 

Pese a los distanciamientos formales, esos adolescentes perdidos que han estado tan presentes en el cine argentino de las últimas décadas siguen ahí.

Sí, pero a mí me hinchó los huevos el realismo duro. Ya hice mucho de eso. Hoy ponen a un pibe caminando de espalda frente al mar y dicen que es Nuevo Cine Argentino. Todos siempre van al mar. Ya está. Yo hice todo eso en los noventa y veo que se repite. No hay riesgo.

 

¿Cómo trabajas tus películas hoy en día?

No escribo guiones y los procesos no son conscientes. Cuando hice Fávula había soñado con hacer un bosque en escala real. En 1996 dirigí la miniserie No seas cruel y estaba todo hecho en un estudio, fue un delirio. En esa época yo estaba muy loco. Laburaba en el diario como dibujante y estaba totalmente tronado. Quería construir la realidad en un estudio como homenaje a las series B. Como yo no tengo guita, ahora no pensaba hacer exactamente lo mismo, pero construimos una maqueta pequeña e hice un back projection. Puse una pantalla y proyecté imágenes de la selva sobre ella. Yo no tengo una súper productora. Laburo en casa solo, edito las películas, el sonido. No tengo las máquinas necesarias. Es todo muy artesanal.

 

El sonido parece estar cobrando cada vez más importancia en tu cine.

Es fundamental. Le doy toda la importancia a la edición de sonido. Lo bueno de laburar por tanto tiempo es que podés ensayar y equivocarte. A mí lo primero que me interesó fue la puesta en escena. En películas como Labios de churrasco (1994) probé con cuadros imperfectos que después terminaron siendo originales. Después me concentré en el tema de la actuación, buscando que se pareciera a la realidad. No soportaba esa manera afectada que tienen de hablar en el cine, es espantosa. Y ahora es el sonido. Creo que tiene que estar a la altura de las imágenes. Yo hice muchas películas sin música; no me gustaba para subrayar momentos y emocionar. Para mí debe cumplir otra función, generar climas.

 

¿Cuánto demorás hoy en hacer una película?

Como 10 o 12 jornadas, de 3 o 4 horas cada una, una vez por semana. Antes hacía películas más rápido. Ocho años después (2005) la hice en dos días. Me he puesto más hinchapelotas. Es como enamorarse de una mina que no querés dejar. Antes las abandonaba rápido; ahora quiero quedarme más tiempo.

 

¿Cómo recordás esos años en que proyectabas películas en VHS? ¿Te considerás un pionero del cine independiente?

Sí. Fue el comienzo de todo. Yo había empezado a hacer unos cortos con roqueros como Pajarito Zaguri y Andrés Calamaro. Después hice Labios de churrasco. Un día fui al cine Lorca porque me enteré de que habían pasado Maldito policía de Ferrara en VHS. Les dije: “Pasá una película mía, te traigo la cinta”. Tuve que alquilar la sala y fue un fenómeno. Se proyectó a la una de la mañana y el lugar se llenó. No existía en ese entonces el cine independiente en Argentina. Después vinieron Rapado y Mundo grúa.

 

Dijiste alguna vez que todos los que estuvieron en esas funciones salieron de la sala con ganas de hacer cine.

Es lo que mucha gente me dijo después. Me decían: “Loco, si vos la hiciste se puede”. Yo los miraba y les decía “OK. Dale. Tratá de hacerla”. A mí me pasó eso con Jarmusch o Cassavetes, sentir que también podía hacerlo. Después te das cuenta de que no es fácil. Lo que sí es fácil es hacer una película con guita. Tenés todas las comodidades.

 

¿Qué hay que hacer para ver tus primeras películas? Me refiero a Subterráneos (1989) o Buenos Aires-Esquina (1990).

Por ahora rezar. Aunque tendría que digitalizarlas y subirlas a un sitio donde yo tenga control sobre ellas. Es una buena idea. Tal vez lo haga.

 

A partir del jueves 12 de noviembre, el Complejo Teatral de Buenos Aires y la Fundación Cinemateca Argentina presentan, en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Avda. Corrientes 1530), el estreno simultáneo de Ragazzi y Favula, de Raúl Perrone, en 20 únicas funciones para cada uno de los films.