El amor como un eterno desencuentro

Netflix lanzó Love, la nueva producción de Judd Apatow sobre el nacimiento díscolo de una relación amorosa, con la increíble Gillian Jacobs y Paul Rust, también creador de la serie. Todo un exponente de la anticomedia romántica.

Como los romances más grandes de la historia, Mickey (Gillian Jacobs) y Gus (Paul Rust) no se conocen en el momento adecuado: ella acaba de cortar con su novio en una capilla bajo los efectos del Diazepam; él siente que tiene un cucurucho en la frente porque fracasó en un trío sexual. Como Mickey, también se encuentra transitando por dentro,en el centro de todos sus órganos, el dolor ácido que provoca una separación. En pleno amanecer, luego de sobrevivir a una noche agitada en la que levantaron por horas las mancuernas de la soledad, Mickey y Gus se topan en un supermercado. La rubia llega a la caja para pagar un café sin su monedero. Los gritos entre el vendedor y la cliente llegan a los oídos de Gus, quien se ofrece a pagarle la bebida caliente a esa dama que escupe once insultos por minuto. No se trata de una estrategia de conquista: el muchacho de anteojos y nariz grande vive preso de su amabilidad compulsiva. Pero lo que comienza como un encuentro patético se transforma en una cita espontánea, una de aquellas que, al no tener contornos establecidos, pueden expandirse hasta las chimeneas de otra galaxia.

Mientras caminan por las calles de Los Ángeles arrastrando sus ojeras, Gus le cuenta que por esas veredas se filmó Armados y peligrosos. Mickey intenta competir disparándole con que sus amigos durmieron una noche en la casa donde Freddy Krueger se metió en las pesadillas de unos adolescentes. Todo tiene olor a cita menos ellos que, lejos de emanar perfume de rosas, huelen a baba de almohada. “Vayamos de aventura”, le propone ella. Sin vacilar, los dos desconocidos se suben al auto en busca de un tesoro: la comida chatarra. Entre hamburguesas grasosas y un puñado de marihuana nace una complicidad mágica. De esas que no se construyen con el paso del tiempo sino con un flechazo ansioso. Y justo cuando se van a cumplir 24 horas en que los treintañeros no duermen, Gus se confunde de dirección y terminan estacionando el auto de Mickey en la casa que compartía con su ex novia. Precisamente frente a sus narices. Los cuerpos dejan de ser cuerpos para convertirse en asteroides que chocan entre sí sin cesar, soldados intergalácticos que pelean por sentimientos (no tan) vencidos y cajas acumuladas en un living que dejó de pertenecerle a una pareja. Mickey, la mejor aliada de Gus, irrumpe en esa casa que supo ser un nido de amor y carga las cajas rellenas de Blu-rays en su auto mientras los reproches de los ex concubinos le rozan el pelo. “¡Mentiras! ¡Mentiras!”, esputa Gus, quejándose por la educación sentimental engañosa a las que nos somete el cine, al mismo tiempo que lanza los discos de Mujer bonita y Cuando Harry conoció a Sally por la ventanilla como si fueran frisbees. Él tiene tanta resaca, de porro y de angustia en blanco y negro, que Mickey lo escolta hasta su departamento de soltero y lo arropa con una colcha mullida. El gran misterio es si lo que sucedió esa extraña mañana mutará en amor de pareja, en lujuria de un par de amantes o en una cálida amistad. El primer vínculo entre Mickey y Gus tiene forma de salvavidas. Los rescatistas se presentan sin disfraces, tal como se sienten: en carne viva.

La primera temporada de la serie original de Netflix creada por Judd Apatow, Lesley Arfin y Paul Rust boceta en la pantalla chica cómo se gesta y crece, con la furia de un yuyo rebelde, la relación entre un hombre y una mujer que sienten su cama de dos plazas demasiado grande. Una mirada desencantada del amor; a diferencia de la mayoría de los largometrajes de Apatow,que intentan romper de una patada voladora los castillos glaseados que habitan muchas de las comedias románticas de la NCA, y siempre terminan aplastados por finales conservadores, en los que las parejas estables y las familias que cenan alrededor de una mesa pesan más que el inconformismo de los personajes.

Resucitando el humor sensible de Freaks and Geeks, Mickey y Gus embellecen cada escena a través de diálogos filosos que le tajean el rostro a la cámara. Lejos de las interpretaciones exageradas de los actores de Girls, Gillian Jacobs (Community) y Paul Rust (Comedy Bang! Bang!) ejecutan sus acciones apostando a un registro más natural, cercano a una secuencia cotidiana. Si bien es Gus el primero que muestra interés en enamorar a Mickey, será ella quien termine engordando de pasión desenfrenada. Mientras ellos están protegidos bajo el techo de los códigos de la amistad, reina la paz en el vínculo, pero cuando los besos de lengua reemplazan el calor de los abrazos inofensivos la tragedia emocional los atropella de frente como un camión del tamaño de Júpiter. “La amistad no necesita frecuencia, el amor sí. La amistad puede prescindir de frecuencia; el amor, en cambio, está lleno de ansiedades, de dudas… Un día de ausencia puede ser terrible”, dijo Borges hace muchos años. Love, esa palabra tan difícil de atrapar, de tener un único significado, tira sobre la mesa las cartas de una relación que nace torpe y apresurada, con posibilidades de ser devorada por la fragilidad de sus protagonistas. Distribuir su historia de encuentros y desencuentros en 10 capítulos de media hora permite que conozcamos con lupa a los personajes, lujo que no podríamos darnos si tuviera las dimensiones de un largometraje. “Tener o no un final feliz depende de dónde decidas detener la historia”, afirmaba Orson Welles. Eso es una virtud del formato de serie en comparación con las películas: las historias tienen muchos finales, no todos tienen que ser felices. El relato concluye en el mismo lugar del principio: en el supermercado. Pero las relaciones transforman a las personas y ellos ya no son los mismos. Nosotros tampoco.

 

Love

De Judd Apatow, Lesley Arfin y Paul Rust

Estados Unidos